Texto: Dalia Cybel

Fotografía: Lucía Rivera Lopez


A mediados del siglo XVIII, cuando la República Argentina parecía estar conformándose finalmente como nación, algunos intelectuales y políticos decidieron que era el momento de establecer el relato oficial que estructurase la historia de nuestro país. Con el fin de unificar una sociedad política y socialmente segmentada, estos hombres poderosos -blancos e hijos de europeos- se encargaron de editar el pasado, descartando o subrayando los hechos según su conveniencia, como si se tratara de un film cinematográfico.

Como la historia la escriben los que ganan, entre lo descartado quedó el relato de aquellos que estaban aquí antes del arribo de los europeo y que perdieron lo suyo en favor de la riqueza ajena. Aquellos otros hombres, postergados por la historia, fueron víctimas de todo tipo de ultrajes, tanto de españoles como de criollos. Los pocos que lograron sobrevivir al genocidio liderado por Julio Argentino Roca, quedaron desterrados en tierras propias o ajenas, con su identidad alterada, condenados a la miseria y al trabajo esclavo.
Esta es una historia sobre nuestra historia, pero no aquella que pasó a los libros de texto, sino sobre la historia paralela, intencionalmente oculta, sometida y ultrajada, la que nadie quiso contar.





En el 2009 el historiador Osvaldo Bayer convocó a Andrés Zerneri, joven escultor rosarino, para realizar el proyecto del Monumento a los Pueblos Originarios, como una forma de visibilizar la resistencia y la lucha de las comunidades nativas. El proyecto contemplaba que una vez finalizado, el monumento sería donado al gobierno de a la Ciudad de Buenos Aires, con la intención de emplazarlo en Diagonal Sur y Perú. La ubicación no es fortuita. Allí se encuentra actualmente el monumento a Roca, y pese a malas lenguas, –siempre dispuestas cuando se trata de difamar-, el proyectó nunca planteó la destrucción del monumento al ideólogo de la Campaña al Desierto, sino solamente su traslado.

El pedido de dicho emplazamiento nace de la voluntad de generar un extrañamiento en el imaginario porteño. Esta metrópolis, eurocéntrica y bulliciosa, que se jacta de su parecido arquitectónico con París,  ignora que dentro de su propio país el 61% de la población tiene vínculos genéticos con algún pueblo originario; se hablan entre 14 y 20 lenguas indígenas y hay más de 35 naciones originarias reconocidas como preexistentes al Estado Nación Argentino.

El proyecto del Monumento carecía de subsidios estatales o privados, por lo tanto Bayer como Zerneri tuvieron que elaborar una estrategia: conseguir el material para la escultura a través de donaciones mínimas. –Muchas personas haciendo algo chico pueden lograr grandes cosas, aunque a veces se tarde un poco  más-, comenta Zerneri a El Grito del Sur. Desde ese momento comenzó una campaña que invitaba a todo aquel que tuviera una llave en desuso a donarla como materia prima para la escultura. A través de este método se llegaron a recolectar 200 mil llaves, el 95% del material necesario, que a través de la técnica de cera perdida, tomarán la forma del boceto ya realizado por el escultor.

La creación del boceto implicó un proceso de construcción de las imágenes del inconsciente colectivo referidas a la belleza, enclavados en la cultura de masas. Para reelaborar este criterio, Bayer y Zerneri decidieron consultar a personas de diferente pueblos originarios como creían que debía ser la imagen que los represente. La mayoría de los entrevistados coincidió en que el personaje debía ser anciano, basándose en la concepción indígena que propone que la experiencia, la sabiduría y el respeto están ligados a la ancianidad. No es un dato casual: en el idioma aymara se utiliza el mismo termino para decir abuela y heroína.

Cuando el proyecto comenzó a desarrollarse, Andrés no tenía idea donde podría moldear una escultura de semejante tamaño. Mediante a acuerdos y gestiones consiguió un espacio de trabajo en el predio de la ex Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), espacio utilizado como centro de detención y tortura en la última dictadura militar argentina. Este espacio no es una elección azarosa, cuenta el escultor: “al  estar desarrollando aquí el monumento a la mujer originaria buscamos recalcar que ambos hechos de nuestra historia fueron genocidios. La gente se olvida de que los pueblos originarios, al igual que los 30.000 desaparecidos en la ultima dictadura, fueron privados de su identidad, separados de sus hijos, exiliados, vejados y asesinados”.

A pesar de estar en el tramo final, la realización del monumento resulta cada vez más dificultosa: en el último mes, el predio de la ex ESMA ha recibido 53 amenazas de bomba que han obligado a desalojar a los casi dos mil trabajadores del predio, interrumpiendo sus actividades y estorbando el acceso de los visitantes. A pesar de que dichas llamadas son siempre en el mismo horario, la policía- por falta de tiempo o tal vez, de ganas- no ha logrado averiguar de dónde provienen.



Toda escultura toma una función clave cuando se emplaza en una ciudad. El Monumento a la Mujer Originaria, aunque aún en proceso, sienta precedente de un fenómeno revolucionario. Cuando sea terminado el monumento más grande de la ciudad latinoamericana con más monumentos pasará a ser una mujer, anciana e indígena.
Esta escultura materializa la capacidad de darle voz a las minorías segregadas, víctimas de las matanzas pasadas y exclusiones presentes. A la historia con mayúsculas, esa que formó el imaginario colectivo argentino, se le contrapone otra historia, que le escupe en la cara, escrita con la sangre que regó nuestra tierra y que, aunque quieran negarlo, aún palpita.