Miriam Lewin es periodista, durante su juventud fue militante en la izquierda peronista lo que la llevó a estar detenida en el centro clandestino de detención Virrey Cevallos y en la Escuela de Mecánica de la Armada. Fue testigo del "Juicio a las Juntas" y una vez en democracia se dedicó a reconstruir la historia de los sobrevivientes. En el 2014 junto con Olga Wornat escribió el libro "Putas y Guerrilleras" donde trabaja sobre los delitos sexuales en los centros clandestinos de detención. En una charla intima con El Grito del Sur Miriam Lewin cuenta como convirtió la angustia en lucha.

Miriam Lewin fue una de las figuras fundamentales en la búsqueda de Memoria, Verdad y Justicia en la postdictadura argentina. Desde el periodismo de investigación trabajó recolectando, editando y transmitiendo vivencias propias y ajenas dentro de los centros de detención clandestina. En el 2014, junto con Olga Wornat editó el libro “Putas y Guerrilleras” donde aborda los delitos sexuales en el contexto concentracionario. Los crímenes sexuales en dictadura fueron desestimados y las sobrevivientes estigmatizadas y condenadas a resistir años de silencio y negación de la justicia. Con la cuarta ola feminista invadiendo las calles, Lewin habla de cómo pudo reescribir los hechos y entender las responsabilidades de su historia y la de muchas otras mujeres argentinas.

¿Cómo fue comenzar a trabajar con los delitos sexuales sucedidos en cautiverio durante la última dictadura militar argentina?

Lo llamativo para mi es que ni las víctimas no teníamos conciencia de haber sido abusadas sexualmente. Nosotras pensábamos que si nos secuestraban, era natural que nos violaran, era lo que nos correspondía por ser mujeres. De manera tal que cuando a mi me secuestró el grupo de tareas que manejaba el centro clandestino Virrey Cevallos, la mesa de tortura, la desnudez, las observaciones sobre el cuerpo, los gritos, las ofensas por mi vida sexual, me parecían normales. Para nosotras era inherente a la tortura que te digan: “¿Cuántos abortos te hiciste, hija de puta?” “¿En cuantas orgías estuviste?” “¿Con cuantos tipos te acostaste?”. Para mi era una cosa normal ese maltrato, estaba naturalizado en la psiquis, en la mente femenina, el ser tratada de esa manera. A mi nunca se me ocurrió que no tenían ninguna necesidad de desnudarme aunque quisieran interrogarme violentamente y torturarme, había otras formas.

Durante mucho tiempo en la ESMA fuimos testigos de cómo se llevaban a las compañeras de noche y volvían a la mañana, de situaciones semiocultas en “Capucha” con los guardias; éramos testigos de cómo nos hacían duchar con la puerta abierta. Éramos depositarias de confesiones de compañeras que venían a decirnos que habían sido violadas y nosotras no lo registrábamos como violación. Aun hoy muchas compañeras lo registran como relaciones consentidas solamente porque no mediaba, como en otros centros clandestinos, la fuerza física, como si hubiera necesidad de más violencia que estar desaparecida en la Escuela de Mecánica de la Armada, tus hijos y tu familia en manos de ellos. A lo mejor acaban de matar a tu compañero. Ves constantemente como todos los miércoles vacían “Capucha” y se los llevan a los vuelos de la muerte, pero todo esto nosotros no lo registrábamos como un factor que anula toda posibilidad de un consentimiento.

¿Se puede hablar de relaciones consentidas en cautiverio?

No se puede hablar de consentimiento en un centro clandestino de detención. En una sociedad que tenía 500 centros clandestinos de detención y toda la sociedad civil estaba privada de sus derechos no tenes la posibilidad de hacer ninguna elaboración. A algunas compañeras les tomó 30 años denunciar. Esto no quiere decir que no existieran algunas mentes pre-claras, como la de Adelia Alfaro que en el juicio a las juntas denunció su violación.  Ella lo tenía claro aunque algunos de los represores apadrinaron a su hijo y visitaban a sus padres que estaban a favor de la dictadura militar.  Ella pudo hacer el click y sin embargo no fue escuchada porque en ese momento no se consideraban como delitos. No importa si el abuso era más bestial o más caballeroso, como era en la ESMA, que después de haber asesinado a tu compañero te sacaban a cenar y pretendían que te estaban seduciendo como si vos tuvieras algún espacio para decir que no. Porque hubo compañeras que dijeron que no. Ahora, una compañera que decía que no ¿a que se arriesgaba? A un vuelo de la muerte, al asesinato de su familia. Las compañeras que ahora se cuestionan “Si yo hubiera dicho que no” no saben  las consecuencias a las que hubieran sido sometidas. Hay compañeras que recién ahora están tomando conciencia de hasta qué punto estaban alienados y avasallados todos sus derechos.

