Cuando repasamos las imágenes de la represión –otra vez– de la Policía de la Ciudad en Plaza de Mayo, bien cabe preguntarse: ¿a quién le conviene que hablemos otra vez de represión y no de cientos de miles de personas juntas, en la Plaza de las Madres y las Abuelas, reclamando en paz por un una causa que tiene en vilo al país?

 

Represión es una palabra que decimos mucho últimamente. Y es peligroso: se nos puede volver habitual, se nos puede volver costumbre, se nos puede evaporar en la boca como cualquier otra y volverse entonces invisible, natural, común. Lo peligroso es justamente eso: eso que estamos viviendo ahora. Repasemos una azarosa lista made in Macri: reprimen un comedor comunitario en Lanús; reprimen una murga del bajo Flores; reprimen estudiantes en el colegio Mariano Acosta; reprimen militantes y allanan locales de la izquierda en Córdoba; reprimen a docentes en Congreso mientras intentan instalar una carpa itinerante; reprimen un corte de la ruta 40 de una comunidad Mapuche en Chubut, con un desaparecido –Santiago Maldonado– como resultado trágico; reprimen la masiva marcha a un mes de su desaparición.

Represión, muchas veces: alcanza con evocar lo que el Ni Una Menos nos dice con cierta intensidad, para empezar a entender: “las mujeres no queremos naturalizar que tengamos que avisar todo el tiempo que volvimos a casa sanas y salvas”, lo que se traduce como un grito desesperado contra la naturalización de la violencia machista y, lo que es más angustiante, un grito defensivo contra la incorporación del miedo en los cuerpos, un exorcismo. Incorporar la violencia del otro, sin transformarla en algo nuevo, es incorporar al enemigo, es asumir una derrota.

Por eso, cuando repasamos las imágenes de la represión –otra vez– de la Policía de la Ciudad en Plaza de Mayo, bien cabe preguntarse: ¿a quién le conviene que hablemos otra vez de represión y no de cientos de miles de personas juntas, en la Plaza de las Madres y las Abuelas, reclamando en paz por un una causa que tiene en vilo al país? ¿Cuál es la distancia entre lo que evoca como experiencia en cada uno de nosotros la imagen de miles de almas solidarias con Sergio Maldonado, que pide desesperado por su hermano, y las instantáneas de policías arrastrando de los pelos a un fotógrafo, apresando a una turista, barriendo la Avenida de Mayo con gases lacrimógenos?

Fue “una operación (del Gobierno) para hacer creer que había detenido a los violentos”, denunció María del Carmen Verdú, de Correpi. Pero, ¿por qué? Arriesgamos un esbozo de respuesta: el Gobierno logró tras las PASO unificar detrás de sí a la Sociedad Rural, la Unión Industrial, el sistema financiero, los medios de comunicación, el gobierno de Estados Unidos y los organismos de crédito internacionales. Un cúmulo de poder inédito en 34 años de democracia, cuya única oposición es la calle. Por eso la virulencia que opusieron discursivamente los principales funcionarios de Cambiemos a la marcha de la CGT, porque evidenció una fractura social: de un lado el poder, del otro lado, la calle en resistencia. La desaparición forzada de Santiago Maldonado fue la otra fisura reciente: la que no tiene que ver con los bolsillos aplastados por el ajuste y la falta de trabajo que genera el plan económico, sino con los derechos humanos. Santiago desapareció en el marco de una protesta, desapareció por solidario con una comunidad mapuche olvidada. Desapareció ejerciendo su personalidad, siendo él mismo: su desaparición evoca simbólicamente la desaparición del cuerpo de todos aquellos que expresamos esa fisura del poder, esa facultad de decir que no.

Esa misma facultad que evidenciaron las Madres en la primera ronda en La Plaza. La dictadura les dijo locas. A los que piden por Santiago, el gobierno les dice ahora “violentos”. Que es lo mismo que decir marginales, que decir oscuros: somos, así las cosas, los que paradójicamente llenamos una Plaza de Mayo con 250 mil personas y nos quedamos solos y de noche denunciando “represión” sin más eco que en nosotros mismos y los nuestros. Todo mientras el propio Presidente, la tarde del viernes, contaba por Twitter que probaba gustos exóticos de helados, “de remolacha, de arroz con leche”. “Y me gustó”, decía. Una forma elegante de mostrar la espalda ancha del poder.

El desafío sigue siendo romper ese cerco: hasta que la palabra “represión” encuentre su cauce de denuncia colectiva, su profundidad histórica, y se diluya no hacia dentro, sino hacia afuera. En esa batalla –y en tantas otras– se van los esfuerzos de los que hacemos El Grito del Sur.