Casi veinte días después de un incendio en la manzana 12 del barrio Cristo Obrero de la Villa 31, la Subsecretaría de Integración Social y Urbana sigue dejando a su suerte a los tres hermanos que duermen a la intemperie y entre los escombros pese a haber perdido a su madre en la tragedia. Crónica de una familia en resistencia que pone en jaque el cuento de hadas con que el Poder Ejecutivo porteño vende sus planes de urbanización.

—¡No pude, Omar, no pude! No puede ser, no llegué, no pude. No la pude salvar, no pude.

Lo primero que oyeron Omar y Hernán al llegar a la villa fueron los gritos de Rubén, el más grande de los tres hermanos. A Rubén se lo estaban llevando al hospital: tenía el cuerpo repleto de quemaduras. Pero antes les hizo saber, desde la camioneta del SAME, gritando por encima del ruido de las sirenas y el barullo y el desconcierto, que su madre no había sobrevivido al incendio, que él había intentado salvarla pero que no pudo. Frente a los ojos de Omar y Hernán ya no había más que un montón de cenizas y columnas de humo donde antes se levantaba su casa. Y alrededor, muchas caras de vecinos que hablaban y explicaban y de militantes que los abrazaban:

—Las llamas llegaron a dos metros de altura, casi arde todo el barrio.

—Los matafuegos no andaban y los bomberos tardaron una eternidad en llegar.

—Rufalda murió.

Y también, las caras de mucha gente desconocida, demasiada, que les impedía el paso.

El 9 de julio, Rufalda, de 90 años, perdió la vida en el incendio de su casa en la villa 31. Omar y Hernan, dos de sus hijos, luchan por no perder los terrenos. Foto: Andrés Wittib

Las horas que siguieron al desastre fueron dantescas. Los dos hermanos menores pasaron la noche a la intemperie, entre las cenizas; el mayor, internado. Una ambulancia se llevó el cuerpo de Rufalda a las 3 de la mañana, doce horas después del incendio. Recién entonces Omar y Hernán pudieron ingresar al perímetro de lo que era su casa, en el vértice norte de la manzana 12 del barrio Cristo Obrero. La noche siguiente intentaron cobijarse del frío dentro del hall del complejo de viviendas a medio hacer que está detrás de las ruinas, a un cruce de calle distancia, pero la policía los desalojó.

Volvieron entonces al mismo terreno donde había yacido el cuerpo de su madre. Dos días de llovizna lo habían convertido en un lodazal. Varios vecinos ayudaron a juntar cartones para armar un piso provisorio sobre el barro. También juntaron chapas para montar una suerte de carpa precaria, donde duermen desde hace 20 días: Omar y Hernán, a este punto, ya estaban decididos a no abandonar el terreno, ambicionado por las autoridades de la Subsecretaría de Integración Social y Urbana. La “Sisu”, como se la conoce en el barrio, envió ese día dos asistentes sociales que les tomaron los datos, “como si no los tuvieran ya”, dice Omar, y eso fue casi todo lo que hicieron por ellos desde entonces.

De no haber sido por una nota publicada por la Garganta Poderosa que se viralizó en las redes, la tragedia hubiera quedado encerrada en la villa y sus responsables no habrían sido señalados. Como las habladurías corren rápido, en la villa como en la vida toda, la nota también sirvió para esclarecer las cosas: el martes 9 de julio un incendio, originado posiblemente en la llama de una vela que tocó una tela, se cobró la vida de Rufalda Lescano, de 90 años, madre de tres hijos, viuda, que padecía esclerosis múltiple; el fuego fue ahogado por los vecinos de la villa, porque los bomberos no pudieron ingresar sino 40 minutos después, cuando no quedaba nada en pie; de los dos camiones que ingresaron, uno sólo tenía agua; de los veinte matafuegos que prestaron vecinos relocalizados en nuevas viviendas funcionaron sólo tres; ningún funcionario porteño puso un pie en el terreno derruido, ni durante ni después de la tragedia; de no ser por los vecinos, los tres hijos de Rufalda hubieran sido abandonados a su suerte, sin nada ni nadie.

