Detrás de los cientos de rostros de pibas y pibes que cayeron en manos de todas las formas de violencia policial, hay una historia de ausencias y también de lucha. El Grito del Sur dialogó con las madres que marcharon hoy a Plaza de Mayo para decir basta.

Franco Pizarro, de 27 años, arde y grita en medio del humo, junto a otros seis presos que compartían con él una de las celdas de la Comisaría 1° de Pergamino, mientras cinco policías y un comisario se dedican a mirar. Leonel Sotelo, de 19, recibe el año nuevo del 2016 con tres disparos en el pecho que parten del arma de un gendarme que lo confunde con un asaltante, y cae de su moto y un amigo cae con él, en Lomas del Mirador. Fabián Gorosito, de 22, ruega a los santos morir ahora antes que seguir soportando las torturas de los policías en la comisaria de Mariano Acosta, provincia de Buenos Aires. Le conceden el deseo y lo ultiman, asfixiándolo, y arrojan el cadáver a una zanja junto a las vías del tren.

Silvia es mamá de Fernando Latorre, una de las víctimas fatales de la masacre de Pergamino, que el pasado 2 de marzo se cobró la vida de siete personas en un incendio dentro de la comisaría, donde la policía fue responsable. “Mi hijo tenía veinticuatro años. Estaba detenido por una causa menor y la policía lo mato. No hicieron nada para ayudar a evitar las muertes. Hoy nuestros hijos son pancartas”, dice ofuscada y con lágrimas en los ojos.

Silvia Irigaray es una de las fundadoras de Madres del Dolor, un movimiento que agrupa a las y los familiares de víctimas de la violencia institucional, dando asistencia social y buscando soluciones para la problemática del gatillo fácil. Su hijo, Maximiliano, de veintitrés años, fue asesinado en 2001 en la Masacre de Floresta por un policía, condenado posteriormente a cadena perpetua, siendo el primer efectivo de la Federal en recibir esa condena: “Es el momento de marchar y buscar justicia. El caso de Santiago Maldonado hizo mucho ruido y hay que aprovechar eso. No hay que rendirse. Yo pude obtener justicia por el asesinato de mi hijo, después de muchas batallas”, dice y agrega que a pesar del odio que tenía hacia los policías en un principio, hoy visita escuela de policías para dar charlas sobre el manejo de la violencia ejercida: “Mañana voy a la Escuela  Vucetich de formación policial, en el Gran Buenos Aires, para hablar frente a 1300 cadetes, justamente poniendo esperanza en las futuras generaciones de las fuerzas que nos cuidan y para que ninguna madre pase el infierno que yo viví”.