¿Cómo y cuándo se comienzan a juzgar los crímenes sexuales en los centros clandestinos de detención ?

A partir que el Comité Internacional de La Haya comienza a considerar los delitos sexuales como crímenes de lesa humanidad. Después de lo sucedido en la ex Yugoslavia y en Rwanda, se empezó a considerar que estos crímenes debían ser juzgados. A mi, la primera vez que me hablaron de crímenes sexuales fue una jurista peruana en Washington cuando  fui a presentar “Ese infierno”, el libro que escribí con sobrevivientes de ESMA. Ella me dijo: “¿Cómo van los juicios por violencia sexual en los campos de detención?”. Entonces yo la miro y le digo: “No hay”.  Me dice “¿No hubo crímenes sexuales?”.  “No, no hay juicios” y era el 2004. Pasaron muchísimos años, desde el 2004 que cayeron las “Leyes de perdón” hasta pasado el 2010, para que los crímenes sexuales se juzgaran a pesar de que no haber estado incluidos en las “Leyes de perdón”, como los crímenes contra menores. A partir del 2010 los fiscales argentinos comenzaron a decir “¿Fuiste testigo o víctima de un crimen sexual en cautiverio?”.

Ahora fijate la contradicción que existe. Para que un crimen sexual en un centro clandestino pueda ser juzgado, solamente se puede juzgar con consentimiento de la víctima o de un testigo de ese crimen en caso de haberlo si la víctima está permanentemente incapacitada o  muerta. Para mi hay una contradicción entre el hecho de que el crimen no sea contra la persona, sino contra la humanidad – como es un crimen de lesa humanidad, que no prescribe-, y que la fiscalía no acuse si la persona no está de acuerdo para no victimizarla. En realidad, si el crimen es de lesa humanidad no estarías revictimizando a una persona,  sino que estas dejando impune un crimen contra la humanidad. Además los agresores sexuales tienen altísima probabilidad de reincidir.Entonces, si nosotros  no calificamos a los represores como agresores sexuales, estamos dejando libres a un montón de tipos que violaron y que seguramente tuvieron otros episodios de abuso sexual en estos años. Lo mismo la discusión de si el crimen sexual está subsumido en la tortura o no. No puede estar subsumido en la tortura porque son crímenes de distinta naturaleza. Todas estas cuestiones dificultan la punición. En la Mega-causa ESMA 3 quedaron afuera los crímenes sexuales y no van a ser juzgados ¿Cuánto le falta a la justicia para darse cuenta lo que es violencia de género? ¿Cuánto le falta a la justicia para entender que una relación sexual en el marco de un centro clandestino de detención siempre es una violación, y que fue cometido con el fin de generar el terror en la población, tanto concentracionaria como civil? El terrorismo sexual es eso, el sexo por la fuerza utilizado para doblegar la conciencia y para disuadir al resto de los compañeros.

¿Las organizaciones de los 70 tenían perspectiva de género?

En los 70 al interior de las organizaciones la práctica era totalmente machista, la mujer rara vez alcanzaba puestos de conducción. A ninguna varón le resultaba cómodo tener una responsable mujer o que su mujer tuviera un grado de compromiso mayor que él en la organización. Tanto por la organización armada como por los represores, la mujer era considerada como un accesorio del varón. Cuando era trasladado un varón de la organización, la mujer era trasladada con él aunque hubiera tenido un trabajo territorial fuerte o una vinculación con la militancia. Su carrera siempre era menos importante que la del hombre. Las mujeres estábamos sometidas a esta cuestión de la triple jornada, porque éramos trabajadoras o estudiantes, militantes y amas de casa. ¿Que pasaba en espejo en el universo concentracionario? Caía un varón militante y se negociaba la libertad de la mujer a cambio de su colaboración. O por otro, lado si la mujer caía y el marido no, utilizaban la figura de la mujer para convencer al marido de que se entregara. Cuando una mujer caía y el varón ya había muerto, la responsabilidad o la culpa que tenía por haber militado estaba minimizada porque ella era mujer y tenía que seguir lo que le decía el marido, no puede haber decidido militar por ella misma, no podemos culparla tanto. No se se les ocurría que ella podía ser la que quería seguir militando mientras él dudaba.

