Yo también digo BASTA!

Mi nombre es Aldana, tengo 23 años y estudio Comunicación Social en la UBA. Al igual que muchas otras mujeres, fui violentada, ignorada, cosificada, utilizada y simbólicamente violada.

¿Por qué paré?

Mi nombre es Aldana, tengo 23 años y estudio Comunicación Social en la UBA. Al igual que muchas otras mujeres, fui violentada, ignorada, cosificada, utilizada y simbólicamente violada.

Tenía 12 años cuando iba caminando al lado de mi mamá por la Avenida Avellaneda y sentí que un tipo, que podía ser mi papá, me tocó la pierna. No le dije nada a mi mamá ni a él. Lo primero que pensé fue que yo estaba loca. ¿Cómo un hombre iba a querer tocar la pierna de una niña de 12 años? Un par de años más tarde, con 14 años, iba caminando a la casa de una amiga a las 4 de la tarde (dato para curiosos y curiosas) cuando sentí que alguien atrás mío se tomó el atrevimiento de querer meterme un dedo en el culo. ¿Fuerte, no? Un hombre, que pasaba en bicicleta a toda velocidad a mi izquierda, decidió ponerle un poco de diversión a su tarde. Se ve que mis negras babuchas largas le resultaron provocadoras. “¿¡Qué haces, enfermo?!” grité. Sin embargo, nunca me animé a contárselo a nadie.

Un poco más grande, a los 19 años, tenía que caminar seis cuadras para tomar el bondi que me lleva a la facultad. A mitad de camino, aparecieron dos motos con dos hombres en cada una e intentaron encerrarme. Al verlos, crucé de vereda inmediatamente. Se reían entre ellos mientras volvían a acercarse. Me fui corriendo asustada para avisarle a un policía que estaba dos cuadras más atrás. Le expliqué y me puse a llorar. Me dijo que quizás yo estaba equivocada, que era una chica linda y que a veces los hombres hacen esas cosas. Me sentí una estúpida. No me sorprendió su respuesta, por lo que le aclaré que sabía muy bien identificar cada mensaje, y le pedí que me acompañe a la parada porque tenía miedo de que vuelvan a aparecer. A lo que respondió que no podía salir de su lugar de trabajo. Sí, era un policía.

Hace dos años, ya con 21, cuando llegaba del trabajo, noté que habían cortado la calle de la esquina. Me acerqué a un policía que hablaba con un vecino para poder preguntarle qué había pasado. El policía me dijo que un hombre chocó con un auto, y que seguramente había sido la culpa de una chica tan linda como yo, porque según él soy de esas que distraen a los conductores y los hacen volcar. Solo pude atinar a decirle que era un idiota antes de pegar media vuelta e irme.

Todos los 8 de marzo se conmemora la muerte de cientos de mujeres en una fábrica de Estados Unidos. Fueron esclavizadas y explotadas. Con los años, se volvió un recurso del marketing: regalar flores y bombones el día que recordamos mujeres incineradas al reclamar por mejores condiciones laborales se volvió algo natural.

Este 8 de marzo no fue igual. Se realizó un Paro Internacional de Mujeres. ¿Por qué?  Porque las estadísticas arrojan cifras escalofriantes: cada 18 horas una mujer muere en Argentina. Para las cuatro de la tarde, miles de mujeres ya estaban en Congreso esperando que comience la movilización. Una hora más tarde ya éramos bastantes, muchas más que antes. Y cuando digo muchas, me refiero a miles y miles. Cientos de miles de mujeres en defensa de sus derechos, diciendo BASTA a la violencia hacia la mujer. El paro consiguió demostrar la organización y el empoderamiento que logramos las mujeres en la actualidad. Acá, y en todo el mundo.

Es notorio que el paro no solo tuvo un objetivo. Se puede advertir claramente que hubo una doble batalla. Por un lado, consignas de género que le dicen basta a los femicidios, al aborto clandestino, que exige un cupo de mujeres e igualdad de condiciones en el ámbito laboral, entre otras cosas. Y por otro, hay un contenido netamente opositor al gobierno. No sólo paramos por nosotras y por las que ya no están. Esta marcha no fue un hecho aislado, nosotras le paramos a Macri. Las mujeres trabajadoras copando las calles significó el freno a sus políticas neoliberales, al ajuste, a los tarifazos, a sus políticas exclusivas, y por sobre todas las cosas, el repudio al recorte del presupuesto para el programa de atención a víctimas de violencia de género.

 

La masividad de esta movilización no es casual, sobre todo teniendo en cuenta los dos paros anteriores convocados por los y las docentes. En total, fueron más de 50 países los que se adhirieron a la medida. Es evidente que esta fuerza no tiene fronteras y que, lamentablemente, las problemáticas de género no sólo ocurren en Argentina y el resto de América Latina, sino que también es moneda corriente del otro lado del mundo. Hay un estallido latente que necesita organización para que podamos cambiar lo establecido. Necesitamos cortar con los mandatos sociales y culturales preestablecidos para así poder llegar a una verdadera liberación de la mujer en igualdad de condiciones que el hombre. Porque cuando una mujer avanza, ningún hombre retrocede: crece la organización.