Layla tiene trece años y cursa el primer año de la secundaria en el colegio Normal 4 de Caballito. Escucha reggaetón y en su tiempo libre le gusta dibujar o chatear en la computadora de su casa. El 22 de octubre de este año desapareció en el barrio de Flores, en las inmediaciones de la villa 1-11-14, donde vive con sus padres y su hermana. Su familia inició una difícil búsqueda, atravesada por las constantes trabas que pusieron aquellos que, se supone, deberían ayudar a resolver el problema: la Fiscalía N°2, a cargo del fiscal Adrián Cesar Gimenez,  y la Comisaría  N°34 del barrio de Flores, no sólo no ayudaron a resolver la investigación sino que hicieron todo lo posible para entorpecer la búsqueda de la niña.


Desaparecer

 

En los últimos 20 años, en Argentina, desaparecieron por lo menos 3.231 mujeres, en su gran mayoría de entre 12 y 18 años. La mayoría pobres, la mayoría en silencio. El Grito del Sur se reunió con Sergio y Neyva, los padres de Layla, para que nos contaran en primera persona cómo fue la difícil búsqueda que terminó con la aparición de la niña, doce días después de su secuestro.

Días antes de la desaparición, Neyva, la mamá de Layla, había notado que su hija pasaba más tiempo de lo normal chatendo en Facebook. Preocupada por la situación, la noche anterior a que Layla fuera secuestrada,  se lo comunicación a Sergio, su padre, quien intentó ver con quién estaba hablando su hija; Layla se asustó, se abalanzó contra la computadora y le impidió a su padre que viera la conversación de chat. “Cuando le preguntamos con quién charlaba, se quedó pasmada. Se habían hecho amigos desde hace una semana y él tenía puras niñas de su edad. Ni siquiera tenía una foto propia en su perfil” contó Sergio, miembro de la comunidad boliviana, que trabaja haciendo changas y vive en el país hace más de 10 años. La nena le restó importancia al hecho, dijo que lo agregó porque una amiga se lo sugirió y se enojó con sus padres por las preguntas.

La tarde del 22 de octubre la familia Sainz comenzó a preocuparse. Habían pasado varias horas desde las 14:30, momento en que Layla debía volver de la escuela, y la niña aún no había regresado a su casa. Neyva decidió entonces comenzar a llamar a las compañeras de colegio para averiguar si sabían algo. Contactó a compañeras de escuela, amigas y familiares pero por ningún lado había rastros de Layla. No había vuelto de la escuela acompañada por sus compañeras, como acostumbraba a hacerlo, y nadie la había visto llegar a la 1-11-14 esa tarde. En ese momento comenzó el martirio de una familia desesperada, humilde, con pocos recursos y buscando a una nena de 13 años, perdida en la segunda ciudad más grande de Latinoamérica.

Los padres de Layla cuentan la historia con parsimonia, como quien ha superado una gran tragedia y siente alivio cada vez que la comparte. Comentan que aquella tarde se dirigieron a la Comisaría 34, en donde no sólo no les brindaron la asistencia adecuada, sino que tampoco se mostraron diligentes a ayudar a la familia a encontrar a su hija. “Nos fuimos para la comisaría creyendo que iban a hacer algo”, comenta Neyva. Estuvieron cuatro horas declarando, para lograr apenas un pedido de paradero: “Me dijeron que no hiciera nada, que me quedara tranquila. Esperá 5 días y volvé”.

Sergio es de esas personas que se acostumbró a no esperar nada. Vino de joven a un país extraño y a fuerza de trabajo y constancia, conformó una familia, consiguió un trabajo y logró sus pequeños grandes logros que hoy destaca con orgullo: sus hijas Frente a la inacción policial, Sergio, como supo hacer durante su toda su vida, decidió tomar en sus manos las riendas de la búsqueda. Recorrió Villa Soldati y Lugano, las estaciones del Premetro, ferias, villas, edificios. Incluso se metió en descampados buscando una pista. Empapeló todo el barrio con la foto de su hija. Toda su familia, incluso desde Bolivia, los apoyó en esta intensa búsqueda. Funcionaron como soporte y fortaleza frente a las constantes trabas con las que se encontraron los Sainz. Cada noche sin Layla era un martirio: nadie podía conciliar el sueño, eran horas de angustia y pesadillas.

Tres días después de iniciada, la búsqueda dio sus frutos y comenzó a llegar información. A cuentagotas, pero un alivio inconmensurable para una familia desesperada. Por un lado se supo que las compañeras de Layla habían sido amenazadas de muerte por un perfil de Facebook: “Te va a pasar lo mismo que le pasó a Layla”, decían los mensajes privados. Por otro lado, comenzaron a aparecer madres de niñas que estaban pasando por una situación similar: “Me llamó una mujer diciendo que sabía quién tenía a mi hija secuestrada, que a su hija la tenían amenazada y le habían hecho lo mismo”, cuenta Neyva, seria y firme, con esa firmeza que sólo se gana en la lucha.

