La lucha contra del acoso callejero en la Ciudad ya tiene su día: el 2 de octubre. El Grito del Sur invitó vía Instagram a las mujeres que lo sufrieron para que nos compartan sus experiencias, visibilizar la problemática y reflexionar. Esto fue lo que nos contaron.

L tiene 14 años y vive en Berazategui, todos los días va al supermercado de su barrio a comprar alimentos para la cena. En la esquina del supermercado, dos policías le hacen comentarios sobre su cuerpo. La dinámica pasa a ser diaria y la rutina de tolerar apretando los labios empeora. Un día, L cambia de camino para evitarlos. Los agentes la siguen en el patrullero gritándole cosas y ordenandole que suba. “Los miré bien para identificarlos porque lo único que pensé es que me iban a secuestrar, violar y con suerte dejar viva”, cuenta. “Fue un instante larguísimo hasta que salieron unos chicos del barrio que me conocían. Los policías aceleraron, se hicieron los distraídos y siguieron”.

S estaba esperando en una parada de colectivo cuando notó que el pasajero que estaba justo atrás de ella en la fila le estaba hablando. “Me costó darme cuenta, pero pude notar que estaba relatando las cosas que le hubiera gustado hacerme: ‘cómo me gustaría estar en una cama matrimonial, tomando champagne, mirando la tele, haciendo el 69’”, relata.

La lucha contra del acoso callejero en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires ya tiene su día para visibilizar esta problemática: el 2 de octubre. El Grito del Sur invitó vía Instagram a las mujeres para que nos compartan sus experiencias. Como era de esperar, muchas mujeres y disidencias se sintieron interpeladas y nos hicieron llegar relatos en primera persona que van desde la incomodidad hasta lo penal.

El acoso callejero surge a fines de los ´50, ´60 cuando las mujeres empiezan a tomar mayor espacio público por trabajar y estudiar. Frente al nuevo rol que saca a las mujeres de la exclusividad del ámbito hogareño, comienza una especie de venganza inconsciente por parte de los varones, que buscan reafirmarse como los dueños del espacio público.

Si bien el 7 de diciembre de 2016 la Legislatura porteña sancionó la Ley 5742 contra el acoso callejero, ésta no se cumple en la Ciudad de Buenos Aires. Según la norma, “quien acosare sexualmente a otro, en lugares públicos o privados de acceso público, siempre que el hecho no constituya delito, es sancionado con dos (2) a diez (10) días de trabajo de utilidad pública, multa de doscientos ($ 200) a un mil ($ 1.000) pesos.”

Sin embargo, las mujeres y disidencias siguen sufriendo acoso callejero a diario. Según el informe “Paremos el acoso callejero” de Mujeres de la Matria Latinoamericana (MuLaLa), el 100% de las mujeres argentinas sufrió acoso callejero alguna vez en su vida, el 50% recibió comentarios sexuales explícitos y el 37% estuvo expuesta a que un hombre se desnudara o dejara ver sus partes privadas frente a ellas. Asimismo, el 50 % de las mujeres dice haber sido acosada mientras esperaba un transporte público y el 26% fue acosada o maltratada en un taxi. A consecuencia de esto, las mujeres y disidencias han generado estrategias para evitar dichas situaciones que implican desde cambiar recorridos, hasta evitar lugares oscuros e incluso modificar su manera de vestir.

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A G comenzaron a acosarla cuando tenía 13. Mientras volvía de la colonia de vacaciones, dos hombres empezaron a decirle cosas sobre su cuerpo. Ella atinó a correr, pero los sujetos la persiguieron por diez cuadras. “No sé si tenían ganas de hacerme daño o solo de darme miedo, pero como mis viejos no podían llevarme decidí dejar la colonia y perder todo lo que había pagado”, cuenta.

Aunque el acoso callejero está naturalizado e incluso para gran parte de la sociedad es visto como un halago, los comentarios sexualizados en el espacio público siempre representan una intromisión no pedida ni consentida que, por su lógica, no busca una relación de comunicación ni espera réplica; por lo tanto, nunca es un intercambio simétrico. “Lo que busca el acoso es recordar las desigualdades de poder existentes en la sociedad patriarcal”, dice Aldana Martino, integrante del ‘Observatorio contra el Acoso Callejero’.

El ‘Observatorio contra el Acoso Callejero’ existe desde el 2016 en la Ciudad de Buenos Aires. Esta organización sin fines de lucro busca visibilizar la problemática del acoso callejero a través de capacitaciones y charlas en colegios. De conjunto con otros observatorios de América Latina, intentan desnaturalizar una de las violencias más comunes que ejerce el patriarcado contra los cuerpos de mujeres y disidencias. También difunden la ley existente y brindan asesoría jurídica a las mujeres y disidencias que, en función de ésta, quieran realizar una denuncia.

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R es varón cis heterosexual. Dice que, si bien siempre le desagradó la conducta de sus compañeros y amigos, no se para desde el lugar de nunca haberlo cometido. “Ando en moto desde hace mucho tiempo antes de entenderlo como una violencia. Lo loco es que cuando ponés un corte a eso piensan `este es puto´ o algo así”. R es el único varón hetero cis que se sintió  interpelado cuando propusimos hablar de abuso.

“Hay piropos que resultan hasta femicidas, que tienen un componente de agresividad tan alto que nunca una mujer va a poder metabolizarlo como algo positivo”, dijo al portal Infobae el licenciado en psicología Gervasio Díaz Castelli.  Los testimonios validan la hipótesis: el comentario sexualizado en el ámbito público es muchas veces violento y su fin es imponerse, invadir y ejercer poder. “ A los 18 años se me acercó un tipo en bici y me dijo: ‘Te acabo tres veces sin sacartela’ ”, asegura una de nuestras seguidoras. “Cuando tenía 15 años iba a hockey y me dijeron: ‘Dejá que te meta el palo en el culo’ ”, agrega otra.