El Café Alenjo se fundó en 1960 y desde entonces es un punto de encuentro histórico en el barrio de Boedo.

Alejandro Fantino hace la apertura de Animales Sueltos con unos minutos de retraso. “Hoy llegué de carambola”, dice con un traje azul de gala y el pelo engominado. “Me diste ganas de jugar al billar, Ale”, le contesta el panelista y periodista, Fernando Carlota, que lo mira aguardando una respuesta.  “Yo los únicos billares que conozco, son los de Boedo”, confiesa el conductor.

Lunes, doce del mediodía. Afuera caen gotas, la calle está desolada. La avenida Boedo parece un tango, melancólica y griseada. En el Café Alenjo, el salón está dividido a la mitad.  De un lado, siete pibes del secundario rodean la mesa de pool y juegan antes de entrar al colegio. Gorras anchas, chupines, Instagram, selfie grupal mostrando los tacos.  En el otro, es el año 1960.

El Café Alenjo se fundó en 1960 y desde entonces es un punto de encuentro histórico en el barrio de Boedo. Alberto Feite, de 56 años,  es uno de los dueños y explica  qué significa entrar al lugar: “Acá estás en otra dimensión. El tiempo no pasa. Mantenemos una tradición que es inentendible. Formamos como un club de amigos”, dice mientras le niega el pago de un café a un visitante habitual: “No hago plata con esto, manejo un taxi además. Si pasa un rato largo sin que venga, me pongo nervioso”, resume Alberto que administra el lugar junto con su hermano.

Bajo dos lamparas de luces naranjas que iluminan una mesa redonda, con veintiocho fichas de dominó en el medio, Ricardo comienza su anécdota. “En Boedo perdí un caballo”. Tiene un bigote estampado, el pelo gris y una campera de cuero negra. “No lo encuentro”, dice y acomoda sus fichas, una por una, mientras lanza una mirada furtiva y cómplice a Tito, de 70 años, con una gorrita del partido comunista de Cuba. “El caballo es lo que tenía Tito para apostar, lo perdió pero nunca lo vimos”, explica Ricardo entre risas.

“Si no respiro los aires de Boedo, me muero”, confiesa Fernando, o Meco, de 82 años, que vivió 70 en Boedo y hoy mora en Caballito. Trabajó como actor en 1948 en la película “Pelota de trapo”, donde le atajó un penal a Armando Bó.  “Cuando yo conocí esto, era un café de varieté. Había show de tango casi todos los días. Vinieron grandes cantores. Una vez tuvieron que cerrar la cortina porque había aparecido  un cantor que decía que era como Gardel. Se llamaba Roberto Quiroga. Vino Ireneo Leguizamo, íntimo amigo de Carlos, y dijo que si cantaba igual, le regalaba $500. Se fue ni bien empezó el primer tema”, recuerda Fernando que viene todos los días para jugar al billar.

El salón tiene tres mesas de pool y el piso como un tablero de ajedrez. Luego le siguen las mesas redondas de domino, chamelo y truco, una barra larga y ancha con dos banquetas y en la parte de atrás, como una cueva lúgubre, ocho mesas de billar. Por los años ’80, el belga Raymond Knight Ceulemans, uno de los máximos exponente en el billar, con 33 campeonatos mundiales y 48 europeos, entró por las puertas de Alenjo y jugó una partida.

Viernes, dos de la tarde. La mesa de domino está rodeada. Tito, Meco, Ricardo y Alberto juegan una partida. Al lado,  reposan en una mesa un sifón de soda y un vaso de Gancia con limón. “No te enojes si perdes”, dice Alberto. “Me voy a enojar cuando me traigas la cuenta de la tortilla”, responde Ricardo y la mesa ríe. Pero desde afuera del salón, hay alguien que los observa. El busto de Francisco Reyes, célebre artista plástico de Boedo en los ’50, vigila como un centinela en custodia el Café. Quizás porque Reyes, hace sesenta años, habrá disfrutado alguna vez de una tertulia en el salón, una partida de billar o un simple vermut. Pero hoy, en 2017, es el artista que los mira.