Andrés García Campoy tenía 20 años cuando apareció muerto en su Peugeot 504 en las cercanías de Luján de Cuyo. Dos gendarmes declararon que salieron corriendo luego de que Andrés sacara una carabina Winchester de 1860 y que, cuando volvieron, se había disparado sólo en la cabeza. Las pericias demoraron más de lo normal y el juez de la causa decidió liberar a los imputados, desobedeciendo al fiscal del caso.

Como era de esperar, el caso de Andrés no llegó a los titulares de los noticieros ni apareció en las tapas de los matutinos, aunque nadie hubiera pensado encontrar allí la noticia. El caso de Andrés no tuvo resonancia nacional pero tampoco tuvo la fortuna de otros, los que las organizaciones, las madres, las familias, los barrios, levantaron sus nombres para convertirlos en banderas:  Luciano Arruga, Ezequiel Demonty o Kiki Lezcano.

Maximiliano Alfonso Cruz

Maximiliano Alfonso Cruz

“A Andrés lo mató Gendarmería y el juez de la causa es cómplice”. Así lo cuenta su madre, Mónica Campoy, que desde hace cuatro años lleva una difícil lucha en solitario para obtener justicia por su hijo muerto. El 13 de junio de 2014 Andrés García Campoy (20) salió del taller de motos de Mendoza donde trabajaba y manejó su Peugeot 504 verde metálico hasta las cercanías de Luján de Cuyo, a la altura del kilómetro 1060 de la Ruta 7, por el camino que conecta a Argentina con Chile. Andrés estudiaba Licenciatura en Higiene y Seguridad en la Universidad Aconcagua y esa tarde, su madre intuye que salió rumbo al oeste, con la intención de vender una carabina, cuando lo detuvieron dos gendarmes: Maximiliano Alfonso Cruz (22) y Corazón de Jesús Velázquez (23).

Corazón de Jesús Velazquez

Corazón de Jesús Velazquez

 

“Suponemos que iba a Destilería, por la ruta que tomó. Nunca pudo llegar porque lo detuvieron dos gendarmes. Apareció con un tiro en la cabeza, y nos dijeron que era de la carabina, pero el arma mide un metro, no la podría haber manipulado al interior de un auto y además la salpicadura de sangre no se condice con esta versión”, cuenta Mónica. Andrés guardaba la carabina Winchester desde el momento en que falleció su abuelo: el arma pertenecía a su padre, el bisabuelo de Andrés, databa de 1860 y no tenía mantenimiento. “Andrés coleccionaba cosas antiguas y colgó el arma en su pieza. Para mí, él la publicó y la fue a vender, pero no podemos saberlo porque el celular de Andrés apareció roto y nunca se pudieron recuperar los mensajes ni los Whatsapp”, agrega la madre.

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La hipótesis del suicidio es difícil de creer. Más allá de la antigüedad del arma y la dificultad para manipularla dentro de un Peugeot 504, el hecho de que el tiro haya entrado por la nuca refuta todo el planteo. Así lo entendió el fiscal Calle, juez provincial, quien caratuló la causa como homicidio agravado, y ordenó a detener a Cruz y Velázquez. Sin embargo, luego de declarar por única vez, el juez federal Walter Bento ordenó su liberación por falta de mérito.

La Corte Suprema de Justicia determinó que las pericias balísticas correspondían a la carabina, pero Mónica nunca pudo tener acceso a los resultados. La certeza que existe es que Andrés nunca tuvo pólvora ni en las manos, ni en la ropa, y el proceso para hallar rastros de pólvora en el cuerpo y la ropa de los gendarmes implicados se realizó recién siete días después. Según la declaración de los imputados, al momento de ser requisado en el control, Andrés se dirigió al asiento trasero, tomó una carabina y se disparó, mientras que los gendarmes habrían salido corriendo al ver el arma. Un relato, cuanto menos, sospechoso.

“Al no encontrar respuestas en la justicia, empecé a pedir auxilio a la gente para difundir el caso. El juez es cómplice de la Gendarmería y tiene afinidad con el diario Uno, así que el caso casi no apareció en los medios. Actualmente la causa está estancada”, dice Mónica.

Ramiro Villalba es el abogado de la familia Campoy. Tiene la certeza de que a Andrés lo asesinó el gendarme Maximiliano Alfonso, y que éste actuó “en presencia y con el beneplácito de otro”, en referencia a Velázquez.

La profesional que realizó la autopsia psicológica, Marta Mula, del Cuerpo Médico Forense de la Justicia de Mendoza, concluyó en su escrito que “desde el punto de vista psicopatológico, (…) se puede inferir en términos de probabilidad que no presentaba un síndrome pre suicida en su último periodo de vida”.

“La hipótesis del suicidio choca con la experiencia y la lógica: una carabina vieja, sin condiciones de uso y mantenimiento. Además, el chico estaba “sometido” por dos gendarmes jóvenes , entrenados y armados”, explica el abogado Villalba. “Los gendarmes dieron una versión ante los investigadores y luego la cambiaron ante el juez. Primero mencionaron dos disparos, luego cuando descubrieron que había sólo una vaina percutida cambiaron a uno”.

¿Pero por qué se llega a esta instancia con una hipótesis tan endeble como la del suicidio? “Cuando tomo el caso, la instrucción estaba avanzada y pésimamente hecha. Intentamos intervenir pero el juez nos denegó la mayoría de las peticiones y dejo trunca una investigación. Lamentablemente, el juicio más que en la investigación del homicidio, se transformará en la negligencia en la investigación. En lugar de averiguar quien fue el autor vamos a terminar discutiendo por qué no se pudo determinar lo que sucedió”, concluye Villalba.