Osvaldo López estuvo detenido en el ex centro de detención y torturas de la Fuerza Aérea Virrey Cevallos y, aunque logró fugarse por los techos, pasó más de 10 años preso. Hoy coordina el espacio de memoria que funciona en el lugar. Perfil de un militante de la memoria que defendió la causa contra viento y marea y es uno de los querellantes del juicio oral que empieza este martes.

El Chango es cordobés, pero arrastra la erre como si fuese riojano. Mirada profunda, entrecejo fruncido y hablar pausado. Boina para cubrir la calvicie y pelo blanco ondulado que le llega hasta el cuello. Osvaldo López lleva consigo las marcas de casi 65 años de vida y otros tantos de militancia.

Osvaldo estuvo diez años y medio preso, pero le hubieran correspondido 24. Un tribunal militar lo condenó luego de ser secuestrado y detenido por su militancia política en el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT). En su derrotero por las prisiones del régimen militar lo pasearon por Caseros, Rawson, Magadalena y otros penales federales. La historia de Osvaldo es representativa de una generación militante, pero podría pasar desapercibida entre la de tantos jóvenes setentistas de no ser porque el Chango es coordinador del Centro de la Memoria Virrey Cevallos, uno de los cinco espacios de la memoria recuperados que funcionan hoy en día en la ciudad de Buenos Aires. Y a su vez, es uno de los querellantes en la causa que inicia este 9 de octubre y que investiga los secuestros y torturas sucedidas en el inmueble de Virrey Cevallos 630, en pleno barrio porteño de Montserrat.

De Córdoba a Buenos Aires

A los 18 años, Osvaldo trabajaba como mecánico de aviones, cuando fue destinado a Buenos Aires desde su Córdoba natal. Lo derivaron a una base aérea en Moreno que ensamblaba aviones Mirage franceses. La llegada a Buenos Aires no fue del todo promisoria: se interponía con su deseo de estudiar una carrera en la Universidad de Córdoba. Sin embargo, al llegar a la ciudad de Buenos Aires, la voluntad fue más fuerte y comenzó un recorrido por  algunas universidades, sin mucho éxito, pero en su devenir conoció la militancia en el PRT.

Osvaldo venía de una Córdoba encendida: Cordobazo, Viborazo, un movimiento obrero muy fuerte y una provincia con un importante desarrollo industrial. El acercamiento al PRT le cambió la cabeza. “Esta nueva interpretación del mundo y de la realidad social me respondía muchos interrogantes, muchas dudas, que me iban quedando en el camino”, recuerda. Dentro de la estrategia del PRT resultaba útil que Osvaldo estuviera inserto en las Fuerzas Armadas, por lo que continuó formando parte de la Fuerza Aérea mientras militaba en Santa Brígida, un barrio humilde en la zona norte del conurbano bonaerense.

Con la llegada de la dictadura y el inicio de la represión, el PRT abandonó su trabajo social y su militancia se volcó activamente y por completo a la lucha armada. Tras la brutal ofensiva del gobierno militar, en 1977 el Partido Revolucionario de los Trabajadores quedó prácticamente desarticulado: se rompieron la mayoría de los canales orgánicos, quedaron truncas las estructuras de comunicación y Osvaldo perdió todo contacto con su dirección política. Corría julio de 1977 y, tras un tiempo de seguimiento, Osvaldo fue secuestrado en San Miguel.

Secuestro y fuga

“Primero me llevaron a un lugar en Morón, que no pude reconocer, y después me trajeron acá”, cuenta Osvaldo. “Acá” es Virrey Cevallos, donde estaría detenido una semana y de donde lograría fugarse gracias a su osadía, a un par de esposas en mal estado y a un grillete que cerraba con alambre. “Una noche coincidió que tenía puestas las esposas que se abrían del lado de la muñeca y no del hierro al que me ataban. Había un fierrito clavado en el piso: rompí el alambre y con ese mismo fierrito abrí la puerta. Saqué la tranca, hice palanca y rompí una bisagra que tenía un candado”, cuenta el Chango.

Ya se había liberado, pero no bastaba con escapar. “Crucé a la celda de enfrente porque había escuchado la voz de una mujer. Le hablé y no me respondió. Su celda tenía una cadena que daba dos vueltas por los parantes y, aunque traté, no pude abrirla. Entonces bajé. Sabía que los milicos estaban dormidos, y cuando llegué a planta baja, donde estaban las puertas de la sala de tortura, escuché ruidos. Yo ya había visto un caño de agua que iba al tanque, que me podía sostener: subí hasta ahí, llegué al techo y me escapé”, explica Osvaldo.

