¿Quién cuida a los pibes que nadie cuida?

La Boquita: el único parador nocturno para chicos en situación de calle

Es el único centro de día y noche para chicos en calle de la Ciudad de Buenos Aires. Consumos problemáticos, revinculación familiar y atención personalizada en un espacio orientado a atender una de las poblaciones más vulnerables.

El portón celeste está sobre la avenida Caseros al 800, a pocas cuadras de la estación. Está cerrado con llave y para entrar hay que tocar timbre. En el marco de la puerta, escrito con lapicera, se lee “Julián de Urkiza ATR”. El transeúnte desprevenido no notaría ningún otro detalle particular en la construcción que se extiende por la frontera de un San Telmo cada vez más Hollywood y una Constitución cada vez más marginal. Pero aquí adentro funciona La Boquita, el único centro de día y noche para pibes en situación de calle.

“El nombre `parador´ le queda chico, porque no somos solamente un espacio de pernocte y realizamos actividades durante todo el día”. El que habla es “Polche”, Pablo Saez de Guinoa, psicólogo y coordinador de La Boquita. “Este lugar busca revertir la situación de calle, aunque parezca utópico. Pero al mismo tiempo pensamos pequeñas reversiones: sacar un documento o empezar la escuela no revierte la situación de calle pero sí sus derechos vulnerados”, explica Polche.

La Boquita es un espacio que pertenece al circuito de niñez de la Ciudad de Buenos Aires. Permanece abierto las 24 horas y tiene capacidad para alojar unos veinticuatro chicos en situación de calle, de entre 10 y 18 años. Como el límite etario es arbitrario, y muchas veces el trabajo de los operadores resulta fundamental para la estabilidad de los pibes, hay chicos que cumplieron los 18 pero siguen vinculados al lugar, tanto en capacitación, contención o en asesoría para la búsqueda de trabajo.

No hay datos oficiales del gobierno porteño sobre cuántos pibes viven en las calles de Buenos Aires. En el censo popular, realizado en 2017, las organizaciones sociales encontraron más de 600, el 13 por ciento del total de la población sin techo. Los números oficiales -que a su vez no discriminan por edad- no cierran y mucho menos para aquellos que trabajan con los pibes en el cotidiano. “Hoy hay más pibes en situación de calle y los censos presentan números ridículos: acá, por año, pasan unos 700 chicos, que a veces vienen una hora o un día, pero es imposible pensar que haya solo 50 pibes en situación de calle”, responde Polche.

Hugo tiene 15 años y desde los 8 está en la calle. Oriundo de General Villegas, llegó hace un mes a La Boquita luego de que lo derivaran del Instituto de Menores Inchausti. Conversa tranquilo, tirado en uno de los sillones de la sala de reuniones del parador. Dice que no fuma pasta base pero que toma cocaína desde los 13 años, y explica que, en muchas ocasiones, su consumo problemático lo llevó a robar para poder comprar. “Vivía en la calle, en Villa Celina, y dormía en una canchita de fútbol con otros pibes más grandes”, cuenta. “En la calle me pasaron banda de cosas. Nunca quisieron abusar de mi, pero viví mucha adrenalina. Yo salía a robar todos los días, me mandaba banda de cagadas. Una vez, por robar en Celina, me agarraron, me tiraron nafta y me iban a prender fuego. Me salvó la policía pero me cagaron a palos. Fue lo peor que me pasó”, explica Hugo.

