Por Ailén Joseph



Miércoles 8 de Marzo: Día de la Mujer Trabajadora que “conmemora la lucha de la mujer por su participación, en pie de igualdad con el hombre, en la sociedad y en su desarrollo íntegro como persona.” Según Wikipedia.

Este 8 de Marzo nos encontrará recibiendo flores, bombones, y alguna que otra frase cliché sobre el amor maternal y etcétera de cosas que todavía nos falta deconstruir. Pero por sobre todo, y a eso viene este humilde conglomerado de palabras, este miércoles las Mujeres trabajadoras nos veremos en las calles. Pidiendo, cantando, exigiendo a gritos la parte que nos corresponde del mundo. Este 8 de Marzo las mujeres reclamamos ¡MÁS TRABAJO MENOS MACRI!

Porque desde el inicio de la sociedad capitalista, allá por los principios de la acumulación, las mujeres fuimos un objeto clave de conquista más allá de que la historia nos haga a un lado. Fue necesaria sangre, tortura y fuego para criar un animal capaz de adoptar un comportamiento regular, homogéneo y uniforme que cumpla con las nuevas reglas; aquellas que dejaron el cuerpo femenino en las manos del Estado y redujeron nuestros úteros a ser una máquina de reproducción. Somos la base. Si no hay reproducción, no hay producción.

Con la incorporación de la mujer al mercado se visualizó un proceso de emancipación de las mujeres. Pero el Capital hizo esto a su manera, reconfigurando una nueva división sexual del trabajo. Ya nos explotaba en el espacio doméstico, en la esfera de la reproducción; fue momento de ensanchar su imperio. El machismo es a la vez un instrumento de poder y un arma, capacitado y reformulado constantemente para perpetuar la dominación. Ningún otro grupo social ha sido nunca explotado física y psicológicamente como la mujer: generamos descendencia, somos fuerza de trabajo gratuita de tareas que nadie quiere hacer, esclavas obedientes de nuestras familias, objeto permanente de avidez sexual, reinas de todas las publicidades. El capitalismo nos condena a ser mercancía.

Haciendo el esfuerzo de pensarnos como parte concreta de esta sociedad, aunque nos hayan enseñado siempre que somos el último orejón del tarro para absolutamente todo, podemos concluir en que la crisis del empleo y del salario crean nuevas tensiones entre mujeres y hombres. Que tengamos mayor autonomía genera un aumento de la violencia masculina. El hecho de que los hombres no tengan (todo) el poder económico y, a la par, consigamos nuevos derechos, nuevas conquistas culturales, desencadena nuevas formas de agresión contra las mujeres que se pueden ver, identificar, y sentir en carne propia a lo largo y ancho del globo.

Frente a esto, y entendiendo el marco de crisis en donde nos encontramos, tenemos que volver siempre a aquellas etapas históricas donde también vivimos esta feminización de la pobreza, donde las mujeres tuvimos que salir a salvar las papas de un modelo que nos ponía no solo piedras en la espalda sino también palos en las calles. En plena crisis del neoliberalismo de los años 90’-2001 fuimos protagonistas en los comedores, merenderos, cooperadoras, asambleas barriales. Fuimos capaces de dar respuesta a la ausencia del Estado ante las necesidades básicas de nuestro pueblo.

Hoy la coyuntura nos obliga a revisar nuestra historia, tomar lo mejor y salir con creatividad en la organización que supimos construir, y que tenemos que seguir construyendo. Nos obliga a criticar nuestras prácticas, mirar puertas adentro y encontrar aunque duela las mierdas propias de este sistema que nos construye reproductoras de viejas conciencias. No podemos volver a ser quienes limpiemos comedores, hagamos la merienda en los cortes, o cuidemos a los niños y niñas mientras nuestros compañeros hombres participan de las reuniones donde se define la política dura y concreta. Hoy somos nosotras las que marcamos la agenda. Las que le damos batalla al neoliberalismo que nos gobierna, al paradigma global que se encuentra presente. Un hecho inédito se está gestando en el mundo para este 8 de marzo: mujeres de más de 40 países realizaremos un paro en conjunto para exigir el fin de la violencia machista.

¿Por qué me sumo al paro?

Me sumo porque en mi casa, en la de mis compañeras y en la de mi vecina veo como las mujeres seguimos relegadas (muchas veces por pura inercia, muchas otras por no autocriticarse) a levantar la mesa donde comemos hermanos, hermanas, padres, madres, tíos y abuelos, a lavar los platos mientras en la sobremesa se discute “LA política” (esta ‘política’ que tiene por objeto medirse el pene verbalmente para ver quién sabe más palabras que suenan difíciles). No queremos ser parte de esa política.

Queremos ser parte de una política, un proyecto y una organización de masas donde se entienda y se reivindique el feminismo como bandera. Porque sin feminismo no hay socialismo. Nos sumamos al paro todas las que entendimos esto y lo militamos día a día.

También paramos las mujeres que nos cansamos de que les digan “si adelgazas un toque serías her-mosa”, a las que les preguntaron para cuándo los pibes.

Paramos las mujeres que desde los 11 años nos gritan guarangadas por la calle, las que ya no nos sorprende cuando un desconocido te sigue hasta la puerta de tu casa, a las que nos apoyaron en el bondi al lado de nuestra vieja yendo a comprar.

Paramos las que cobramos menos por el mismo trabajo que un compañero, las que algún jefe en algún laburo nos dijo ‘venite más gauchita, un escote o algo, así caes mejor a los clientes’.

Paramos las mujeres que tuvimos o tenemos una relación enfermiza, violenta, las que no podemos ponernos determinada ropa, que dejamos de vernos con nuestros amigos y familia.

Pero, por sobre todo, este 8 de Marzo paramos por las que que no tuvieron nuestra suerte y no están acá para sumarse.

Paro con bronca, con la idea grabada en la mente y en el cuerpo, el ideal como horizonte, la convicción de que sólo liberándonos de la opresión del patriarcado vamos a conseguir justicia, me sumo porque patriarcado y capitalismo son dos caras de una misma sociedad desigual.

El 8 de Marzo paro porque estoy viva, pero nos están matando.