Por cuarto año consecutivo miles de mujeres de todas las edades, clases y procedencias se movilizaron al Congreso con el pañuelo verde como bandera para volver a gritar ¡Ni una menos! La movilización fue replicada en distintas ciudades del país y las consignas incluyeron el pedido de aprobación del proyecto de legalización del aborto y el rechazo al acuerdo del gobierno nacional con el Fondo Monetario Internacional.

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Ahí estábamos, empapadas hasta la médula, embarradas hasta los tobillos, amuchándonos de a tres abajo de un solo paraguas. Ahí estábamos, decididas a hacernos paso para escuchar el discurso que le pondría fin a una tarde nublada y fría que se transformó en un aquelarre tumultuoso, brillante, colorido, efervescente.

Ahí estábamos, éramos una pequeña muestra de esa multitud que no pude dimensionar hasta que -horas después- vi la foto aérea. Miles de pañuelos verdes levantados, miles de mujeres, trans, travestis, lesbianas, bisexuales, intersex formando algo que no era una marea, ya que nada de aquella multitud de la que yo misma estaba siendo parte parecía mansa y acuosa. Me recordó más bien una manada verde, una tribu cómplice, un ejército.

En el escenario las que tomaron la palabra fueron ellas, hicieron sonar en sus gritos las voces de muchas de las que estábamos ahí y de muchas de las que no pudieron volver. Las más segregadas, las más juzgadas, las más discriminadas, las relegadas que no se amoldan a un sistema en el cual se permite un solo tipo de mujer.

Foto: Lucía Rivera Lopez

Ellas tomaron la voz: Irma Caupan Pierrot, descendiente de mapuches (Caupan), representando a los pueblos originarios, Laura Omega Gaitán, descendiente de afros y esclavos, Paula Arraigada, referente del colectivo trans, Mariana Britos, mexicana radicada en nuestro país que integra el Bloque de Trabajadoras y Trabajadores Migrantes y forma parte de Ni Una Migrante Menos, Mónica Berruti, una maquinista del subte reprimida semanas atrás en medio del conflicto gremial.

El acto fue dirigido por la locutora Liliana Daunes; sin embargo, en el escenario eran muchas más: sindicalistas, políticas y familiares de víctimas de femicidios unidas en un mismo espacio como contadas veces sucede en la política tradicional, aún liderada por mandatos patriarcales y dirigentes hombres hetero cis-sexuales. Las que sembraron las bases de la militancia feminista, las que llevan años impartiendo derechos, las que luchan todos los días contra la precarización laboral y el ajuste económico, las que reclaman su derecho a permanecer en el país que eligieron como Patria. Todas estas pieles, más o menos arrugadas, más o menos maquilladas, más o menos oscuras, cargan el recuerdo de la violencia física y simbólica del patriarcado. Llevan la herencia y el legado de compañeras y antecesoras apaleadas, esclavizadas, violadas, marginadas. Ese acto y esa plaza era la respuesta (no la revancha) de quienes quisieron callar y ahora pueden levantar la voz.

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Allí estábamos también hace cuatro años. El 3 de junio del 2015 nos reunimos a aunar una impotencia palpitante, a llorar a las que no volvieron. Hace cuatro años nos juntamos a cuestionar que nuestro relato sea distorsionado en las páginas de los diarios. El asesinato brutal de Chiara Páez fue el caso que rebalsó la seguidilla de crímenes de odio hacia mujeres, trans, lesbianas y travestis. La respuesta fue histórica.

Como cauces de ríos que desbordan, nuestra bronca se tornó una. Nuestro llanto descargó el peso de años de bronca. Con el tiempo el dolor se permió por la latencia del deseo. En estos cuatro años, sobre el desgarro de la pérdida, el feminismo logró armar estrategias de hermandad, de organización, de supervivencia. Formarnos y formar, incluirnos y no separarnos.

Foto: Rocío Tursi

Hace cuatro años miles de mujeres nos encontramos en las calles marchando como hilos finitos que forman la trama de una misma bandera. Hace cuatro años no sabíamos cuántas íbamos a ser, y fuimos miles.

