A lo largo de la historia, las mujeres fueron enseñadas a reprimirse para entrar en un molde indefectiblemente más angosto. Disimular los deseos, quitar lo que sobra, levantar lo que cae, invisibilizar lo que chorrea. “No se lo cuentes a nadie”. Las palabras se clavan como dardos, se colocan como bombas de tiempo y de humo en mis oídos. Cuanto más te lo imponen, más te das cuenta que el silencio es como el exceso de equipaje: molesto, inútil y caro.

“No se lo cuentes a nadie”. Las palabras se clavan como dardos, se colocan como bombas de tiempo y de humo en mis oídos. Las zapatillas demasiado blancas reflejan un sol que rajaría la tierra si estuviéramos en el campo.

Lejos de eso, una cancha de voley, los guardapolvos arrugados, la pila de buzos hechos bollo y una docena de botellas que calientan su contenido al rayo del mediodía, conforman la escenografía. ‘Estoy embarazada pero no se lo digas a nadie’. Las palabras se clavan como dardos. Cuanto más tajante la prohibición, más tentador es romperla.

Foto: Virginia Robles

Siempre me costó conservar el silencio, mantener las apariencias, sostener las estructuras. Construí creyéndome, por eso mismo, un Aquiles torpe de mil talones. Siempre pensé que era una debilidad no poder contener: las ganas, el pis, la energía, el llanto, los comentarios, un mar de ansiedades y un flujo de ideas. En el silencio quedaron muchas cosas a las que no me animé pero quise fervientemente decir, besos con lengua que ya caducaron, notas en un celular que ya me robaron y llamadas en teléfonos de línea que ya nadie usa.

A lo largo de la historia, a las mujeres nos enseñaron a reprimirnos para entrar en un molde indefectiblemente más angosto. Disimular los deseos, quitar lo que sobra, levantar lo que cae, invisibilizar lo que chorrea. Hasta los 60’ con el hippismo beatnick, la voluntad de control estuvo puesta en la líbido sexual. Después se trasladó al físico. Moldear un cuerpo magro requiere un acto de resistencia a cualquier tentación, una negación de la pulsión de vida. Así, el apetito se convirtió en lo que siempre fue desde que la gula es pecado: un goce de bordes finos con el exceso, que en la sociedad contemporánea termina siendo más impúdico que el poliamor.

Foto: Virginia Robles

A las mujeres nos educan para calcular milimétricamente lo dicho. Hay cierto punto en el cual nuestras palabras divierten, fluyen en los canales del humor, históricamente masculinos. Sin embargo, en pocas oraciones este discurso puede desbarrancar, haciéndonos caer en el bando de las desbocadas, de las locas, las habladoras. Nunca, como cuando dejé de filtrar lo que decía, me sentí más al filo del límite.

La mujer que habla no es deseada. Mucho menos si es para exigir algo, porque el deseo es la mujer-muñeca que se utiliza en su boca -desterritorializada de toda función natural- solo para el placer ajeno. Aún en el siglo XXI, el sexo oral femenino juega con desventaja en el territorio del placer falocéntrico. Una cruzada con muchas batallas perdidas entre lenguas que no saben ceder, labios que no quieren besar, oídos que no quieren escuchar y gargantas a las que no les enseñaron a pedir.

Foto: Catalina Distefano

Cuanto más te lo imponen, más te das cuenta que el silencio es como el exceso de equipaje: molesto, inútil y caro. El silencio estigmatiza, avergüenza, socava, hunde. En el silencio germinan los abusos, las violaciones intrafamiliares, los curas pedófilos, las parejas golpeadoras, los jefes explotadores, los compañeros abusivos. En silencio se ponen las notificaciones del grupo de Whatsapp, donde algunos feministos de pañuelo verde y lenguaje inclusivo aún dejan circular fotos de primas y hermanas. En la silenciosa oscuridad de un armario quisieron encerrar a las disidencias y éstas redoblaron la apuesta con música estruendosa y brillos de colores.  En el silencio de la clandestinidad quisieron dejar la interrupción voluntaria del embarazo, aunque millones de cuerpos gestantes, a lo largo y a lo ancho del país, lo gritaron hasta la afonía.

El silencio es cómplice de nuestras torturas cotidianas. En silencio avergonzadas vamos a pedir la pastilla del día después, porque no hay banda sonora que dilate la angustia de la horrible espera. En silencio nos planteamos si levantar la voz para denunciar los abusos. En silencio pensamos si el escrache -como un bisturí que atraviesa la condescendencia del mutismo- no nos expone a nosotras mismas y nos hace vacilar entre la complicidad y el punitivismo. Pero igual repetimos “no nos callamos más”, como mantra, “no nos callamos más” como bandera, como un santo y seña que reconocemos aquellas que sufrimos el dolor de lo que queda impune porque no se nombra.

Foto: Virginia Robles

Alzar la voz, romper el silencio, generar complicidad frente a una configuración de vínculos patriarcales basados en la competencia y el hermetismo, en el cual, por mucho que se hable, se dice poco. Alzar la voz  fue encontrar en otres los mismos miedos y complejos empolvados de silencio. Dejar de autoimponerme un mutismo reglamentario acordado por aquellos oídos que se decían revolucionarios pero estaban conformes con lo que no quieren escuchar. Romper el silencio cómplice fue exigirle respuestas a aquellos que invalidan todo diálogo con su fantasmeo. Fue reescribir toda la poesía para vomitarla inclusive y poner sobre la mesa que ‘no nos gusta callar para estar como ausentes’ sino al contrario, a muchas nos gusta sacudirnos bailando cumbia y meneando hasta abajo.

Romper el silencio es el resultado paulatino y musical de otros procesos internos, como el desprendimiento de un glaciar. Compartir el peso. Consultar las dudas. Socializar, esa utopía cubana, esa Patria Grande que resultó tener el pelo trenzado y el glitter en los cachetes. Años de historiografía y al final América Latina era un pañuelo verde.

Unas horas antes de la votación de la IVE, fui invitada en la Cámara de Diputados a un desayuno con Revista Anfibia. Ahí, entre especulaciones y nervios, alguien dijo: ‘la derrota es machirula. En el feminismo estamos tan acostumbradas a que todo sea difícil que no vamos a bajar los brazos’. En ese momento lo entendí: sin duda, la derrota es machirula y el silencio es su cómplice.

Foto: Catalina Distefano