La inclusión de la tecnología en el aula es un tema que aflora por los poros en la era de las redes sociales. La alfabetización digital consiste en apoderarse de los medios, producirlos, manipularlos y no ser simples consumidores de los mismos, ni reproducir un uso estandarizado. Análisis a fondo de la tensa relación entre tecnología y escuela. El sálvese quien pueda, entienda y esté apto para sobrevivir, en un mundo de máquinas y deshumanizado.

En las sociedades actuales existen dos conceptos que resaltan en la cotidianeidad de nuestros días: el de información y el de comunicación. Pareciera ser que se está todo el tiempo sabiendo todo lo que pasa y más comunicados. La aparición de las nuevas tecnologías (celulares, redes, TV interactiva) ha llegado para quedarse y la escuela no es ajena a este fenómeno. Las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) en el ámbito educativo han cobrado un enorme valor, el cual parece relacionarse con el simple hecho de proveer una computadora por niño o niña, como si eso fuese suficiente para comprender las necesidades de cada uno. David Buckingham, en su libro Más allá de las tecnologías, señala: “Está implícita la idea de que distribuir información conducirá, de alguna manera automática, al conocimiento y el aprendizaje”.

Buckingham hace un análisis del impacto discursivo y empírico de las TIC alrededor de la escuela: “Cuestiono la noción de tecnología de la información, como si esos dispositivos se limitaran a actuar como medios para almacenar y distribuir un cuerpo inerte de hechos o datos. El término información implica de alguna manera que el contenido de la comunicación es neutro y que, al igual que la tecnología, es independiente de los intereses humanos”. Por eso resulta necesario entender que estos elementos por sí solos no hacen a una mejor educación .

Inés Dussel, autora del libro Aprender y enseñar en la cultura digital, se refiere a este tema: “La brecha hoy se produce entre usos más pobres y restringidos, y usos más ricos y relevantes. Por eso no es suficiente con dotar a las escuelas de computadoras y acceso a internet, sino que hace falta formar al docente para hacer usos más complejos y significativos de la cultura digital”. La alfabetización digital consiste en  apoderarse de los medios, producirlos, manipularlos y no ser simples consumidores de los mismos, ni reproducir un uso estandarizado. Agrega Buckingham: “Creo fundamental que la escuela se ocupe de las experiencias culturales que viven los jóvenes fuera del aula, experiencias muchas veces relacionada con los medios digitales; percibo en el uso de los medios digitales un enorme potencial de los alumnos por tomar el control de los medios de producción, es decir, tomar esta tecnología para comunicarse, crear, representar expectativas e intereses”. Es poder ver y apreciar al niño y la niña como un sujeto con contexto, intereses y un mundo que los rodea y entender a los medios digitales como una herramienta de comprensión de la realidad que brinda la posibilidad de vincularse manera activa con el mundo.

En la actualidad, el mundo se está diseñando alrededor de un nuevo capitalismo. ¿Por qué nuevo? El mundo del trabajo giró hacia condicionamientos laborales que antes no se tenían en cuenta: trabajos cortos e inestables, relaciones virtuales, un capital impaciente por un  rendimiento urgente y un mercado fundado en la incertidumbre y el cambio constante en los perfiles laborales. Este último ítem hace referencia a las competencias. Referirse a competencias no es justamente ser competente con algo sino todo lo contrario: es la capacidad de adaptarse a los cambios y la flexibilidad capitalista que el mundo actual del trabajo plantea y exige. Así lo explica Angelique de Rey en Un hombre sin atributos: “La sociedad del conocimiento no exige a los individuos saberes, destrezas o incluso comportamientos y actitudes precisas, sino que sepan olvidar lo que saben, lo que saben hacer y lo que son, para adaptarse. El individuo actual debe poder cambiar tanto de conocimientos como de habilidades y de personalidad”. Y, de manera contundente, agrega: “Nos encontramos frente a la fabricación de un hombre que sabe hacerse flexible para adaptarse mejor a las necesidades de un sistema-mundo en el que la macroeconomía se ha vuelto central. Un hombre que sabe convertirse en una especie de pequeña computadora, capaz de cargar datos en su disco rígido y luego borrarlos; en pocas palabras, un hombre modular, para quien convertirse en sí mismo implica el olvido de sí mismo”.

Acá reside el sentido mercantil del negocio de las nuevas tecnologías alrededor de la educación: imponer una forma de ver el mundo íntimamente relacionada con lo flexible, con el saber hacer más que con el ser; es decir, con el mercado de las competencias. Así lo enlaza Buckingham:  “El empleo de las TIC en la educación se concibe como un elemento indispensable en el proceso de actualización de las habilidades de la fuerza de trabajo del futuro y una forma de garantizar sus probabilidades de conseguir empleo. El uso de la tecnología en educación es una respuesta directa a las exigencias de la economía moderna. Este discurso de habilidad tecnológica propone una articulación particular de la educación, el mercado comercial y el futuro trabajador/consumidor”.

Al estar tan presentes las características de flexibilidad e incertidumbre es complejo que la palabra cambio no se asimile a la realidad. Por eso es bueno traer lo que Richard Sennet escribió en La corrosión del carácter: “Los tiempos se han asimilado entre el trabajo y el consumo. Ahora el trabajo se resuelve en el corto plazo, las relaciones son superficiales y funcionales a las exigencias del cambio repentino”.

Tal vez en estos párrafos encontremos más motivos para entender la deshumanización que se sufre a diario. En una sociedad que no interviene para le emancipación sino para el disciplinamiento, si se quiere permanecer en el sistema, nos enseñan cómo se debe actuar, cómo se debe ser y que aquello que los y las niñas son, no sirve si no es redituable.

