Franco Salvador, baterista de "Pez", fue denunciado por abuso sexual a través del blog Nonoscallamosmás. Forma parte de una seguidilla de abusos en la que los señalados son íconos de la música, que utilizaron su posición como pase libre sobre el cuerpo de las mujeres. Cristian Aldana, Miguel del Pópolo y Nekro son algunos de los rockeros abusadores. Suenen o no sus acordes, "no es no".

La primera nota que escribí fue hace exactamente dos años, en abril de 2016, cuando Mailén Frías denunció a Miguel Del Pópolo, su ex pareja y cantante de la banda La ola que quería ser chau, por abusos y violaciones. Frente al testimonio de Mailén, otras mujeres tomaron valor para denunciarlo y se juntó un grupo de víctimas de abusos en el rock que llevó a que Del Pópolo sea procesado en primer instancia. Ahora el cantante espera su juicio, procesado como “autor penalmente responsable de los delitos de abuso sexual agravado con acceso carnal”

Esta fue la primera de una serie de denuncias que atravesó bandas como El Otro Yo, Boom Boom Kid, Salta la Banca y Él Mató a un Policía Motorizado. Cristian Aldana, ex líder de El Otro Yo, permanece detenido en el penal de Marcos Paz, procesado por abuso sexual gravemente ultrajante y corrupción de menores en siete oportunidades.

Los relatos de muchas mujeres -que se mantuvieron anónimas o no- permitieron evidenciar un mecanismo de poder nada novedoso que puede entenderse bajo “la lógica del rockero” y que tiene al emblemático Mick Jagger como parangón. Si en la concepción patriarcal cualquier hombre común es un animal salvaje e irrefrenable, capaz de pasar por encima toda voluntad ajena con tal de saciar su apetito sexual, el rockero -que encima cuenta con fama y dinero y se maneja en un ámbito donde los límites son laxos y las drogas son muchas-  dispone del cuerpo que desee para desquitar su libido. El rockero, por la idolatría que genera en mujeres y varones, pareciera tener pase libre sobre el cuerpo ajeno.

La nota que escribí hace dos años se titulaba ‘A Mailén la violamos entre todos’. El título hacía referencia a las dudas sobre la veracidad del discurso de la joven. Desde estar mintiendo para obtener fama y dinero, hasta hacerla responsable de su propio abuso, no hubo acusación que no haya tenido que escuchar.

Si se trataba de mujeres que habían consentido el acercamiento, o incluso si en algún momento hubieran decidido tener una relación con el susodicho que luego terminó siendo violento, el juzgado moral recrudece sus argumentos. Puta es el insulto más ligero.

 

El viernes pasado se conoció la denuncia de abuso sexual cometido por Franco Salvador el baterista de la banda ‘Pez’, durante su gira patagónica en el 2017.

Si bien no se extinguieron las dudas la mayoría de los fanáticos instantáneamente se posicionaron a favor de la mujer, creyendo en su relato.

Tres días después de la denuncia salió el comunicado oficial de la banda -que ya había cancelado su show en Burzaco- dejando mucho más en claro la posición que tomarían. Para ellos la relación sexual no habría sucedido, “ni consentida ni no consentida”. Vale aclararle que la banda aun no parece haberse enterado de que todo tipo de relación sexual no consentida es un abuso.

Negar todo para invisibilizarlo: una estrategia que el rock toma de la política y la política de la historia. A las mujeres desde hace siglos nos negaron la posibilidad de hablar de lo que nos atraviesa. Maquillaron nuestras violaciónes detrás de la lógica del amor romántico donde no existe límite si se ama, donde el goce femenino en optativo y no obligatorio.

El comunicado de la banda Pez se absuelve de todo responsabilidad: “Sabemos que la relación entre músicos y seguidores, muy especialmente seguidoras, supone una base desigual que en muchos casos puede reproducir patrones patriarcales”, dice.

En los patrones patriarcales que se nombran los hombres son dueños de los cuerpos feminizados y, si sumado a esto los admiramos, perdemos toda soberanía sobre nosotras mismas y se esfuma la posibilidad de decir que no. Pero no sirve solo saberlo si se sigue reproduciendo el modelo.

Cuando se conoció la denuncia de abuso hacia uno de los miembros de la banda El Mató a un policía motorizado, una amiga me mandó un texto que decía: “creer que estaban de nuestro lado hace más daño”. Es verdad, porque muchas de estas bandas levantaban carteles de organización y de lucha, de compañerismo y de feminismo también. Es verdad que duele más, porque Pez es la misma banda que reivindicó en sus shows el derecho al aborto legal seguro y gratuito.

Sin embargo cuando un hecho los perjudica, hacen oídos sordos. Repiten que no hay abuso frente a quien cuenta: “Cuando despertéme había sacado el pantalón y tenía la bombacha bajada”. Duele. Pero este dolor no se negocia.

Nos violan en manada, dicen las redes sociales desde España. Allí, en 2016 en el estado de Sanfermines 5 hombres violaron a una chica de 18 años y la filmaron con su celular. El  crimen se conoció como “La manada”, el nombre del grupo de WhatsApp de los agresores.

Al día de hoy el juez acaba de dictar que fue abuso pero no violación, por lo cual quedan condenados a 9 años (con dos ya cumplidos) en vez del plazo de 22 que había pedido la Fiscalía.

A las argentinas también nos violan en manada. Nos violan y estamos alerta porque sabemos que no se salva nadie. Que este comportamiento excede el ámbito del espectáculo y no precisa de la fama. Que muchos de los varones fanáticos que instantáneamente repudiaron a la banda seguramente rieron o callaron cuando sus amigos o ellos mismos se sobrepasaron con una mujer en un boliche, le gritaron algo en la calle, le insistieron una vez más ante la negativa de tener relaciones sexuales.

Con cada banda morimos un poquito pero salimos fortalecidas. Podemos sobreponernos, no escucharlos más, no comprar sus discos, componer otras canciones y afinar nuestros propios gritos. Pero las heridas quedan y nos violan en cada canción en la que creímos que estaban de nuestro lado.