El movimiento de mujeres en la coyuntura actual tiene sin duda un rol de resistencia frente a un Gobierno que desfinanció políticas de género y que hizo del Consejo Nacional de las Mujeres un instituto menor, sin gravitación alguna en la vida popular.

Este 8 de marzo nos movilizamos contra un gobierno que es responsable de la feminización creciente de la pobreza. Un gobierno que desfinanció políticas de género y que hizo del Consejo Nacional de las Mujeres un instituto menor, sin gravitación alguna en la vida popular. Un gobierno que mediante decisiones políticas profundiza todo lo que nos hace daño.

La desarticulación de programas sociales, el vaciamiento de espacios de formación e inclusión son el mecanismo político para lograr uno de los objetivos esenciales para la permanencia en el poder que es la  fragmentación del tejido social. Esto es lo mismo que hizo la dictadura cívico militar mientras violentaba y desaparecía la organización popular. En ese plan siniestro las mujeres somos las que pagamos el costo mas alto, pero no somos las únicas.

La consigna #NiUnaMenos se popularizó porque hubo alrededor de esa ráfaga de indignación un movimiento organizado que lo pudo contener, porque de otro modo se hubiera diluido. Pero esa ráfaga de indignación surgió de una sociedad que ya había tomado la lucha contra la desigualdad como bastión en la batalla cultural. Esas fueron sus condiciones de posibilidad.

Hoy somos cientos de miles a los largo y ancho del país poniendo el cuerpo a un movimiento que no es celebración vacía de lo femenino. Es un movimiento crítico de la desigualdad, que es muy distinto.

Tenemos el enorme desafiío de que este movimiento no se convierta en la plataforma política de María Eugenia Vidal de cara al 2019. Porque para la derecha la igualdad nunca va a ser una prioridad, ni la de género ni la de ningún tipo.