Camila Borda, de once años, fue violada y asesinada en la localidad bonaerense de Junín. Las hipótesis judiciales apuntan a que la niña había ido en bicicleta a comprar el pan cuando un hombre de 40 años la interceptó. El acusado trabajaba de sereno y hasta el momento del crimen no presentaba rasgos de anomalías psicológicas ni comportamiento extraño. Los medios se sorprenden del caso y califican al asesino de "monstruoso". Sin embargo este crimen no es más que otro síntoma del sistema patriarcal que educa a los hombres para sentirse dueños de los cuerpos feminizados. Porque en Argentina los monstruos no existen.

 

Cuatro horas estuvo desaparecida Camila Borda antes de que fuera encontrada asesinada y con señales de haber sufrido abuso sexual. Cuatro horas en las que 11 años de la vida de una persona y la historia de una familia se interrumpieron irremediablemente. En esas cuatro horas su femicida -que hasta ese momento era percibido por su entorno como un hombre “normal”-, cometió un acto que la opinión pública en estas circunstancias se empeña en conceptualizar como un hecho disruptivo dentro de la trama social, propio de un “monstruo”. Pero este asesino no era considerado un “monstruo” hace 10 días, ni hace un año, y la frecuencia con la que suceden estos hechos atroces nos hace imposible seguir creyendo que habitamos un mundo de “monstruos” velados que a un movimiento azaroso develan su verdadera naturaleza.

Si el que comete un acto violento alevoso es un “monstruo”, un desviado y su conducta es incomprensible su existencia se vuelve indescifrable.

La retórica del “monstruo” del sentido común y que explota en los comentarios de los portales virtuales de noticias tranquiliza porque nos coloca del lado de los “comunes” y en el caso de los hombres de los “buenos”, porque en su propia auto-percepción, no cometer actos de agresión física hacia mujeres los sitúa indefectiblemente del lado de los hombres decentes. Este mecanismo se reproduce colectivamente y pone el foco en lo que nadie asume ser: nadie se considera “monstruo”. Los mismos violadores y femicidas tampoco se asumen así, de forma que funciona como un señalamiento grupal que sólo sirve para expresar conmoción y a la vez proteger las estructuras que sustentan la violencia. Si los crímenes atroces son obra de seres improbables y los “monstruos” son un error aleatorio, el sistema queda a salvo de todo juicio.

Lo interesante es que a pocos sectores parece alarmarle que éstos despliegues de blindaje de la estructura patriarcal impidan llegar a entender por qué surgen estos sujetos que cometen estos actos y cómo pueden prevenirse, como si la forma del conjunto de tramitar el dolor de no haber podido proteger a una niña (o niño o adolescente) fuera negar toda responsabilidad en el asunto.

La figura perpetradora pasa a ser el “otro” que hay que castigar con la misma violencia que él impartió, quedando esta misma y las estructuras, siempre a resguardo de toda problematización.

El nudo de todo esto es que el pretendido castigo ejemplar y disciplinador forma parte de la misma trama comunicacional violenta en la que el violador ha cometido su crimen, un modo de “decir” y “ser” dentro del lenguaje de la masculinidad hegemónica. Los crímenes sexuales no surgen por el deseo libidinal sino por lo que la antropóloga Rita Segato llama “mandato de la masculinidad”: la necesidad de probar la masculinidad ante la mirada de otros hombres accediendo al control territorial sobre otros cuerpos.

Los actos disciplinares se reproducen en menor y mayor escala en todos los ámbitos de interacción social: el acoso callejero no es más que un mensaje entre hombres sobre su capacidad de invadir el espacio público, constituyendo parte del lenguaje en el que los hombres “hablan” y discuten su masculinidad, entre ellos y ante sí mismos. Ese es precisamente el mensaje: atemorizarnos a las que cada día sobrevivimos para que aprendamos a ceder espacios y territorio, incluso sobre nosotras mismas.

Sacar al monstruo de abajo de la cama.

En el momento que me enteré de la noticia del crimen de Camila y comencé a leer comentarios en distintos portales, se repetía en las muchas expresiones de los varones, la figura del “mounstro” y el castigo ejemplar que debía proporcionarle el Estado (como el masculino supremo capaz de ejercer fuerza) u otros varones (familiares de la víctima, vecinos, etc). Luego de estallar de bronca entendí el núcleo del asunto. Nunca nada de lo que hacen sistemáticamente hombres a mujeres, como el ejercicio de violencia sexual, conlleva un cuestionamiento colectivo profundo de la masculinidad y una revisión de las propias conductas que legitiman y reproducen la violencia.

Las mujeres a título individual pero sobre todo como conjunto nos venimos revisando y deconstruyendo a niveles de agotamiento. El ser mujer se ha convertido en una labor adaptativa constante: para no criar a las niñas como princesas y a los niños como agresores, para protegerlas, para no comprar juguetes sexistas, para exigir formas de trato dignas, para defendernos en la calle y en nuestras casas, para lograr recibir el mismo salario en nuestros empleos, para acceder a espacios negados, para producir científica y artísticamente tanto como los hombres, para reclamar y poder satisfacernos con relaciones sexo-afectivas igualitarias, para comprender y explicarnos todas las formas de abuso que sufrimos y actuar para prevenirlas y revertirlas, para organizarnos a fin de socializar cuidados, bienes y servicios entre nosotras y además de todo eso, paralelamente, para educar a los hombres acerca de por qué tenemos que hacer esto y cuál es su papel para dejar de ser una amenaza para nosotras.

Es mucho. No lo vamos a hacer, no vamos a desarticular el patriarcado solas pagando con nuestra salud y nuestra felicidad. Compañeros: tienen que hacer su parte. La información está ahí y la capacidad de reflexión y formación que nosotras desplegamos es exactamente igual de plausible de ser alcanzada por ustedes. Pero para ello va a ser necesario que hagan un mea culpa profundo. En lugar de querer convencernos de que son buenos o de pedirnos que extrememos más nuestro auto-cuidado o que restrinjamos nuestra maltrecha libertad, empiecen a cuestionar qué tienen en común con los “monstruos”, qué comportamientos legitiman o reproducen que pueden alentar a futuros “monstruos” y cómo podrían romper ese flujo de mensajes cifrados apoyados sobre la idea del control de los cuerpos ajenos.

Nosotras no podemos deconstruirlos porque estamos haciendo nuestro propio camino, sorteando la difícil tarea de sobrevivir sin renunciar a nuestra felicidad, a nuestro goce.