Berta anda en silla de ruedas. Apenas supera los 40 años y lleva 9 años trabajando de puestera en el Once.  Ayer por la tarde Berta quedó entre líneas: de un lado la fila de escudos de la Policía de la Ciudad y del otro unos cien vendedores ambulantes enojados y decididos a avanzar. Comenzaron los empujones y la violencia estalló cuando se encendió la mecha del petardo que cayó en la fina frontera que separaba a ambos bandos

Berta anda en silla de ruedas. Apenas supera los 40 años y lleva 9 años trabajando de puestera en el Once.  Ayer por la tarde Berta quedó entre líneas: de un lado la fila de escudos de la Policía de la Ciudad y del otro unos cien vendedores ambulantes enojados y decididos a avanzar. Comenzaron los empujones y la violencia estalló cuando se encendió la mecha del petardo que cayó en la fina frontera que separaba a ambos bandos.

Berta perdió la riñonera, dice que se la quitó la Policía. Allí llevaba su dinero, sus documentos, el carnet de discapacidad y los medicamentos que toma todos los días. No fue lo peor: unas horas antes Berta había perdido su fuente de trabajo.

“Hay dos formas de ganarse la vida: laburando o saliendo a chorear. A nosotros nos quieren dejar sin laburo. Lo que yo pregunto es ¿qué pretenden? ¿que salgamos a chorear?”. Rodrigo es el delegado de los manteros, el que se sienta a dialogar con el Gobierno de la Ciudad, el que logra dirigir las heterogéneas y multiraciales asambleas que agrupan a los laburantes. “Somos parte del 40% de la informalidad, queremos una solución para poder llevar un plato de comida a nuestras casas”.

Hay mucha policía en la calle y la situación en el Once ya se empieza a poner picante. De un lado prenden petardos, del otro forman fila y avanzan. De aquel lado llega un hidrante, de este comienzan los insultos. Cuando se pudre, el núcleo de manifestantes se dispersa: el Once entero es ahora una batalla entre manteros, ambulantes, vendedores y la policía.

Los vendedores ambulantes existen desde tiempos bíblicos. A diferencia de los mercaderes que echó Jesús -que acusan competencia desleal desde detrás de sus mostradores- los ambulantes representan el sector de los humildes, de los que no pueden acceder, de los que deambulan. Como ellos mismos se definen: “buscavidas”.

Hoy, como siempre, la discusión es entre derechos. Y la lucha es entre clases. Aunque parezca contradictorio los mismos que privatizan la Ciudad de Buenos Aires son los que esgrimen el argumento del espacio público. La higiene urbana, el libre tránsito, el orden: toda excusa es buena. Los que defienden el trabajo cuentan de lo duro de la vida del ambulante, de arrancar 5 Am y terminar a las 11 de la noche. De los días de lluvia, del calor y las ampollas. Del carrito, la comida, la coima que les pide el mismo comisario que los desaloja.

Berta pasó la noche en el Once, en la esquina de Rivadavia y Pueyrredón. Hoy espera una respuesta para un reclamo más sencillo: que el Gobierno le permita trabajar.