Al día de hoy, los tres hermanos no tuvieron tiempo de velar a su madre. Se calientan con fogatas, cocinan en un anafe prestado y se bañan en las casas linderas. Sólo los dos mayores conservan su trabajo.

Las ruinas de las viviendas incendiadas y Omar, técnico en
computación. El fuego se llevó a su madre de 90 años. Foto: Andrés Wittib

El fuego

“Fue a la hora de la siesta”, relata Hernán. “Rubén, que trabaja en seguridad de noche, era el único que estaba en casa: Omar y yo aprovechamos la tarde para llevar a una de nuestras pitbull a una veterinaria en barrio norte, porque creíamos que tenía moquillo. Tardamos una hora, una hora nomás. En la vuelta, caminando por Pueyrredón, vimos pasar a los bomberos. Pensamos: ´ojalá no sea en el barrio el incendio´. Y fue”.

Lo que siguió, en el relato de Hernán, fue Rubén subido a la camioneta del SAME gritando que no había podido hacer nada, las cortinas de humo sobre la casa en ruinas, mucha gente del Gobierno y policías y tipos que no eran del barrio haciendo de barrera de contención para que nadie, ni ellos mismos, pasaran el perímetro de seguridad para acercarse y ver con sus ojos el cuerpo de Rufalda y si algo, todavía, podía ser salvado.

Según declaró Rubén en su testimonio en la comisaría 15, el incendio es probable que haya sido iniciado por una vela prendida dentro de la casa, en el cuarto de Rufalda, que dormitaba la siesta con la tele encendida. Todo ardió muy rápido, intentó sacar a su madre, no pudo. Lo último que vio a otra de las pitbull subida sobre ella, como abrazándola.

Las llamas recorrieron los 3 ambientes de la casa y el resto es historia sabida.

“El Gobierno no nos dió nada. Ni chapas, ni colchones, nada”, dice Hernán. Foto: Andrés Wittib

 

Rufalda, la familia y la casa

Rufalda Lescano tenía 90 años. Vivía en la Villa 31 desde hacía cuarenta y uno. Nacida en Santiago del Estero, conoció a su marido y padre de sus tres hijos en Tucumán, donde había conseguido trabajo como enfermera. Su marido era ferroviario del Belgrano Norte. A inicios de los 70, se mudan a Santa Fe y, más tarde, en plena dictadura, llegan a Buenos Aires. Su marido es reubicado para trabajar en la estación Saldías. Dejan a sus hijos en Santa Fe, levantan la casa en la villa, muy cerquita de la estación, en un terreno donado por la empresa que regenteaba los trenes, y los mandan a buscar tres años después, en el 82. La familia se establece en la villa en el amanecer del alfonisinismo.

Viuda y con el cuerpo cansado de años de trabajo y entrega a los suyos, Rufalda queda a cuidado de sus hijos, en especial del menor, Omar. Cobra una pensión y, además de la esclerosis, sufre de Alzheimer. “Sobre todo trataba de que no estuviera todo el día viendo tele. Como teníamos patio, salíamos a tomar mate para cambiar el aire. Había que recordarle todo el tiempo que ya había comido”, recuerda Omar.

La casa la levantaron entre todos. Toda la familia fue, de a poco, montando su parte sobre la base de la prefabricada. Un metro de estructura de ladrillos y techos de madera. Tres cuartos, un living, un patio. Toda la familia trabaja y ve crecer el barrio a su alrededor.

Rubén y Hernán trabajan en seguridad. Omar se recibe de ingeniero informático. Empieza a trabajar desde casa en el arreglo de computadoras y celulares de los vecinos. También arma las suyas y las vende por MercadoLibre. Perdió todas sus herramientas de trabajo en el incendio.

