Por Dalia Cybel

Quisiera encontrar las palabras desgarradoras. Las palabras exactas que puedan describir, por ejemplo, la angustia que debe estar sintiendo su madre, el vacío que va a sentir su novio cuando despierte y ya no la encuentre del otro lado de la cama, el silencio que debe rondar hoy alrededor de sus cosas: los collares que no se va a poner, los cuadernos que nunca va a escribir.  Me cuentan que se encontró el cuerpo de Micaela García, violada y asesinada en Gualeguay a los 21 años de edad. Hasta ahora todo indica que el culpable sería Sebastián Wagner, un joven de 29 años que se encontraba en libertad provisional luego de haber cometido otras dos violaciones. Micaela fue asesinada por la justicia, pienso, y no hay preludio poético que pueda escribir para suavizar esto.
La justicia le otorgó libertad provisional a su asesino. El juez de la causa, Carlos Alfredo Rossi, desoyó la recomendación de los peritos, permitiendo que Wagner abandone la cárcel, ya que la ley permite que un recluso con buena conducta sea puesto en libertad habiendo cumplido dos tercios de su sentencia. Con dos violaciones comprobadas y un extraño caso en el cual la justicia argentina -superando la imaginación de cualquier guionista de novelas de la tarde- no logró identificar si el culpable había sido Sebastián o su hermano gemelo con igual ADN, Wagner consiguió la libertad provisional.
Si hacemos un brevísimo, casi ínfimo repaso, recordamos que libertad provisional es la carátula que tuvieron durante años y aun tienen los mayores genocidas del país (para más información recomiendo Uno por uno: quiénes son los 50 genocidas que fueron beneficiados durante la presidencia de Macri)
Bajo libertad provisional, Wagner contó con la soltura suficiente para planear y realizar una nueva violación, que en este caso terminó en asesinato. Wagner gozó de la libertad que no tuvo Belén durante dos años, de la libertad que no tiene Higui actualmente y que obviamente no tuvo en ese momento y para siempre Micaela García. La libertad que le otorgaron a Wagner ya le había costado el bienestar y físico y mental a dos mujeres, pero a la justicia no le pareció antecedente suficiente.
Y mientras recuerdo mi propósito de buscar las palabras justas pienso que tal vez no necesito seguir buscando. Solo con saber que mientras escribo esto pueden estar matando a otra mujer, con solo concebir que esa mujer podría ser yo, y que no tardarían mucho más de lo que yo tarde en escribir estas líneas en violar otra mujer que podría ser yo (como si a esta altura ya cada mujer argentina estuviera esperando su turno), con eso basta para el espanto. Pero aun así, y aunque entiendo al cansado lector, aun al continuar leyendo estas crudas lineas no nos podemos dar la dimensión del horror que se puede perpetrar sobre el cuerpo de una mujer mientras es violada y asesinada. Para la justicia somos presas de nuestra propia libertad. Nosotras somos las que debemos encerrarnos para sobrevivir, en la casa, en la cama, en nuestros cuerpos. Somos presas de la justicia que debería hacernos libres, y entonces encuentro las palabras desgarradoras y ya no tiene sentido seguir escribiendo.