Desde hace un tiempo, no es raro toparse en los alrededores del Congreso con un ejército de mujeres vestidas de rojo, con bonetes blancos. Esta acción performática alude a una novela, hoy transformada en serie, llamada El cuento de la criada, que pinta un mundo “especulativo” en el que las mujeres son desprovistas de sus derechos reproductivos.

¿Hasta qué punto puede decirse que El cuento de la criada es una distopía? ¿Es realmente el mundo de Margaret Atwood tan remoto? La autora es contundente: “Cuando escribí El cuento de la criada, no incluí allí nada que no hubiera pasado en la vida real en algún lugar, en algún punto de la historia. La razón por la que me puse esa regla es porque no quería que nadie me dijera ‘sí que tenés una imaginación malvada, inventaste todas estas cosas terribles’. No las inventé”. Agrega que fue estricta con esta regla: no incluyó nada en la novela que no existiera al momento de escribirla: ni tecnologías, ni dispositivos, ni leyes imaginarias ni atrocidades ficcionales. “Dios está en los detalles. El diablo también”, provoca la autora canadiense.

Además, la ficción está lejos de ser distópica cuando pensamos la realidad por fuera de Occidente: la poeta saudita-americana Majda Gama aseguró no poder dormir luego de ver los primeros episodios de la serie. Para las mujeres en Arabia Saudita, escribió, muchos de los eventos de la serie no son una realidad distante en un futuro lejano: son su realidad cotidiana. La distopía de una mujer es la realidad de otra, afirma. Un común denominador a todos los Estados totalitarios, es que siempre intentan ejercer control sobre la capacidad reproductiva de la población. Y aquí es donde brilla el genio de Atwood: no se propone juzgar la historia, sino entenderla y revelar sus patrones.

Fotos: Mu La vaca

¿De qué modos dialoga la obra de Atwood con la realidad del mundo, pasada y presente?

1) La dictadura argentina

Aunque las conexiones se sostienen sin necesidad de una intención explícita de la autora, de cualquier forma, la tenemos: Atwood mencionó en repetidas ocasiones haberse inspirado en hechos de la última dictadura militar para construir la ficción. Puntualmente, lo que impactó a la autora fue el fenómeno de la expropiación de bebés: “Los generales en la Argentina tiraban personas de aviones. Pero si eran mujeres embarazadas, esperaban a que tuvieran los bebés y luego entregaban el bebé a alguien de las altas autoridades. Y luego tiraban a la mujer del avión”, dice Atwood. Ese sistema de adopción clandestino y nefasto, que dejaba a los descendientes de presos políticos en manos de la élite militar, constituyó una base para el sistema en Gilead, el país ficcional sobre el que Atwood crea su historia.

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2) La Alemania nazi

Las asociaciones con la Alemania de Hitler son tantas que no podrían enumerarse aquí. Resulta esclarecedor notar que Atwood comenzó a escribir El cuento de la criada mientras residía en la Alemania Occidental. Un elemento comparable, por ejemplo, es el proceso de la instauración del régimen: en Gilead las mujeres son despedidas de sus trabajos y sus tarjetas de crédito se vuelven automáticamente inválidas de la noche a la mañana, similar a lo que les sucedió a los judíos en los comienzos del régimen nazi. La vida en cautiverio de las criadas, que solo son valoradas por su capacidad de dar a luz, es escalofriantemente similar a la vivencia de los judíos en los campos de concentración, donde solo aquellos que podían trabajar sobrevivían y el resto eran asesinados de las maneras más cruentas. Las palabras de la narradora Offred recuerda las vivencias de sobrevivientes del Holocausto: “La cordura es una posesión preciada. La acumulo de la manera en que antes se acumulaba dinero. La guardo, para tener suficiente, cuando llegue el momento”. Otras reminiscencias son: los vecinos que son alentados a entregar a sus amigos; la deshumanización en el lenguaje (los judíos que pasaban a ser números, así como las criadas pasan a ser nombradas como propiedad de sus comandantes); la alfabetización prohibida; el derecho a la propiedad suspendido y la persecución y ejecución de miembros de la comunidad LGTB, intelectuales y cualquier persona pasible ser considerada “subversiva”.