“Acá les damos de comer y de dormir, pero a veces los pibes quieren una Coca o un celular. Ven a Bad Bunny con cadenas de oro y los medios le enseñan que para ser piola hay que tener un J7”, cuenta Cristian Escanés, uno de los operadores que trabaja en el lugar. Junto con su compañera, Jaqueline Figueiras, explican el abordaje que realizan con la problemática de consumo y la adicción a las drogas.  “Se trata de laburar reducción de daños. Esto es un espacio de puertas abiertas, uno puede arbitrar todos los medios para que el chico no se vaya: hablar, apelar al diálogo, tratar de convencerlo. Pero si el pibe pide abrir la puerta, ya está”, agrega Jaquie. “Hace unos años se pensaba más en derivar pibes a comunidades terapéuticas pero hoy es más difícil”, explica Polche. “En principio teníamos un abordaje mas abstencionista pero fuimos entendiendo que la reducción de riesgos era la mejor forma de laburo”.

El 90 por ciento de los pibes que llegan a La Boquita son de Provincia y si bien en el día reciben varones y mujeres, durante la noche pueden dormir solamente varones o chicos trans. Para las chicas hay un centro que se llama La Balsa, ubicado en el barrio de Once.

Pero, ¿cómo llega un pibe a quedar en la calle? ¿En qué porcentaje incide el factor violencia intrafamiliar? El coordinador de Boquita responde que “todos los pibes tienen algún tipo de situación pero depende la lectura que se haga de la violencia familiar: puede ser física o verbal y hay violencias, como no tener nada para comer, que no tiene que ver con la familia, pero en definitiva es violencia. Muchos pibes terminan viniendo porque no tienen para comer en su casa, o vienen a buscar recursos y se terminan quedando. Pero no es cliché, no es la respuesta que antes se escuchaba, que decía que el pibe termina en la calle porque la familia es violenta o un desastre. Hay un montón de factores que inciden”, agrega Saez de Guinoa.

Cuando los chicos que llegan a La Boquita, el equipo a cargo trata de conocerlos, de indagar en los factores por los que está en la calle y a partir de allí se empiezan a trabajar varias áreas: identidad, escolaridad, salud, legales y vinculaciones familiares. “El norte es poder retirar al chico de la calle, sacarlo de la dinámica de consumo. Pero después está el día a día”, agrega Escandé.

Juan Cruz Pérez es estudiante de Psicología, docente secundario y operador en La Boquita. “Laburamos con poblaciones muy dispares. Tenemos chicos que están acá hace casi tres meses y tal vez están estudiando, y otros que ingresan después de 20 días de gira porque no hay otro dispositivo”.

Como Juan Cruz, en La Boquita trabajan 38 personas y su realidad laboral no escapa a la situación que viven otros trabajadores estatales. Corina Rojas es delegada de ATE y una de las representantes de los trabajadores del lugar. “La mitad estamos en planta transitoria de forma irregular y la otra mitad somos monotributistas facturando para el GCBA y no tenemos acceso a los derechos de cualquier otro trabajador. Además, y por si fuera poco, el Ministerio de Desarrollo Humano y Hábitat es el que peores sueldos paga en todo el Gobierno de la Ciudad”, resume la delegada.

Pese a los derechos vulnerados de pibes y trabajadores, hay un consenso generalizado entre los trabajadores y trabajadoras de La Boquita: cualquier política pública para atender a los chicos es un parche siempre que no se trabaje sobre las causas estructurales del problema. Y también hay acuerdo sobre lo que no sirve: bajar la edad de imputabilidad, desarmar ranchadas a golpes, poner más policía en la calle. Frente a un Estado en retirada y la ausencia de políticas públicas continuadas, el escenario que aparece no es esperanzador: “De los últimos cuatro pibes que cumplieron 18, dos están en la cárcel de jóvenes adultos de Marcos Paz, otro está en calle y el último en una comunidad terapéutica en Santa Rita”, concluye Cristian.

Lo cierto es que con la crisis, la cantidad de personas en situación de calle aumenta y cada vez aparecen más familias completas viviendo en plazas o ranchadas. Con más adultos, a los pibes se les pone más violenta la calle. Mientras tanto, desde La Boquita, con esfuerzo y pocos recursos estatales, sostienen una iniciativa única en su género para contener, acompañar y cuidar a los pibes que nadie cuida.