¿Qué hacen compañeras de partidos políticos tradicionales, colectivas feministas territoriales, y otras que no militan en ningún espacio, juntas, un miércoles a la noche? Política feminista.

Mafalda Sánchez y su compañera Maisa Bascuas se sienten encalladas. No en el sentido de estar estancadas, sino de los callos: la lucha popular las endureció hasta sentir que curtieron todo lo blando que podían tener: “Cuando te matan a un compañero, hay que endurecerse”, aseguran con una seriedad necesaria. Ellas, que son dos de las referentas del colectivo La Dignidad, también afirma que el encuentro diverso y sororo con compañeras de otros espacios la interpela, y le devolvió la sensibilidad. “Esta dinámica que nos proponen nos cuestiona desde el deseo, y ese sacudón es vertiginoso. Pienso: ¿dónde soy feliz?”, se pregunta Mafalda. Y de eso se trata: que nos mueva el deseo. Y desde ahí, dar batalla.

¿Qué hacen compañeras de La Dignidad, del PTS, de Patria Grande, del Partido Comunista, de Quimeras / Democracia Socialista, del Movimiento Evita, de colectivas feministas de asentamientos como Las Sororas de La Matanza y otras que no militan en ningún espacio pero que se identifican como feministas, juntas, un miércoles a la noche? Política feminista.

Parece utópica la posibilidad de reunir militantes de espacios tan diversos en un encuentro horizontal sin figuritas, sin rosca ni picanteo, y sin bajada de línea, para debatir desde la sororidad, el afecto y la confianza acerca de temas tan complejos como la militancia en organizaciones mixtas, el desgaste que implica disputar la política patriarcal en espacios verticalistas, y la frustración de tener que irse de esos mismos lugares por la violencia machista. Sin embargo, fue posible un miércoles en el Centro Cultural Matienzo pisando el G20: sentades en el piso, en ronda, mirándonos las caras y sin tarima; el micrófono circuló apenas, pero mucho más, circuló la palabra directo desde la garganta entre les asistentes, que surcaron las generaciones: desde mujeres que militaron los 70’s al calor de la lucha peronista, hasta jóvenes de dieciocho años que están haciendo sus primeras experiencia. En el medio, la diversidad más absoluta.

El encuentro fue una invitación de Proyecto Pol Fem, una colectiva emergente surgida a raíz del encuentro de compañeras que decidieron irse de la organización donde militaban por la rabia que sintieron cuando, al denunciar las relaciones de poder desigual que experimentaban frente a los compañeros de su organización,, no encontraron en ellos más que palabras de revictimización y ninguneo. A partir de eso, volcaron su experiencia en el fanzine Diario de Una Revolución, y como excusa de su presentación, invitaron al debate a todas las mujeres, lesbianas travestis y trans que quisieran sumarse a compartir. El tema: feminismo, poder, y política patriarcal. Los varones también estaban invitados, pero con reestricciones: por una reparación histórica, se decidió darle prioridad a las palabras de lxs compxs.

¿Podemos mirarnos a la cara y hacer política feminista?

El 2019 nos respira en la nuca, y frente a la compleja coyuntura política con el neoliberalismo como principal enemigo, se tramaron nuevos armados políticos que abrieron más

interrogantes que respuestas. Frene a esto, el movimiento feminista planteó un debate imprescindible acerca de los personalismos, la militancia en espacios no feministas, y el camino que estamos construyendo: ¿qué estamos dispuestas a negociar? ¿Cuáles son nuestras prioridades?

“Esta discusión quedó empantanada en las redes sociales y en un ida y vuelta de comunicados partidarios: ¿podemos mirarnos a la cara y debatir desde un terreno común? ¿Será eso hacer política feminista, entendiendo a la política patriarcal como el chicaneo, la rosca eterna y la medida de pija constante? ¿Vamos a seguir reproduciendo la política patriaral, o apostar por nuevas formas de vincularnos y militar?”, se preguntan las compañeras de Pol Fem, que vivieron en carne propia la experiencia de enfrentar las formas violentas de la militancia: la pisada de cabeza, el poroteo, la invalidación de la palabra de las compañeras y el maltrato. “Es imposible construir una alternativa al neoliberalismo que no sea profundamente feminista, y eso requiere que repensemos nuestras prácticas: visibilicemos nuestro poder subalterno, popular y feminista”, retrucan.

