En protesta por los tarifazos y la baja en el consumo, panaderos del oeste bonaerense regalaron pan frente al Congreso: hubo fila desde temprano, colmada de jubilados que llegaron en su mayoría desde el Conurbano.

De mameluco gris, llegado en tren desde Longchamps, Rubén, 62 años, desocupado, abuelo de cinco varones, sostiene dos bolsas de supermercado en su mano derecha. El olor a pan caliente que emana de los dos gacebos montados frente al Congreso le abre el apetito. “Es el olor de la vieja ese. De la casa los domingos. De la familia reunida”, dice como para adentro, y chasquea la lengua. Hace fila desde las 8 de la mañana; son casi las 10 y los panaderos todavía descargan las bolsas con el pan que pronto van a empezar a regalar en protesta por los tarifazos que no pueden pagar y el aumento sideral de los insumos que convirtieron en lujo ese bien bíblico que producen. “Con llevarme dos kilos me conformo. Ya no lo podemos pagar”, explica Rubén, impaciente. Mira a su alrededor y ve: la fila, colmada de jubilados, da toda la vuelta a la Plaza y llega hasta la altura del Cine Gaumont, donde da un leve giro hacia la izquierda, de espaldas a Irigoyen.

“Para nosotros es triste. Pero no estamos acá porque nos sobre el pan. Queremos ver si el Gobierno entiende de una vez que nos vamos a fundir y que la gente no nos compra porque no le alcanza”, dice Sergio, panadero que cargó en su camioneta 70 kilos de pan. En Moreno, donde vive y atiende el negocio familiar, las ventas cayeron entre un 30 y un 5o por ciento respecto de hace dos años. La razón de la caída es simple: Sergio vende el pan a 40 pesos el kilo. “Y no le saco nada, ni un peso, porque sino ni siquiera lo vendo”, se queja. Como el precio de exportación del trigo -que no paga retenciones- se disparó en dólares (se paga entre US$3.000 y US$3050 la tonelada), los molinos que venden al mercado local también subieron el precio. Y eso se traslada automáticamente al costo de la harina. A lo que hay que sumarle los tarifazos. “Yo soy tercera generación de panaderos. El año pasado tuve que echar dos empleados. Me quemé cinco años de ahorros. Un par de meses más así y tengo que cerrar”, explica a El Grito del Sur.

Ricardo, jubilado de San Telmo, cuenta la misma historia pero del lado del consumidor: “Tengo una panadería amiga, en Bolívar y Chile. Cobran barato. Pero con el pan pasa como con todo: de comprar 4 kilos pasamos a 2. Gastamos menos: si no no llegamos al alquiler”.

Panaderos. Imagen: Andrés Wittib

Panaderos. Imagen: Andrés Wittib

La frustración fue el gesto dominante en los rostros de la fila. Entrada la mañana, se habían repartido mil quinientos de los cinco mil kilos prometidos en la convocatoria. Tal como sucedió en protestas similares como el “yerbatazo”, el “frutazo” y el “verdurazo”, en el “panazo” los protagonistas fueron los jubilados y las jubiladas, en su mayoría llegados desde el Conurbano. Las horas de espera se fueron acumulando, hasta que las bolsas de pan empezaron a pasar de las manos de los panaderos a las manos de los que pedían. Un truco se repetía: fila de dos integrantes de la familia, para cada uno llevarse una bolsa; y un tercer familiar, sentado en uno de los bancos de la plaza para recibir y guardar las bolsas, y otra vez a la fila. “Son unos vivos bárbaros, pero es la necesidad”, comentaba una vecina de Congreso recién llegada que había detectado la maniobra.

“En mi familia consumimos un kilo por día, lo pago 60 pesos”, se lamentaba Cristina, jubilada de la zona que salió con el changuito a hacer las compras y entendió lo que estaba pasando. Cristina cobra la mínima, todavía paga la moratoria y votó a Macri. “Lo sigo respetando porque es el Presidente. Pero a esta altura ya no confío en nadie”, dice resignada. “Por suerte”, aclara, “no pago alquiler, y algunos pesos me sobran. Pero si regalan pan, no se desprecia”.

Productores manifiestan repartiendo pan, Bs. As. 25 de abril de 2018, Andrés Wittib

Productores manifiestan repartiendo pan. Foto: Andrés Wittib

El paisaje en la curva de los colectivos de la Plaza de los Congresos se tornó tenso: a las caras de hambre de los que hacían la fila se sumaron los docentes de Suteba, que se encolumnaban sobre Entre Ríos y Rivadavia para comenzar a marchar. Están de paro en rechazo al aumento, cinco puntos abajo de la inflación proyectada por las consultoras, que les ofreció la gobernadora María Eugenia Vidal para este año. Melina, docente de una primaria de Mercedes, mira a la gente que pide pan con cara de asombro. “En las escuelas de provincia ya se empiezan a ver problemas en las familias, en cómo llegan los chicos, que maman en la casa los problemas económicos. Pero esto, ver toda esta gente pidiendo pan, te destruye”, dice y pregunta por qué no bajó aún ninguno de los diputados que, en el Palacio, se disponen a sesionar contra las tarifas.

La espera, cualquier espera, genera encuentros: la fila da también para conocerse. Dos jubiladas, informadas, se ríen. “Después sale Marcos Peña a decir que la gente compra por internet”, ironiza una. Otros se quejan por la lentitud y porque, además, creían que “daban mucho más”. “¿Cuánto están dándo, sabés?”, pregunta uno. “Un kilo y medio, dijeron, pero parece que no es tanto”.

Entre la fila hay un jubilado que pide hablar con los medios. Quiere contar que trabajó en Cresta Roja hasta hace cinco años atrás, cuando se jubiló. Que quiere saludar a sus ex compañeros y solidarizarse con su lucha. Se llama Juan, y durante décadas su trabajo fue quitarle los menudos a los pollos. No tiene para el pan, dice, porque aunque se jubiló bien, se le va la plata en medicamentos. “No es la primera vez en mi vida que hago esto, de venir a pedir”, se ríe, “esto parece una costumbre en este país”.