En una coyuntura latinoamericana de avance de la derecha, los feminismos marcan presencia en la calle y disputan los sentidos y las palabras. ¿Cuál es el lugar al que buscan que regrese la mujer en el ideario de valores neoliberales?

Apenas segundos después de conocerse el resultado de los comicios en Brasil, Mauricio Macri envío mediante su cuenta de Twitter un mensaje amistoso al nuevo presidente carioca, Jair Bolsonaro.

Bolsonaro y Macri habían sostenido un diálogo fluido durante toda la campaña que, una vez consumado el triunfo del candidato ultraderechista, ambos prometieron continuar. Los dichos misóginos, homofóbicos y racistas de Bolsonaro también llegaron hasta nuestro país, cuando el futuro presidente del país limítrofe felicitó a Macri por haber sacado del poder a la “Dilma Kirchner” argentina. Estas palabras refuerzan otros dichos negativos hacia las mujeres y disidencias como: “Sería incapaz de amar a un hijo homosexual. Prefiero que un hijo mío se muera en un accidente”, “Tengo cinco hijos. Cuatro fueron hombres, en la quinta tuve un momento de fragilidad y vino una mujer” o cuando dijo que la diputada del PT, María do Rosario, “no merecía ser violada” por ser “muy fea”.

Hace tiempo que el movimiento feminista ha tomado como gesto político apropiarse de las denominaciones peyorativas para convertirlos en rasgos identitarios. Así la palabra puta, gorda, torta, histérica y loca, entre otras, pasaron del closet del lenguaje a ser banderas de militancia. La misma Cristina Fernández de Kirchner realizó este desplazamiento de sentido apropiándose de la frase “ yegua, puta y montonera” que pasó de insulto a remera. En esta misma línea estuvo el gesto de la candidata a vicepresidenta del PCdoB, Manuela d’Ávila, que se presentó en varias oportunidades con una remera con la frase “lute como uma garota” (luche como una chica) confrontando el estereotipo negativo de la femineidad.

En el capitalismo la mujer objeto está al servicio de un hombre sujeto. Responde a un estereotipo y sus cuatro preocupaciones fundamentales son: la belleza -centrada en la delgadez-, el cuidado de la familia, la salud -como negación de cualquier rasgo de envejecimiento- y el hogar. A esta mujer accesorio -cuyo parangón podría ser la primera dama argentina Juliana Awada-, se le contrapone un grupo de mujeres lideresas latinoamericanas que desde diferentes ámbitos de poder se mostraron capaces de cuestionar las formas heteropatriarcales, incluso frente a entes tan ego-falo-céntricos como el Fondo Monetario Internacional.

Una genealogía matrilineal puede trazarse entre quienes llegaron a ser las presidentas electas y ampliaron los derechos de las mujeres y disidencias en Latinoamérica (Cristina Fernández de Kirchner, Dilma Rousseff o Michelle Bachelet), figuras políticas jóvenes de menor rango como la concejala Marielle Franco asesinada en Brasil, la dirigente estudiantil chilena Camila Vallejo o la candidata peruana Verónika Mendoza, hasta llegar al grupo de adolescentes que tomó las calles durante este año en reclamo por el aborto legal, seguro y gratuito en Argentina.

El avance en políticas de derechos humanos, leyes con perspectiva de género, el mayor acceso a educación universitaria y la mejora de la calidad de vida que los gobiernos presididos por mujeres -acompañados por otros presidentes latinoamericanos- permitieron forjar “una generación dispuesta a cambiarlo todo”, como dijo recientemente la referente estudiantil Ofelia Fernández.

Fue esta generación sub-25  la que protagonizó la marea verde dentro y fuera del Congreso. La generación del lenguaje inclusivo -que obligó a torcerle el brazo a la Real Academia-, del voto a los 16 años, la que cuestionó el adultocentrismo patriarcal.

Hoy, en un movimiento inverso y retrógrada, avanza la derecha neoliberal en el continente. Estos gobiernos, liderados por varones-cis heterosexuales y blancos, levantan las banderas de la familia tradicional mientras, como bien lo enunció Marta Dillon, “los feminismos latinoamericanos vienen reaccionando y creando movilización y trama común contra el fascismo”.

La familia tradicional es un modelo social y económico que busca extirpar a la mujer del espacio público para reinsertarla en lo privado, una posición sumisa que el capitalismo necesita para sostenerse. Como dijo la filosofa Silvia Federicci en su reciente paso por nuestro país: “El salario es una herramienta política que construye jerarquías entre quienes lo cobran y quienes no, y en su producción de desigualdad ha servido para que los hombres se consideren patrones dentro de las casas”.

La vuelta de ideas neofascistas que implantan el rechazo hacia las diferencias intenta reinsertar un  discurso del odio. La derecha quiere obligarnos a la retornar a la vergüenza, descalificándonos cuando nos denomina putas, negras trolas, tortas, gordas. Amparados en la RAE la derecha nos quiere quitar incluso la posibilidad de rebautizarnos, burlando el sentido, deformando el habla, vomitando la tradición. El rebrote de la derecha latinoamericana quiere que los feminismos nuevamente nos avergoncemos, pidiendo perdón y permiso para ocupar territorios que ya conquistamos. Sin embargo, mujeres y disidencias estamos muy lejos de eso. Porque al closet y al diccionario no volvemos nunca más.