Si bien la Comisaría Nº 34 y la Fiscalía Nº3 contribuyeron a entorpecer la investigación, no todas las instituciones trabajaron de la misma manera. Desde la Procuraduría de Trata y Explotación de Personas (PROTEX), organismo dependiente del Ministerio Público Fiscal de la Nación, colaboraron activamente con la búsqueda de Layla: “Las personas que acercaron denuncias a la Procuraduría ven una vinculación entre este caso y otros que ocurrieron en la villa 1-11-14, en relación a chicas que recibían amenazas u hostigamientos por Facebook, para que hicieran videos eróticos y demás” comentaron desde PROTEX, oficina creada en 2013 y dirigida en la actualidad por el abogado Marcelo Colombo. Al indagar en su perfil de Facebook, se descubrió que Layla mantenía entre sus contactos a un hombre imputado por estos delitos, que ya contaba con un pedido de detención en su haber.

Los maestros y compañeros de Layla se sumaron a la búsqueda: hicieron circular su foto y convocaron a reiteradas concentraciones frente a la Escuela Normal Nº4 del barrio de Caballito. La comunidad escolar cumplió un rol fundamental en la lucha por encontrar a Layla: contuvieron a la familia, los asesoraron, dedicaron horas de su tiempo a organizar a la familia y facilitarle recursos. No sólo la comunidad educativa se comprometió sino que numerosas organizaciones sociales y  políticas se acercaron a la familia ofreciendo su ayuda, una vez que el caso tomó estado público.

“No hay que esperar, como te dicen, hay que moverse, hay que buscar. Cuando uno busca se van acercando más niñas más personas, cuando estábamos buscando apareció una chica muerta y no salió en ningún medio” expresó Neyva. Los padres de Layla nos agradecen que difundamos el caso. Para nosotros resulta casi una obligación. En el barrio de Flores, la tapa de Clarín se divide entre el triunfo de River, algunas notas de coyuntura política y una nota sobre los tips para una mejor comida casera.

Aparecer

Layla apareció el día 26 de octubre alrededor de las 10 de la mañana en la plaza del Angel Gris en Caballito. Estaba con tres adultos, dos hombres y una mujer. Ese mismo día se había convocado a una marcha multitudinaria en Acoyte y Rivadavia frente a su escuela. A Layla la llevaron directamente a la oficina del fiscal Andrés Gimenez y no al juzgado de menores. El abogado de la familia, Damián Angrisani, miembro de la organización La Alameda instó a que le tomasen su testimonio en Cámara Gesell, acorde a los procesos reglamentarios y con la intención de preservar a la menor. Recién dos horas después de haber sido encontrada, sin ningún tipo de contención psicológica, ni tiempo suficiente para que puediera procesar la situación, la menor fue entrevistada y se le tomó testimonio.

Pese a que existen numerosas pruebas que dan cuenta de que el caso de Layla es otra muestra de cómo operan las redes de trata de personas, para la Fiscalía Nº3 se trata de una fuga de menores y no de un delito de trata. El mismo fiscal Gimenez comunicó que Layla no quería ver a sus papás, que se escapó de su casa porque sufría de violencia intrafamiliar. La familia se puso enteramente a disposición de la Fiscalía: les entregó información, dirección, nombres y testimonios que le pudieran ser útiles en la investigación. Damián Anrgisani, el abogado de los Sainz, afirma que “amerita pedir la indagatoria de algunas de estas personas que declararon en forma testimonial”. Así y todo, el fiscal decidió no procesar a los tres sospechosos que fueron hallados junto a Layla al momento de su aparición.

Angrisani coincide con la Fundación La Alameda cuando plantea que el caso debería pasar al fuero federal, por tratarse de un delito relacionado con trata de personas y estupefacientes. Desde la Fundación, remarcaron que “lo más importante es que la gente del barrio no haga la denuncia en la Fiscalía de Lugano, sino que haga la denuncia en la Oficina contra la trata (PROTEX).”  Desde la Alameda coinciden en que en PROTEX tienen más oficio en la investigación de este tipo de delitos, que conocen las reacciones que las víctimas pueden tener frente al hecho y brindan un apoyo más especializado.

Hoy Layla se está recuperando lentamente de lo que ella sólo sabe que vivió en esos 12 días, pero son cientos las jóvenes desaparecidas que no cuentan con la visibilización en los medios, ni de una familia con los recursos necesarios para llevar adelante su búsqueda y hacerse escuchar por la sociedad y las instituciones responsables.

Layla apareció mucho más flaca, con las ropas ultrajadas y con signos de haber sido obligada a consumir drogas. Su familia, en la búsqueda, se encontró con los casos de otras chicas de las que nadie se hizo eco. Nacen, mueren y desaparecen sin que los medios ni las instituciones se enteren.  La familia Sainz sufrió la búsqueda pero tuvo la fortuna de haberla encontrado a tiempo. La concientización y la difusión son las herramientas para que ésta situación no le suceda a ninguna piba más.