Yo no cuestiono la militancia de los 70, muchas veces se interpreta lo que ocurría con la mentalidad de hoy. Yo no estigmatizo a los dirigentes de esa época porque no eran feministas o porque nos decían totalmente convencidos “primero vamos a hacer la revolución y después, automáticamente los derechos de las mujeres van a estar contemplados.” En esa época era totalmente normal la sumisión de la mujer. En Montoneros, en el grupo que lo fundaron había solo una mujer entre doce, y en el ERP, creo que menos.

¿Cómo fue la reconstrucción de los testimonios de víctimas de abusos sexuales en los centros de detención clandestina para el libro “Putas y Guerrilleras” que escribiste junto con Olga Wornat?

La reconstrucción de los testimonios fue difícil. Muchas compañeras aceptaron, corrigieron los textos con nosotras y después, cuando los vieron impresos, se disgustaron. Es muy difícil ser consciente de lo que pasó. Hay compañeras que se juzgan por haber disfrutado que las saquen de la ESMA y las lleven a un departamento en Belgrano para tener sexo con los represores; aunque son conscientes que eran esclavas sexuales, pero por lo menos se podían bañar, cocinar, dormir cuando querían. La gente las juzgó por lo que habían hecho cuando están diciendo “prefiero esta encerrada en un departamento que al lado de donde se llevan gente a los vuelos de la muerte constantemente, o con la posibilidad de morir una misma, escuchando los gritos de las torturas, etc etc.”

Porque también estaba la herida machista, la herida narcisista de lo que significa para un marido o compañero de militancia ver como violan a una compañero. El mensaje entre machos es “Mirá cómo hago lo que quiero con lo que supuestamente es tuyo y deberías defender”.

Cuando realicé una entrevista con el Juez Garzón para el documental “El alma de los verdugos”, yo me preguntaba qué hubiera pasado si los guardias hubieran sido mujeres y los prisioneros hubieran aprovechado la atracción sexual que generaban en ellas para sobrevivir. Hubieran sido vitoreados cuando salían, por que el macho se identifica con eso, dice “Mirá que pillo.” Es lo injusto de la estigmatización de la conducta de la mujer. Porque si una mujer hubiera detectado que un guardián sentía atracción sexual por ella y deliberadamente, lo que no sucedió, lo hubiera explotado, nosotras no podemos seducir para conseguir algo, porque nos convertimos en putas. Nuestros compañeros estigmatizan a aquellas mujeres que habían sobrevivido diciendo “Y seguramente si esta viva es porque dió información”;  es el doble estigma: es puta y traidora.

¿Cómo lograste desnaturalizar la lógica concentracionaria y pudiste ver que era abusos sexuales?

A mi me sirvió mucho como periodista haber hecho entrevistas sobre abuso sexual infantil por que los mecanismo son iguales. No hay violencia física, el abusador sexual te distingue, te privilegia, te halaga, te hace sentir especial, pero por otro lado este privilegio y este aislamiento te separa de tus pares  y asegura que no le cuentes nada a nadie. Te sentís culpable, tus pares te odian y te estigmatizan es un doble juego. Las compañeras a las que se les daban privilegios en los centros clandestinos, las llevaban a ver a sus familias y a “pasear” con los militares ya quedaban estigmatizadas de traidoras. Entonces eran aisladas y temidas por los demás prisioneros, se formaban estas dinámicas. Pero por otro lado, no hablábamos del tema ahí adentro. Nosotras veíamos que a las 11 de la noche venían a buscar a una chica y le decían “Vestite que vas a salir”. Volvía a las 5 de la mañana y al día siguiente no se le preguntaba nada, nadie cuestionaba. Era un círculo vicioso: si a las compañeras se las estigmatizaba y  aislaba por ser las “preferidas” con todas las consecuencias que esto traía, ellas se pegaban más a los milicos. Era muy perverso. Aun así, las que sobrevivieron fueron juzgadas, como si hubieran tenido la posibilidad de decir que no. En ningún momento sucedió eso, el sistema concentracionario se basa en una asimetría total en el poder.