El juicio oral por los crímenes de Lesa Humanidad cometidos en el ex centro clandestino Virrey Cevallos tuvo ayer su tercera audiencia. En la sala SUM de Comodoro Py declararon Fernanda Candela, cuñada del militante desaparecido Osvaldo Lanzillotti, y la periodista Miriam Lewin, detenida y torturada durante un año en el inmueble de Monserrat.

Fernanda

“Tiene enferma el alma”, sentencia la testigo y unos cinco segundos de silencio inquebrantables recorren la sala. “No pudo venir. Está muy angustiada. Quería ayudarme pero en ese momento tenía apenas ocho meses”, prosigue Fernanda en respuesta a la pregunta del fiscal sobre la situación de María Angélica.

Fernanda Candela es la tía de María Angélica Lanzillotti. A Angélica le secuestraron, torturaron y desaparecieron a sus dos padres, Osvaldo y Adela, militantes peronistas, a su abuela y a su abuelo, suboficial mayor de la Fuerza Aérea. A ella la entregaron en guardia a su tía Fernanda con una nota firmada por su madre detenida en la que renunciaba a la patria potestad. Adela, su madre, había sido secuestrada el 24 de enero de 1977 y herida de un balazo en una pierna. Su compañero Osvaldo comenzó un derrotero para escapar de la inminente caída: entre enero y mayo del ´77 trató de sobrevivir en pensiones, cuartos de hoteles, casas de amigos. Era flaco y de tez muy blanca y, cuando Fernanda lo vio por última vez, estaba muy deteriorado. “Caminamos juntos del brazo hasta Flores. Estaba mal alimentado y mal dormido. Le llevé a la nena para que la viera y nos tomamos unas fotos. Quedamos en que me llamaría el 31 de mayo, el día del cumpleaños de María Angélica”, dice Fernanda desde el atril. Jamás recibió el llamado y nunca más volvió a ver a su cuñado.

Espacio de la Memoria Virrey Cevallos. Foto: Andrés Wittib.

Candela es una de las principales testigos en la causa Virrey Cevallos. Junto con los querellantes, Miriam Lewin y Osvaldo López, y acompañados por el abogado Pablo Llonto, denuncian las torturas, secuestros y desapariciones sucedidos en el inmueble de Monserrat durante la última dictadura militar. Este martes se realizó la tercer audiencia y fue el turno de prestar declaración para Fernanda y Miriam. El testimonio de Candela es fundamental porque ratifica la información de que su cuñado, Osvaldo Lanzillotti, fue detenido y torturado en el edificio de Virrey Cevallos 630.

“Un día trajeron a mi hermana de visita a casa. La acompañaba un policía de civil, Jorge Ismael Sandoval, un tipo de camisa celeste al que le faltaban los dientes de arriba”, recuerda Fernanda. “No era mi hermana. Tenía cara de sufrimiento, la sonrisa impuesta, tristísima. Igual sonreía. Ante mi desesperación parecía que me quería dar fuerzas”, rememora. La historia de Fernanda es la de una detective que reconstruye por partes su propia historia. A partir de la información que pudo obtener de Sandoval (quien la volvería a visitar, esta vez para que repartiese cartas de detenidos), sus padres habían sido torturados hasta la muerte y enterrados en Lomas de Zamora a la altura del Camino de Cintura. “Los que se llevaron a tus viejos fueron unas bestias”, fue el epíteto del relato.

En la arqueología de su trágico rompecabezas personal, Fernanda pudo saber que su hermana fue secuestrada por el Ejército, mientras que su cuñado había caído por una patota de la Fuerza Aérea. Esta fuerza operaba en el Oeste del Conurbano, pero tenía una base de detención y tortura en Virrey Cevallos. En su búsqueda pudo conocer a Miriam Lewin  y a Pilar Calveiro, que le confirman que su cuñado estuvo detenido en una comisaría de Castelar y aseguraron haberlo visto en Virrey Cevallos. Fernanda habla tranquila, como haciendo catarsis por los años de dolor. Recuerda nombres, caras, apodos, historias.