Entonces, desde la escuela y como docentes, ¿pensamos a los niños y las niñas como futuros sujetos empleables o como ciudadanos críticos, democráticos y sensibles ante la realidad?

Al respecto expone Buckingham: “El discurso de la sociedad de la información o economía del conocimiento construye al niño como futuro trabajador y consumidor de información. En esta construcción se concibe al niño como un hacerse y no como un ser. Se presta poca atención a verlos como productores de información, solo se atina a verlos como consumidores para no quedarse afuera de esta era tecnológica”. Un discurso que no emana de quienes transitaron las aulas, investigaron, crearon conocimiento científico y fueron críticos con sus propios procesos de aprendizaje, sino de tecnócratas y económistas del Banco Mundial, que precisa y al mismo tiempo se abastece de estos conceptos vacíos y engañosos para justificar la implementación mercantil de las TIC y su consiguiente negocio alrededor de la educación. Acá notamos un punto de contacto con la globalización y la idea de, desde el exterior, impartir en lo local y destruirlo. En relación a esto escribió Néstor Canclini en La globalización imaginada: “Transferir las instancias de decisión de la política nacional a una difusa economía transnacional está contribuyendo a reducir los gobiernos nacionales a administradores de decisiones ajenas”.

Mercantilización y pérdida de valor en la toma de decisiones

Existe una sensación universalizada de que todo se compra y se vende, que todo es factible de transformarse en mercancía. Que el capital,  el gran protagonista en este mundo, cada vez más alejado de la lógica, todo lo puede. “Son las empresas las que están transformando el sistema educativo, la ciudadanía no toma decisiones”, se resalta una y otra vez en el corto Asalto a la educación. Es que la globalización ha permitido,  que los grandes capitales encuentren rentabilidad en la educación y la venta de tecnología un mercado de 3 billones de dólares. El negocio se impone a la coherencia. Todo esto en paralelo a un recorte presupuestario mundial contra la educación, entre el 2008 y el 2015, de un 18 por ciento, es decir, alrededor de 8.200 millones de euros.

En el brief de Aprender Conectados, política integral de innovación educativa que el gobierno presenta como la continuadora de Conectar Igualdad, se justifica la implementación del programa con el argumento de que “se ha consultado a más de 100 referentes nacionales y expertos internacionales”. ¿Por qué no se detalla a quién? ¿Especialistas de qué? ¿De la educación o de los grandes negocios? Es necesario que quienes saben de educación y han transitado por las aulas se sienten en la mesa de las discusiones y la toma de decisiones.

“El neoliberalismo se sustenta en que tanto la vida individual como la colectiva se basan en la competencia de todo el mundo”, afirma Christian Laval, profesor de sociología. ¿Y cómo se relaciona este paralelismo con la decaída de lo público y el ingreso de lo privado, a través de la provisión de materia tecnológica? Existen varias variables, una de ellas las Pruebas PISA,  exámenes estandarizados, realizados mundialmente en escuelas estatales, que suelen arrojar malos rendimientos, y son utilizados por muchos gobiernos neoliberales para demonizar lo público y justificar los cambios que predican. No se tienen en cuenta particularidades, contextos ni nada humano. Sólo importa la rentabilidad de este gran negocio para unos pocos. “El sometimiento de la escuela a la razón económica. El hombre flexible y el trabajador autónomo constituyen así las referencias del nuevo ideal pedagógico. Las reformas orientadas por la competitividad tienen como finalidad en primer lugar la mejora de la productividad económica a través de la mejora de la calidad del trabajo”, asegura Laval en La escuela no es una empresa.

Discurso y Estado

Innovar es una de las palabras fetiches del nuevo capitalismo. “Si estamos mejor conectados, vamos a estar más preparados para la economía que viene, donde la innovación y lo digital serán fundamentales para crear empleo”, justificó Mauricio Macri, presidente de la Nación, sin conceptualizar nada, el uso de la tecnología. En el documento de Tendencias privatizadoras de y en la educación argentina, se lee: “El `emprendizaje´ –neologismo que combina emprender y aprender– se propone generar, tanto en estudiantes como en docentes, la capacidad de aprender a emprender, para que se sientan capaces por sí mismos, de generar un trabajo”.

El arte de desligarse por parte del Estado de su rol como garante de oportunidades, el fomento al individualismo y  la premisa capitalista de la explotación del hombre por el hombre. La ley de la selva. El sálvese quien pueda, entienda y esté apto para sobrevivir en un mundo de máquinas y deshumanizado. Señala Christian Laval: “El ideal de referencia de la escuela es en adelante el trabajador flexible, ya que el contratista no aguardaría ya del asalariado una obediencia pasiva sino que desearía que se sirviese de las nuevas tecnologías y entendiese mejor el conjunto del sistema de producción o de comercialización en el que se inserta su función, que pudiera hacer frente a la incertidumbre y diera prueba de libertad, iniciativa y autonomía”.

¿Hacia dónde va una sociedad que no crea oportunidades? ¿Por qué será que está instalado que con entregar computadoras se brinda una inclusión digital en todos los escalones de la pobreza cuando en realidad, según Inés Dussel, “la gran diferencia no está en el acceso sino en el uso, ya que en los sectores bajos debe enseñarse lo básico”? Parecería que, tal como escribió David Buckingham “existe el claro riesgo de que el uso de la tecnología en las escuelas no haga más que reforzar las desigualdades actuales o ´brechas digitales`, por ejemplo, las vinculadas a la clase social o el género. Una y otra vez, las investigaciones mostraron que es menos probable que los niños de familias de clase trabajadora tengan computadoras en el hogar o que dispongan de acceso a la clase de ´capital cultural` requerido para usarlas”.