Chacarita es el cementerio más grande de la ciudad de Buenos Aires. Enfrente, justo al lado de la estación Lacroze, está la Mocha. Nacido en el 2011, el primer bachillerato trans de Latinoamérica no puede acceder al espacio privado, siempre está reclamando derechos y no cuenta con financiamiento, por lo que muchas veces tiene que apelar al rebusque o la cooperación. La Mocha también es millenial: hija de una época, nació al calor de la conquista de derechos y se fortaleció para afrontar los tiempos difíciles.

Presidenta y twaekwondoka 

Viviana González es la presidenta del centro de estudiantes del bachillerato Mocha Celis. Se egresa este año y le gustaría dedicarse a la docencia. De hecho, ya es profesora de clases de artes marciales. Fue integrante del seleccionado argentino, donde obtuvo cinco títulos masculinos de taewkwon-do con su identidad trans, pero tuvo que dejar el deporte. “El CENARD se ocupó de tapar mi identidad de trans. Era la época de los edictos policiales, vivíamos en los calabozos solamente por vestir con la ropa del sexo opuesto. Vivíamos a escondidas pero el “querer ser” era más fuerte que nosotras, por eso en vez de quedarnos en la comodidad de seguir las normas salimos a luchar”.

“Éramos eso que no se podía mencionar, la sociedad tenía una imagen repudiable de nosotras y esa violencia nos puso a la defensiva. Luchábamos contra la mirada del otro”, cuenta la presidenta del Centro. Su historia es la de muchas de las chicas que llegan al bachi: excluidas del mercado formal de trabajo, obligadas a subsistir en los márgenes, criminalizadas antes de ser juzgadas. Condenadas a una vida de violencia con un promedio de vida de 35 años, apenas un par menos que la expectativa de vida en Europa para el 1800.

“Yo caí en la prostitución, pero una no elige acostarse con alguien para poder comer. La noche viene con sus vicios y te va atrapando en un mundo en el que de chica no soñás estar. Cuando llegué a la Mocha no estaba preparada para volver a empezar. Caí en un edificio donde había pocas cosas”. La voz de Viviana se quiebra. Dice que no es de lagrimear mucho pero que la Mocha le genera esto. “Ese animal que se agarraba a las piñas, ganaba torneos, encontró en la Mocha eso que en otros lados no podía sacar de mí. Llegué y me dieron un abrazo fuerte y volvió a crear en mí esa esperanza que me permita decir de nuevo: “yo quiero ser”.

La Mocha de Chacarita

Francisco Quiñonez es el director de la Mocha y uno de sus fundadores. Está a pleno con el inicio de clases del sexto año del bachillerato. No quiere fotos y explica que el foco tiene que estar en las chicas, en el proceso formativo con el colectivo trans. “Venimos de la experiencia de los bachilleratos populares, que recuperan el conocimiento preexistente. Sólo que nosotros no trabajamos sobre una fábrica recuperada o un territorio en especial, sino que nuestro lugar es el territorio identitario. Eso fue complejo porque la población no estaba cerca sino que había que salir a buscarla. La Mocha se convirtió en el primer espacio donde las compañeras podían ser nombradas y se les respetaba su auto-percepción”, cuenta.

En 2012 se sancionó la ley de Identidad de Género, un suceso de magnitud internacional en materia de reconocimiento de derechos. “Con la ley el proyecto toma otra relevancia, se nos acerca el gobierno nacional, se construyen las aulas y la infraestructura que tenemos hoy”. Sin embargo, las cifras de la comunidad trans dejan en claro que con la ley sola no alcanza: en una población con una deuda social tan grande, es necesario pensar políticas de inclusión educativa y laboral para lograr que la comunidad trans abandone la marginalidad.

“No sólo hubo un abandono histórico sino que existe persecución policial, antes con los edictos policiales, hoy porque son la caja chica de la policía que las manda a vender drogas”, dice Francisco. “Propusimos el proyecto Reconocer es reparar que incluye a las compañeras mayores de 40 años que han sido sobrevivientes de un sistema que las excluye. Si no hay políticas públicas a nivel general el mismo Estado que te expulsó a delinquir, más tarde te encarcela y te condena”, concluye y se despide porque la Mocha, como toda trans, no puede darse el lujo de dejar de trabajar.