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El cambio de coyuntura y el espíritu de cuestionamiento del feminismo no permite mantener estáticas las consignas. En un escenario de retroceso de derechos el movimiento feminista dejó en claro que, si bien aún sigue vigente el reclamo por los femicidios -sucedidos en nuestro país cada 30 horas-, aparecen otras violencias patriarcales que no se puede dejar de enumerar. Los despidos a las trabajadoras de la Línea 144, de Télam y el Hospital Posadas; la represión hacia lxs metrodelegadxs; los recortes en el presupuesto para las víctimas de violencia de género; el incumplimiento de las leyes de cupo laboral trans; la falta de un plan de medicación eficiente para los y las portadorxs de VIH; el decreto 70/2017 contra los y las migrantes, fueron algunos de los reclamos que mencionó el documento escrito conjuntamente en las asambleas realizadas durante el mes de mayo en la ‘Mutual Sentimiento’. Una vez más quedó demostrado que se trata de un movimiento irreverente, trashumante, cuestionador, híbrido y burbujeante que milita una pluralidad de voces y se hace carne de muchas otras causas.

Foto: Lucía Rivera Lopez

El documento oficial también dejó en claro en repetidas ocasiones el rechazo del movimiento de mujeres a la negociación del gobierno nacional con el Fondo Monetario Internacional entendiendo que volver a depender de capitales extranjeros es un retroceso en materia de soberanía económica pero también de industria, de tecnología y de emancipación. Todas estas problemáticas socioeconómicas llegan al movimiento de mujeres con una profundización de un 2% más de desocupación entre hombres y mujeres y una brecha salarial que va desde un 27% en el trabajo formal hasta un 40% en el informal.

Asimismo, la multitud volvió a clamar por el “paro general” y a dejar en claro que el movimiento feminista fue el primero en hacerle un paro al gobierno macrista ante la falta de representación sindical que deja a las trabajadoras bajo un halo de silencio.

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Mientras restan sólo 9 días para la votación del proyecto de ley de Interrupción Legal del Embarazo en la Cámara de Diputados, sin duda el pañuelo verde se instaló como santo y seña. Si aquellas logias coloniales recurrieron a símbolos o escudos para reconocerse, el pañuelo de la Campaña por el Derecho al Aborto Legal Seguro y Gratuito se convirtió en una insignia que se lleva con orgullo. Las calles del Congreso teñidas de verde ya son habituales gracias a la insistente militancia que hace 13 años viene realizando la Campaña, pero se hizo inevitable en lo que va del año en el marco del debate del aborto en el Congreso. Ahora ese verdor vital, palpitante, arbolado, omnipresente desbordó la Avenida de Mayo. Al grito de “anticonceptivos para no abortar y aborto legal para no morir” las mujeres, trans, travestis, lesbianas e intersex reafirmaron el 13 de junio como fecha límite para saldar la deuda de la democracia hacia los cuerpos gestantes. El movimiento feminista remarcó la necesidad de que se discuta y se apruebe la ley y que no se camuflen de progreso leyes que sólo van por la despenalización de la intervención. El reclamo es integral: educación sexual integral con perspectiva de género, separación de la Iglesia del Estado, venta libre de misoprostol a precios accesibles, anticonceptivos para no abortar, aborto legal para no morir.

Foto: Virginia Robles

No hay más tiempo, la sangre hierve, tenemos la herencia de siglos de abortos escondidos que obligan a la clandestinidad a las que pueden pagarlo y a la muerte a las que no. Tenemos miles de ejemplos de maternidades forzadas pero también de maternidades deseadas.

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Por último, tomó el micrófono Nora Cortiñas. Imprescindible, eterna, compañera. Con el pelo envuelto en el pañuelo blanco y la muñeca en el verde comenzó diciendo: “como repetí el año pasado ya no somos invisibles, nunca más”, resignificando la frase que marcó la reciente historia argentina. Aquellas tildadas de locas por no renunciar a sus banderas ahora dan cátedra. Abajo, las que aprendimos de ellas tomamos las calles, cortamos el tránsito, levantando trapos y carteles. Éramos miles y no estábamos locas pero si convencidas. Éramos miles formando una hermandad de extrañas, una logia que se entiende con la mirada. Una multitud de jóvenes y adultas, de diferentes clases y procedencias compartiendo consignas y coreando canciones. Una multitud que se retrata con cámaras y teléfonos, para conservar las postales de lucha colectiva. Allí estábamos en el microcentro porteño, pero también lo eran en otras ciudades y pueblos del país.

Allí estábamos demostrando que el patriarcado no se va a caer.

Lo vamos a tirar entre todas.