Pese a cierto bienestar económico, el hacinamiento del barrio empieza a traerles problemas: la casa nunca tuvo desagüe y, como fue construida sobre un desnivel, siempre estuvieron al borde de inundarse.

Los restos de los equipos con los que trabajaba Omar. Foto: Andrés Wittib

Ni una chapa

“Ni siquiera un volquete para sacar las cosas. Ni baños químicos. Nada. La primera noche pedimos colchones y nos dieron frazadas, no colchones. Tuvimos que pedirlos a los vecinos. Así nos trata la gente del Gobierno”. A Hernán le tiembla toda la cara cuando habla de cada una de las puertas del Gobierno que tocó y lo que finalmente consiguió: “Si no hubiese sido por los vecinos, estaríamos durmiendo en el pasillo o a la intemperie”.

Por iniciativa de la Mesa de Urbanización del barrio, que nuclea a todas las organizaciones que activan en el territorio, la Defensoría del Pueblo porteña intervino y logró mediar en una reunión entre funcionarios encargados de la urbanización y la familia. Hubo un acta de acuerdo: la Subsecretaría apenas se comprometió a limpiar el terreno, nivelarlo y aportar ayuda en los trámites legales por la muerte de Rufalda. Ofreció a los hermanos pasar las noches en el hotel familiar que el Gobierno tiene en la villa y uno de los departamentos en el complejo “Agrupadas”, justo enfrente del terreno, que la familia rechazó. La razón: la condición, a cambio de la “ayuda”, era abandonar el terreno y entregárselo a la Subsecretaría. “¿No se dan cuenta que ahí no entramos los tres?”, se pregunta Hernán, señalando el complejo de paredes de durlock, sin conexión de gas. “Además, hace 40 años que vivimos acá, esta es nuestra casa y no otra”, agrega.

La clave del acuerdo -del no acuerdo- radica precisamente en el terreno: la familia pidió materiales para poder levantar nuevamente la casa, dentro de los planes de urbanización que el Jefe de Gobierno, Horacio Rodríguez Larreta, promueve como una revolución. De forma elegante, los funcionarios Pro eludieron el reclamo. “No somos un corralón”, es la respuesta que dieron por lo bajo.

En la traza de los perímetros de urbanización del barrio Cristo Obrero, el terreno de los hijos de Rufalda no figura: está justo por fuera del límite, es decir, está fuera de la órbita de intervención. Esa es la explicación, a priori, del abandono: su ubicación es estratégica. En un extremo del terreno se levanta el depósito de materiales de construcción de la empresa que ganó la licitación de las Agrupadas, Cunumí SA, de probados vínculos con el clan Macri y hasta con la financiación de la campaña de Cambiemos en 2015. Y en el otro, da justo con una de las esquinas que, en los planos de urbanización, está pensado como uno de los pasos más abiertos al barrio. Es, también, uno de los terrenos más amplios de una sola familia en toda la 31.

Por eso, la permanencia de los tres hermanos en su terreno es el inicio de una guerra fría con el Gobierno, que bajó la orden de no entregar “ni una chapa” a la familia, a fin de desgastarlos y lograr que finalmente cedan al frío, el dolor y la interperie y terminen firmando el papel de su retiro del lugar. Ninguno está dispuesto a hacerlo y, en medio de los escombros, los días pasan en una resistencia que tiene mucho de dignidad y también de desesperación.

En febrero, el gobierno porteño emprendió otro camino: a través de un decreto, ordenó el desalojo administrativo de una de las viviendas de la misma manzana, lo que provocó una reacción en cadena de los vecinos e incluso de muchos de los trabajadores de la Subsecretaría que más tarde decidió despedir. Las topadoras pasaron por encima de las casas, recordando otras épocas en la historia del barrio.

“De acá no nos vamos a ir”, dice Hernán, y camina hacia el pasillo que lo deposita hacia una de las calles internas del barrio, de donde saldrá para hacer otro trámite más.