por Yair Cybel

Carla Céspedes mató a un pibe. Lo fusiló de ocho disparos: tres en la espalda, dos en el abdomen, uno en el tobillo y dos en los brazos. Lo mató apenas dos meses después de haberse recibido de Policía Federal. Lo mató cuando Ariel (por que el pibe tiene un nombre y una historia) estaba desarmado, tratando de arrancar su moto tras llevarse $1.500 de un chino. Céspedes lo esperó acovachada en un zaguán, escondida y en silencio, y cuando Ariel salió corriendo, lo asesinó por la espalda.

La discusión es histórica pero hay que salir a darla todos los días y en todos los escenarios. Es si la vida de un pibe vale $1.500.  Enfrente están el “hay que matarlos a todos”, el “uno menos” y ni te cuento lo que puede uno leer si se mete en los foros de la Policía. De este lado tenemos que explicar incansablemente que el código de Hamurabi expiró en el 1500 AC, y que ojo por ojo terminamos todos ciegos. Que 8 tiros por la espalda no son un “exceso en la legítima defensa” sino un asesinato hecho y derecho. Que cada 28 horas nos matan un pibe y que por cada uno de ellos saldremos a buscar justicia.

Nuestra tarea -la de los que nos encontramos de este lado de la mecha- es salir a construir la historia. Que no sea un negro más (para ellos “un negro menos”). Contar sus sueños, sus fracasos, sus amores. En murales, en marchas, en letras, en lo que tengamos a nuestro alcance. “Era un capo total. Estando bien, era un amor. Todos los pibes que venían a casa lo querían”. El que habla es Pico, el mayor de los tres hermanos de Ariel.

La historia de Ariel me toca en lo personal. Al igual que yo, Ariel era hincha de Atlanta. Pero por ahí no viene la cosa. Pico, su hermano, el que habla en la nota y no se cansa de contar anécdotas, es el tatuador del barrio. Uno de los pibes, de esos que uno conoce hace años del barrio, de la plaza. “Mataron al hermano de Pico” decía el mensaje que llegó al grupo de Wassap y yo me quedé helado. Hace un par de horas que estaba buscando información sobre la víctima del “fusilamiento” de Estivao y Ramos Mejía, para darle un nombre, para contar su historia.

Ariel Santos tenía 42 años y le decían “El Tano”. Era hincha de Atlanta, del barrio de Villa Crespo. Tenía tres hermanos, una vieja, una abuela y un montón de amigos que lo recuerdan con amor. Carla Céspedes tiene apenas 25. Mató a un tipo desarmado, de ocho tiros por la espalda. Espera el juicio en libertad.