Las experiencias

“Yo voy a tirar una pregunta, pero no tengo ninguna respuesta: ¿qué pasa cuando militamos en partidos que no son feministas?”: ese fue uno de los interrogantes que abrió la conversación, y que, efectivamente, no encontró ninguna solución definitiva.

Una compa se presentó como una militante de 50 años, peronista “de toda la vida”, que vino desde La Matanza: contó cómo no aguantó más los manejos machistas de sus compañeros y se abrió de donde participaba para activar en un espacio feminista, Las Sororas de La Matanza, donde ve en carne propia como las mujeres, lesbianas travestis y trans son quienes más sufren los ajustes, la violencia y la precarización, pero también donde se siente más cómoda para militar, porque no tiene que luchar constantemente contra la resistencia machsita de muchos de sus compañeros.

Frente a esta posición, Mafalda Sánchez y Maisa Bascuas creen que hay de dar la disputa desde adentro. Para ellas, es un desafío, como feministas, militar en espacios surgidos en los años 90’s que son patriarcales y verticalistas desde su concepción, y eso es algo que enfrentan todos los días; y lamentan cómo estas políticas hicieron que muchas compañeras valiosísimas se bajen de la lucha. Sin embargo, Mafalda piensa en lo que la hace feliz: estar en el barrio, en el territorio, en las asambleas. “Ahí es donde se forma el sentido común”, y donde ella cree que vale la pena construir feminismo: en los lugares donde más cuesta que llegue. “La revolución feminista que venimos llevando adelante la queremos hacer con nuestras compañeras de las barriadas”, señala, pero no es fácil, “somos militantes populares incómodas, somos mujeres incómodas, somos feministas incómodas”, asegura, frente a las prácticas patriarcales. “Creemos que la disputa es combinada y en todos los lugares al mismo tiempo. Hay que disputar al interior de nuestras propias estructuras para construir estrategias múltiples. El movimiento feminista es clave, es el río en el que confluye la fuerza para pelear en los territorios. No hay que perder de vista que no hay que caer en la lógica de la política patriarcal, que es la de la expropiación de la fuerza ajena”.

Como piso común, todes los asistentes señalaron la feminización de la pobreza: sobre todo compañeras militantes que transitaron su juventud en los 70’s, y vieron como los reclamos feministas siempre fueron dejados de lado, sometidos a otras necesidades más urgentes, y postergados para mejores momentos. “Como homenaje, quiero recordar a las mujeres de la revolución francesa que fueron llevadas a la guillotina, a las de la revolución rusa, que después de luchar fueron obligadas a volver a sostener modelos tradicionales de esposa y ama de casa. Muchas veces el fracaso de las revoluciones tiene que ver con que nos sacaron de los lugares de poder”, comenta.

“Ante todo, somos orgánicas al feminismo”, remarcó Valentina, una de las compañeras de Proyecto Pol Fem, “ celebramos la disputa que están dando las pibas dentro de los espacios, porque nosotras no pudimos. Entendemos que es prioritario luchar contra el patriarcado uniendo fuerzas, y pensando un piso en común, entendiendo que el proyecto político del feminismo trasciende el 2019, pero que ese año no nos da lo mismo. En ese sentido, es clave pensar una agenda que nos unifique, y tener en cuenta qué estamos dispuestas a negociar; militar a quién queríamos militar, pero pensar si ese candidato está comprometido a votar a favor del aborto, por ejemplo. Construir una agenda de unidad del feminismo que trascienda los programas políticos, y pensar que de esta, no nos bajamos”.