La fuga no significó la libertad. Fuerza Aérea comenzó una intensa campaña para dar con el paradero de Osvaldo. “Andaba sin documento, no tenía contacto con compañeros y tenía apenas una copia de la llave del departamento en que vivía. Aunque era un riesgo volver, igualmente fui. No pude ingresar y seguí para Córdoba, me contacté con mi familia, dejé una forma de comunicación y salí para el Sur”. La casa de la familia López fue allanada y el hostigamiento fue creciendo. “Hacete cargo. Sos vos el que militaba, nosotros no”, fue el mensaje de su hermana. Osvaldo decidió entregarse a la justicia cordobesa, donde lo aguardaba una orden de captura de la Fuerza Aérea por el delito de deserción. “Decidieron hacerme un juicio sumarísimo en un consejo de guerra. Me condenaron a 24 años y me mandaron a Magdalena”.

Allí estuvo hasta el ´81, cuando lo trasladaron a Caseros. “Hay un cambio muy fuerte de estar en un centro clandestino a estar en una cárcel. Vos acá sabes que estás solo contra el sistema y que te pueden tener todo el tiempo que quieran. Cuando estás en la cárcel volvés a estar en un colectivo, en una organización; por eso, la resistencia es colectiva”, explica. Habla de su detención y recuerda el ataque físico y el hostigamiento psicológico que sufrieron tras las rejas: las formas clandestinas de comunicación, la organización entre presos, la resistencia política en el encierro, los 48 días de huelga de hambre.

Un primer paso para terminar con la impunidad

Democracia y memoria

Una vez caída la dictadura, el gobierno de Alfonsín -sostenido en la teoría de los dos demonios- decidió mantener en prisión a la misma cantidad de militantes que los integrantes de la Junta Militar que habían sido condenados. Entre los 12 que debieron seguir pagando condena estuvo Osvaldo. “No eramos los responsables del PRT, pero teníamos la situación más complicada jurídicamente”.  Finalmente recuperó su libertad en 1987 y se reinsertó a militar en una agrupación territorial del barrio de La Boca. Con el paso del tiempo propusieron incorporar un espacio de memoria que se acoplara a su militancia social.  “Empezamos un recorrido muy largo. La investigación de los desaparecidos de La Boca y San Telmo nos llevó a los centros clandestinos. Comenzamos a denunciar el Atlético y conocimos los nombres de los represores que operaban ahí, organizamos una mesa y comenzamos a hacer escraches”, explica el actual coordinador de Virrey Cevallos.

Con el tiempo la organización se diluyó, pero Osvaldo quedó en contacto con los vecinos. Cuando denunciaron el espacio de Virrey Cevallos lo llamaron a él y a la periodista Miriam Lewin, otra de las militantes secuestradas y torturadas en el lugar. Comenzó allí el periplo de lucha e investigación que terminaría con la expropiación del inmueble y su transformación en Espacio de la Memoria. Este 9 de octubre, la pelea por Memoria, Verdad y Justicia tendrá un nuevo round cuando comiencen los juicios contra 4 de los represores responsables del centro.

Osvaldo descree de la capacidad penalizadora de los juicios a los genocidas. “Los juicios han tenido más importancia que la condena en sí misma. Tuvieron mucho significado reparador para los familiares, que se bancaron toda una campaña de demonización de sus hijos militantes. Los juicios vinieron a demostrar que no eran los “subversivos” ni los demonios que les habían planteado que eran. Que tenían proyectos, un sentido de justicia más elevado y buscaban una sociedad más justa”, explica el Chango. “Otro aspecto importante ha sido la investigación que permitió la recopilación de datos e información. Se identifican desparecidos y responsables”.

Sin embargo, su mirada respecto de las condenas que devengan del juicio Virrey Cevallos no es del todo esperanzadora.”La justicia como penalización de la represión es de una pobreza absoluta. Acá había 35 represores en un centro clandestino chiquito como este, y en total hay 750 centros denunciados. Más de 25 mil represores en centros clandestinos de detención, vinculados al secuestro, la tortura y el exterminio. Así y todo, hay apenas trescientos y pico de condenados y poco más de cien cumpliendo cárcel efectiva”, sentencia Osvaldo. “Acá hay 35 represores identificados y hay apenas cuatro procesados. Las expectativas son muy bajas, porque aún llegando a una condena es absolutamente insuficiente en términos de justicia”.

Se levanta, saluda, y vuelve a entrar en el cuarto de al lado, donde sobre un pizarrón, despliega como investigador de película, nombres, datos, estructura y cadenas de mando de los responsables del ex centro clandestino de detención y tortura “Virrey Cevallos”.