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3) Control natal

En el libro, Offred evita ver el reflejo de su cuerpo en el espejo: “No quiero ver aquello que me determina tan completamente”. Su cuerpo se ha convertido en un envase para gestaciones ajenas. En este nuevo orden, el valor de las mujeres está determinado por su capacidad para gestar y por supuesto, toda forma de contracepción está explícitamente prohibida. Tan explícita como los médicos abortistas que Offred ve colgados de “la Pared” cuando va a hacer las compras: tienen la cabeza cubierta y su “crimen” se evidencia por la tarjeta que llevan, con el dibujo de un feto. Si bien Atwood no necesitaba mirar muy lejos para identificar países que criminalizaran el aborto e incluso la contracepción, el régimen de Gilead se inspiró más específicamente en un hecho histórico: en la Romania de 1966, el presidente Ceausescu, en un intento desesperado por aumentar la población, prohibió la anticoncepción y el aborto y ordenó que cada mujer rumana en edad gestante tuviera cinco hijos.

Para llevar a cabo lo que se llamó el Decreto 770, la policía secreta se instaló en los hospitales, las mujeres fueron sujetas a exámenes ginecológicos mensuales, la educación sexual en los colegios fue re-dirigida a los beneficios de la maternidad y las personas eran multadas por no tener hijos. Las consecuencias fueron devastadoras: la mortalidad infantil pasó a ser la más alta en toda Europa y más de nueve mil mujeres murieron a causa de complicaciones en abortos ilegales, muchísimas otras quedaron mutiladas. Aquellos que lograron cumplir la orden de los cinco hijos, no pudieron mantenerlos. Como resultado, más de cien mil bebés no-deseados fueron abandonados en orfanatos comunistas, donde vivieron en condiciones infrahumanas. Atwood tomó este desastre histórico para mostrar qué sucede con esa lógica cuando se lleva hasta sus últimas consecuencias.

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4) Actitudes frente a la violación

En Gilead, cuando las mujeres son violadas, son incitadas a aceptar “la culpa” que tuvieron en el asunto. Esto es lo que sucede con Janine, una criada que cuenta haber sufrido una violación en grupo cuando tenía catorce años y es usada como “ejemplo” frente a sus compañeras, que tienen que apuntarla con el dedo y gritar “su culpa, su culpa, su culpa”, hasta que Janine se quiebra y acaba repitiendo “Fue mi culpa, fue mi propia culpa. Yo los provoqué. Yo merecía el dolor”. Estas actitudes, por supuesto, no son exclusivas de Gilead. La culpabilización de las víctimas de violación es una práctica extendida en todo el mundo. Incluso sucede en países que criminalizan la violación. En la Argentina, por ejemplo, es común ver noticias en donde las víctimas son duramente criticadas por vestirse “provocativas” o andar solas a cierta hora. Y en Arabia Saudita las mujeres con explícitamente culpadas y castigadas tras una violación. Con respecto a este fenómeno, una encuesta en Londres arrojó datos escalofriantes en febrero de 2010: la mayoría de los cuestionados consideraba que había situaciones en las que las mujeres eran responsables de haber sido violadas.

Fotos: Mu La vaca

5) MGF (mutilación genital femenina)

Cuando los ciudadanos de Gilead incumplen normas el castigo más común es la mutilación de alguna parte del cuerpo. En el caso de Ofglen, su “incumplimiento” en su atracción por el mismo sexo, lo cual la convierte en una “traidora de género”. En la novela, Ofglen desaparece y la narradora nunca sabe a dónde se la llevaron. En la serie, se nos da una respuesta que es coherente con el mundo planteado: Ofglen es llevada a juicio y luego le remueven quirúrgicamente el clítoris. La justificación es una frase que está presente en la novela: “Así no querrás aquello que no puedes tener”. Lamentablemente, la MFG no es un invento sádico de Atwood: la OMS estima que más de 200 millones de mujeres y niñas (vivas hoy) sufrieron el procedimiento, que en muchas ocasiones es llevado a cabo sin anestesia. La práctica es extendida en al menos 30 países de África, en Medio Oriente y Asia y es realizado comúnmente a niñas entre la infancia y los quince años.

6) Desastre ambiental

La “distopía” de Atwood se desencadena por una crisis demográfica pero también, y quizás más importantemente, por un desastre ambiental: es esta toxicidad en el ambiente lo que genera grados altos de esterilidad en la población. Todo esto ya estaba sucediendo en cierta medida cuando Atwood escribió el libro en los ochentas. Silent Spring, publicado en 1962 por la científica Rachel Carson, había generado un revuelo en el país alertando sobre la destrucción ambiental y el uso acrítico de pesticidas. La situación solo empeoró en nuestros días. Hoy sabemos mucho más sobre los agroquímicos y otros compuestos que se volvieron cotidianos y ya no queda ninguna duda sobre la toxicidad que representan para los humanos a largo plazo. La tasa de esterilidad en pueblos fumigados es alarmante, los bebés nacen con deformaciones y tanto niños como adultos viven con cáncer y otras enfermedades crónicas. Atwood no estaba inventando: estaba describiendo.

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