A las mujeres nos criaron para llevar una sexualidad patriarcal y sumisa dispuesta siempre al placer del otro. Pero mientras nos deconstruirmos cuestionamos esa noción supuesta de normalidad. Con escarbar un poco comenzamos a entender porque y cuando un acto de placer se transforma en un momento de angustia. Empezamos a asumir nuestras incomodidades y dolores, a entender que puede haber abuso de poder sin que haga falta la violencia explícita. Cuando cuestionamos un poco se cae el castillo de cartas y entendemos que no fue tan solo un mal polvo.

Porque los hombres siguen haciendo lo que las mujeres han aprendido a hacer durante siglos, llamarlo de otro modo, adornarlo, darlo vuelta, sobre todo no llamarlo nunca por su nombre, no utilizar la palabra para describir lo que han hecho- Virgine Despentes

 

Es domingo por la noche y no hay nada en la tele. El calor y el aburrimiento invaden todo. Los apuntes sobre la mesa, cercanos pero intocables. El celular suena, aparece el logo de Instagram: es un chico que no conozco personalmente pero con quien hablo esporádicamente de arte, viajes, y películas. En el mensaje me propone vernos.Contesto que el fin de semana siguiente mejor, que rindo un final -miro los apuntes con culpa-. Ante la negativa él se enoja. Me acusa de no tener predisposición, aunque yo ya le había comentado que me había despertado sábado y domingo a las siete de la mañana para trabajar y que el lunes arrancaba con otra jornada fatal hasta el viernes. Insiste: se va de viaje por trabajo y repite que “mientras pasan los días la ciudad separa a la gente. Asì no nos vamos a ver nunca”.

Dudo: los apuntes, el sueño y el calor juegan en contra; el mandato y la presión, a favor del tet a tet. Accedo, pienso que no me costaba tanto. No me cuesta tanto aunque rindiese en cinco días, no me cuesta tanto a pesar de las horas de cansancio, no me cuesta tanto a pesar de que fuese la una de la mañana de un lunes. No era que me costaba, sino que no estaba teniendo predisposición y así no nos íbamos a ver nunca. Accedí por miedo y no por miedo a que me ataque porque es fundamental recalcar que el muchacho no fue violento físicamente y que tampoco lo considero un psicópata asesino. Accedí por miedo a que me deje de hablar. Porque aunque no me lo haya dicho mi mamá, ni mis amigas, ni mis compañeras de colegio, ni ninguna de mis profesoras yo también aprendí a fuerza de novelas de Cris Morena y revistas OhLaLA! que la mujeres tienen que “retener” al hombre, encerrarlo, engatusarlo, aprovechar cada oportunidad. Accedí, aunque no muy convencida, porque la presión de grupo también funciona en plena soledad.

Veinte minutos después el muchacho estaba en la puerta de mi casa. Llegó en camioneta, vestido con bermudas y zapatillas. Le abrí y salimos a pasear. Lamentablemente, por ser mujer y estar al corriente de lo que sucede, no podìa estar cien por ciento relajada aunque tampoco estaba mal predispuesta. Caminamos, nos sentamos en el escalón de un zaguán a tres cuadras de mi casa, charlamos un poco. Me contó de su trabajo, sus viajes, de un proyecto a futuro, del perro de un amigo. Fumamos un poco y charlamos algo más.

Nos besamos de común acuerdo. Sin mucha pasiòn pero por decisión propia, dejé que jugara con mi pelo. Sabía que seguramente yo no hubiera hecho lo mismo en otra situaciòn, pero me sentìa responsable. Como no me costaba tanto accedí a que viniera, casi que lo invité, tal vez me dio curiosidad, ganas -a pesar del cansancio físico y el strees-, o solo seguí un impulso. Yo lo invité y -sentìa- no podía hacer menos. Nos besamos un rato en la calle, con un chiste malo me insinuó que vayamos a mi casa. Accedí sin ganas aunque vale recalcar que en ningùn momento nada fue forzado. Vale recalcarlo porque creo que las líneas del patriarcado son demasiado finas y demasiado bien escritas. Porque ese hombre seguramente no me hubiera secuestrado, ni golpeado, ni abusado, y seguramente está muy lejos de entender que eso no era necesario para que yo me sintiera culpable y responsable de la situación. “Fanática de los boliches” le pusieron a Melina Romero. ¿Acaso el titulo de Clarin sería “Ella lo invitò y después no accedió a tener relaciones”?.

Cuando llegamos al departamento me dijo “sentite como en tu casa, si querés podes desvestirte o esas cosas”. No me reí. Puse música de Chet Facker, mi nivel de incomodidad aumentaba, la situación cada vez me dejaba más off side, paralizada en un espacio de la cancha desde el cual ninguna acción influye en el resultado. Estaba en mi casa, en mi cama, porque yo accedí. Cuanto màs difícil era ahora decir que no, aunque defienda a Calu Rivero, aunque lea manuales de consentimiento y llame a mis compañeras a empoderarse.

Intentamos comenzar el ritual, me sentìa incomoda, no me gustaba, no me calentaba, no me surgían ganas. Pensé imaginate otra cosa, pensé un mal polvo lo tiene cualquiera, pensé que si mi hermano y mi primo pueden garcharse pibas que ni les gustan -porque los escuché hablar asì- yo también podía, pensé que era mi culpa por ser demasiado sensible. Me sentía invadida, en mi propia cama, en mi propia casa, en mi propio cuerpo, con su mano entre mis piernas. ¿Por qué me sentía incómoda si yo accedí? ¿Por qué accedí?.

Lo frené cuando mi pensamiento llegó a ese punto. Le dije que no querìa ser grosera pero no tenía ganas, no estaba cómoda y prefería cortar la situaciòn lo antes posible, hasta en un acto de comprensión hacia la calentura ajena. Me dijo que yo quería pelear, porque era de Sagitario. Un mal polvo lo tiene cualquiera, pensé. Nos quedamos un rato escuchando la música. Le dije que prefería estar sola. Me preguntó si se podía quedar en el sillón y yo me iba a estar sola a mi cuarto. En mi casa, en mi cama, en mi cuerpo, incómoda. Le dije que prefería estar realmente sola, me dijo no me podes hacer esto, ultimamente estoy muy al palo, le dije que no le hice nada malo, solamente no me sentìa cómoda para tener relaciones. Entonces acostado en mi sillón dijo con estas mismas palabras: “Ni siquiera quería garchar, sólo me gusta que me hagan sexo oral”. En una sola oración dejó claro lo poco que le interesaba mi goce, lo poco que le interesaba que haya conexión entre dos personas aunque sea por unas horas y después no nos veamos más. No me interesaba una relación con él, no me tentaba el compromiso, sólo esperaba no sentirme irrelevante durante el tiempo que estuviera en esas cuatro paredes que tanto peleé por hacer propias.

Lo miré un rato, en otro momento hubiera accedido; por suerte tanta teorìa sirvió para algo. Agarré las llaves y le dije que le abría. Bajé los dos pisos casi corriendo, no tenía miedo, tenía ganas de dejar de sentirme extranjera en mi propio cuerpo. Antes de irse me miró y me dijo esto no se hace, está mal, yo contesté está mal hacer algo que unx no quiere.

Cuando cerré la puerta lo primero que pensé fue no se lo cuento a nadie, lo escondo, como si tuviera algo que ocultar. Por suerte mientras subía las escaleras borrando su número pensé: mejor se lo cuento a todxs, porque yo sé que esto no es un mal polvo.