El Encuentro Nacional de Mujeres recibió a mujeres, trans y travestis con fuerte presencia policial. Frente a la hostilidad, los feminismos organizados dieron otra muestra de unidad porque, si bien lo personal es político, la política feminista existe y está más pujante que nunca.

En algún punto en que la ventanilla de un bus que salió de Retiro se aburre de ver estepa verde y gris, una línea de cumbres se recorta al costado de la ruta. El colectivo, que lleva veinte horas de viaje y más de cien pasajeros -en su mayoría mujeres rumbo a Trelew-, se detiene. Está en el borde de Río Negro, justo por entrar a Chubut, y es el punto elegido para un control completo de Gendarmería Nacional. Parece ser acá (no antes, en Retiro, ni después, cuando el colectivo pisa su destino final) que para muchas porteñas y mujeres del norte del país que hicieron escala en Buenos Aires, empieza el 33º Encuentro Nacional de Mujeres. Es una forma de bienvenida: “les pedimos por favor que tengan el documento en mano”, dice un oficial, mientras el otro revisa los techos, busca compartimentos y, finalmente va hasta el tacho de basura, de donde saca una media de algodón con dibujitos que guarda 30 gramos de marihuana. “Esto es lo que vamos a hacer”, explican a continuación, “si no aparece el dueño de esta media, vamos a ir hasta Sierra Grande y hacer una revisión completa”.

Combinar Río Negro, Chubut y oficiales de Gendarmería en el mismo combo, no resulta un buen augurio para nadie. Es exactamente la misma ecuación que en sus capítulos más recientes y oscuros aparecen los nombres de Santiago Maldonado y Rafael Nahuel, activos participantes de reclamos del pueblo mapuche. Para el movimiento feminista, la elección de la sede del Encuentro de 2018 es una oportunidad también de mostrar esta persecución, de subrayar estos nombres y de volver sobre los reclamos de las mujeres de pueblos originarios dentro y fuera de sus comunidades.

Después de llamadas telefónicas, firma de papeles, y retratos del cargamento envuelto en ropa interior, el motor del colectivo vuelve a encenderse para dirigirse a Sierra Grande. Es ahí donde las pasajeras deben bajar con sus mochilas, tomar el bolso despachado y ubicarse en una fila, justo detrás de todas sus pertenencias. Primero va a pasar un perro negro, el de la policía provincial, atado a una correa azul, que arrastra el hocico olfateando bolsos, personas y peligrosos equipos de mate. Pero como errar es humano y también animal, la segunda vuelta en la pasarela de la lucha contra el narcotráfico a gran escala la hace el perro de Gendarmería, cuadrípedo color vainilla, vistiendo una tira verde musgo (colección Bullrich primavera-verano 18). El mensaje parece llegar con claridad: la edición número 33 del Encuentro Nacional de Mujeres no es bien recibida en la sede más austral, que con procedimientos prolijos, retiene colectivos durante horas y mira con sospecha a mujeres de todas las edades.

Algo en el pavor que respiró Trelew los días previos al evento, y que se intensifica hoy, en su primer día, parece comprensible. Una ciudad que tiene 100 mil habitantes recibe, durante al menos 48 horas a otras 50 mil personas, lo que -fantasmas conservadores aparte- parece un impacto mayúsculo en una ciudad donde el agite más potente es exclusividad del viento estival. Es por eso que el municipio había anunciado asueto de orden y progreso al final del Encuentro: para que el chiflón patagónico vuelva a mandar.

Trelew recibe a estas más de 50 mil mujeres, lesbianas, travestis y trans con un mundo de sensaciones que van desde la hostilidad a la calidez. Las iglesias de toda la ciudad, así como cualquier institución bautizada santísima, purísima, virginal y descalza fue prolija y herméticamente vallada los días previos, mientras que todos esos edificios quedaron custodiados lo que duró el Encuentro. En la noche del sábado, se sabrá horas más tarde, algunas de las escuelas donde se hospedaron agrupaciones y organizaciones fueron apedreadas. No es novedad que, en lo que a manifestaciones feministas se refiere, la orden es cuidar bloques de cemento por sobre personas.

Más allá del romance Iglesia-Estado, para muchos trelewenses ser locales en la edición 33 de este Encuentro fue un puñado de glitter en un año de pálidas. ¿Dónde se vio? En la enorme cantidad de vecinos de Trelew, pero también de Puerto Madryn y Rawson, que abrieron las puertas de sus casas para que se vengan las chicas de todas partes. En el grupo de Facebook Alojamiento solidario –  33 Encuentro Nacional de Mujeres, muchas vecinas y vecinos de la zona ofrecieron derecho a techo, información útil para moverse en la ciudad y traslados para interconectar los puntos geográficos de una grilla de actividades ajustada, que, después de las actividades de apertura, activó el sábado a las 15 horas con los 73 talleres que abordaban temas como salud, ciencia, educación, medio ambiente, sexualidad, violencias, y más. Entre la hostilidad de las vallas y los vecinos generosos, ese mundo de sensaciones hizo escala en guiños cómplices o marketing tribunero de los comercios locales: algunas vidrieras del centro amanecieron el viernes con ropa verde aborto legal, igual que bares y rotiserías pintaron sus pizarras para ofrecer “promos sororas”.

En los muchísimos talleres que empezaron el sábado y siguieron el domingo con dos encuentros más (uno a las 10 y otro a las 15) se abordaron conflictos que atraviesan de forma específica a las mujeres. Casi todas las comisiones dedicaron un espacio a compartir experiencias de aplicación de protocolos de abuso, no siempre satisfactorias, e incluso a reflexionar sobre el “escrache” como herramienta para terminar con la violencia de género en todas sus formas.

Pero también, buena parte del Encuentro se dedicó a debates que exceden los conflictos que atañen específicamente a la mujer. En la Comisión de Mujeres, Ciencia y Tecnología, por ejemplo, se discutió sobre el ajuste del sector que lleva la actual gestión (antes Ministerio, hoy degradado al rango de Secretaría de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva), o la incidencia de organismos internacionales en la producción de conocimiento nacional. Del mismo modo, en los talleres de Mujeres en el Arte y la Cultura se trató mucho más que el rol de las primeras en lo segundo y lo tercero: cómo generar recursos, tender redes y socializar herramientas para facilitar el acceso a la cultura a todos los sectores de la población, fueron también ejes de las comisiones que se reunieron en las escuelas trelewenses.

Esta capacidad de poder exceder los debates sobre lo que tiene como escenario su propio ombligo parece uno de los rasgos más interesantes e intimidatorios del movimiento feminista en general, y de los Encuentros Nacionales de Mujeres en particular. Con una heterogeneidad suficiente como para referirse a él como los feminismos y la capacidad de integrar mujeres, lesbianas y trans de todas las edades, clases sociales y regiones del país, el movimiento construye una historia que también reescribe y relee, y se da el lujo de desarrollar una capacidad que otras fuerzas políticas hoy no pueden: la de juntarse. El feminismo se mira el ombligo porque entiende que lo personal también es político, pero además mira al resto del mundo desde ese huequito, y lo cuestiona de pé a pá. Vallas, piedras y perros entrenados no parecen suficientes para frenarlo.