Termina el testimonio. Dice que nunca buscó una solución violenta, que cree en la justicia. “En ese momento me alejé de mis amigas por el temor de que les pasara algo por mi culpa. Me arruinaron la adolescencia desde los 17 años. Pude formar una familia pero nunca pude ser madre. Me preguntaba qué iba a pasar con mi hija si me sucedía algo a mí. Hasta el deseo de ser madre me robaron”. No llora ni se quiebra. Cuando termina el testimonio y cierran los aplausos de las más de 50 personas que la escuchan en la Sala SUM de Comodoro Py, regresa al atril y dice: “Señores jueces, solo les pido Verdad, Memoria y Justicia”.

Espacio de la Memoria Virrey Cevallos. Foto: Andrés Wittib.

Miriam

Miriam espera desde temprano en la sala anterior al juzgado e ingresa al salón después de un cuarto intermedio. Lleva un paquete de pañuelitos y comenta que testificó en incontables juicios de lesa humanidad: frente al rabino Marshall Meyer, en el juicio a las Juntas, frente a organizaciones internacionales de Derechos Humanos. Hoy le toca contar sobre Cevallos, donde pasó casi un año encerrada y torturada. Es, junto con Osvaldo López (detenido en el Centro que logró fugarse por los techos), uno de los testimonios más contundentes.

Cuenta Miriam que militaba en zona Oeste en una organización casi desarmada. Los militares habían allanado la casa familiar e intentaron convencerla, en voz de su madre, para que se acercara a testificar. Miriam, perseguida y asustada, decidió entonces mudarse con su amiga Nora Goldstein a Ciudadela. Una mañana, Nora salió a hacer un operativo de propaganda y difusión y nunca más volvió. Al tiempo, los grupos de tareas asesinaron en Villa Pueyrredón a Norma Matsuyama, militante y amiga suya desde los 13 años. “Tenía 20 años y estaba embarazada de 9 meses. Le dieron un tiro de gracia después de acribillarla”, cuenta Lewin.

Espacio de la Memoria Virrey Cevallos. Foto: Andrés Wittib.

A Miriam la secuestraron en la General Paz. La persiguieron, la taclearon y la subieron a un auto lleno de represores que gritaban excitados. La pastilla de cianuro casera que llevaba en el bolsillo nunca funcionó. “A veces pienso que me tendría que haber muerto ahí”, dice Miriam entre lágrimas.  “¿Con cuántos tipos te acostaste? ¿Cuántos abortos te hiciste?”, fue la recibida de sus torturadores. “Estabas más buena en las fotos” y otras observaciones sobre su cuerpo completaban el combo. “Me mostraron el pene y me dijeron que iban a pasar de a uno. Me aplicaron la picana en los pechos, en la vagina, en los ojos, en las encías. El dolor era insoportable y todos se reían”, continúa Miriam.”Yo soy el dueño de tu vida y de tu muerte. Decime dónde está Patricia”. Un hombre delgado, de ojos claros, que parecía el jefe le preguntaba por su amiga Patricia Palazuelos.

Miriam recuerda que la llevaron a la Comisaría 44, de allí a otro lugar donde la ataron a una “silla turca” y luego a Virrey Cevallos. Tras el raid de torturas, la subieron por una escalera, la metieron a una celda y la taparon con una frazada, siempre con los ojos vendados. Recuerda que la celda estaba forrada con telgopor, tenía una puerta ciega con agujeritos para ventilación y se cerraba con candado y cadena. Que el lugar donde estaba eran varios PH antiguos unidos, que en la planta baja funcionaba el corazón del centro: una sala de torturas con piso de madera y puerta al patio. Escuchaba los ruidos de la ciudad: una madre llamando a sus hijos a dormir, una televisión, risas, llantos. Escuchaba también las torturas de los recién llegados y los silencios de la casa donde pasaría 10 meses de su vida.

Allí conoció al “Zota”, quien sería su carcelero. “Me hablaba desde el otro lado de la puerta. Charlábamos de todo. Me dijo que era cristiano, que su hermano también trabajaba allí, que le hubiera gustado ser ingeniero. Que su apellido era Montes y que le gustaba el cine. Hablábamos mucho de religión”, recuerda Miriam. Hoy el “Zota” está en el banquillo. Es Jorge Monteverde, uno de los tres imputados que llegan a juicio por secuestro, desaparición y torturas.

El testimonio de Miriam continúa con relatos de muerte y torturas, un relato que ha repetido muchas veces y que parece volver a doler siempre. Pero ahora no es en vano: lo escuchan el “Zota” y sus secuaces. Y si la justicia existe, recordarán estas palabras hasta su último día, en una fría celda de una cárcel común.