Se inauguró la muestra "Mujeres en la ESMA. Testimonios para volver a mirar"

Testimonios del horror de la ESMA, en clave de género

En el Sitio de Memoria de la ex ESMA se inauguró la muestra "Ser mujeres en la ESMA. Testimonios para volver a mirar", que se propone revisar la historia reciente en clave de género, incluyendo el accionar de la Justicia y la propia museografía del lugar.

“Yo no pensaba venir, mucho menos hablar”, dice Graciela García Romero con voz entrecortada pero firme. Habla sin quebrarse ni titubear. “Es la segunda vez que entro a la ESMA desde que me liberaron, tengo las manos empapadas, no me gusta para nada estar acá. El propósito que tuvieron siempre fue de destruirnos como militantes y como personas. Reconstruirnos nos llevó muchos años”.

Graciela está parada delante del museo Sitio de la Memoria en la ex ESMA. Aproximadamente cien personas hacen un semicírculo para escucharla. Sobre el frente del edificio vidriado hay caras estampadas en vinilo negro. Los rostros subrayan la necesidad de reponer la singularidad. Los gestos particulares, los rasgos propios, las historias que con el tiempo se van borroneando. Imágenes que el poder trató de destruir, pero que los testimonios reconstruyeron.

El pasado 14 de marzo se inauguró la muestra “Ser mujeres en la ESMA. Testimonios para volver a mirar” en el Sitio de Memoria de la ex Escuela de Mecánica de la Armada, por donde pasaron cerca de 5.000 detenidxs desaparecidxs durante la última dictadura cívico-militar en Argentina. La muestra se propone revisar la historia reciente en clave de género, incluyendo el accionar de la justicia en las causas posteriores y el armado de la propia museografía del sitio.

La exposición está basada en los testimonios de las sobrevivientes de la ESMA durante los juicios a las Juntas Militares en 1985. En esa primera instancia la Justicia consideró los abusos sexuales como parte integral de los tormentos, por lo cual no tuvieron condena propia. Recién en 2001 -con la reapertura de los juicios- se empezó a trabajar lentamente la perspectiva de género y en el año 2010 se produjo la primer condena a un represor como violador. En 2011 Sergio Torres, juez a cargo de la causa ESMA, declaró los sometimientos sexuales en el centro clandestino como prácticas sistemáticas llevadas a cabo por el Estado dentro del plan clandestino de represión y exterminio, cuestión que les dio el carácter de delito de lesa humanidad y, por lo tanto, imprescriptible.

Según los registros de la Procuraduría de Crímenes Contra la Humanidad del Ministerio Público Fiscal, entre 2010 y diciembre de 2018, se dictaron 107 condenas en 26 sentencias por los delitos de abuso sexual, violación y aborto forzado, entendidos como crímenes de lesa humanidad. Pese a las numerosas denuncias y la cantidad de testimonios, aún no hay condenados por delitos sexuales para los integrantes del Grupo de Tareas de la ESMA. En este contexto, “Ser mujeres en la ESMA” responde a dos situaciones: por un lado, la necesidad de reconstruir una parte silenciada, incómoda y porosa del relato que, aún a 43 años después del último golpe de Estado, exige ser revisada y por el otro, a la imposibilidad de seguir entendiendo la historia como una construcción única de voces masculinas en una época en la cual los feminismos vinieron a jaquearlo todo.

“Ser mujer en la ESMA” consta de varias instalaciones silenciosas. Junto con los relatos de las sobrevivientes escritos en las paredes, están recopilados los videos de testimonios de mujeres durante los juicios a las Juntas y se puede acceder a materiales de consulta sobre el tema.

Alejandra Dandan, periodista y curadora de contenidos de la muestra, explicó: “Cuando revisamos el material del juicio de la ESMA, encontramos que durante el primer juicio el único momento en que el juez pregunta sobre un hecho de violación sexual se lo dice a un varón (A Víctor Basterra). Por eso la imagen que elegimos es el silencio, el vacío entre una narrativa que cuesta aparecer y una Justicia que no escucha”.

La muestra consta de diferentes partes. “Cuando el museo no habla” es la intervención de los textos de sala originales, donde queda en claro inclusive que cuando el sitio fue inaugurado – en mayo de 2015- no se trabajó con perspectiva de género. “Las sororas. Una política de los afectos y los cuidados” y “Lo personal es político. Las formas cotidianas de la violencia”, son otros de los apartados.

En “Vivas nos Queremos. El arte de la simulación” aparece la alusión a la arbitrariedad de la vida en el centro clandestino de detención. Mientras el grupo de tareas asesinaba cada semana a cientos de personas, se seleccionaban algunos detenidos para el “plan de recuperación”, que para las mujeres exigía también una readaptación al rol “femenino” a través de violaciones sexuales dentro y fuera del centro. Algunas mujeres eran llevadas a hoteles o departamentos por los militares para tener relaciones sexuales.

“En la muestra Ser mujeres en la ESMA se utiliza la palabra esclavitud sexual para reforzar la idea de la imposibilidad de que haya consentimiento cuando todos los demás derechos humanos son vulnerados y también con la intención de abrir interrogantes al respecto” explicó al público la curadora.

Si bien al día de hoy entendemos que las posibilidades de decidir en cautiverio eran nulas, durante la post-dictadura muchas de las sobrevivientes sufrieron el estigma de ser consideradas traidoras y fueron juzgadas por sus compañeros y compañeras a veces incluso durante el cautiverio.

Por último, dentro de la muestra también aparecen los registros de manifestaciones feministas realizadas durante 2017 y 2018 por el grupo “Pandilla Feminista”. Este nexo entre el pasado y el presente refuerza el carácter intergeneracional y la amplitud etaria que aparece como un síntoma más de la revolución de las hijas.

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El día de la inauguración “Ser mujeres en la ESMA” contó con un conversatorio entre Elizabeth Jelin -investigadora de Ciencias Sociales del CONICET- y Patrizia Violi -profesora de Semiótica e investigadora de la Universidad de Bologna-. Allí se continuó problematizando la manera en la cual se construyó el relato de la última dictadura cívico-militar.

“La imagen mental que genera el término desaparecido es un varón joven militante. Las mujeres sólo aparecieron como madres de los chicos secuestrados o como las madres de los chicos nacidos en cautiverio. Pero mujer no es sinónimo de madre”, explicó Elizabeth Jelin. “En esta muestra las relaciones de género que se destacan son las de las mujeres siendo las víctimas y los hombres siendo los perpetradores. Me parece bien, pero esto es una primera apertura para traer al presente preguntas que hagan una complejidad mayor. En la Justicia hay culpables e inocentes, pero en la vida vivimos en los grises”, continuó la investigadora argentina.

“Tenemos que empezar a hablar de la zona gris sin miedo, para romper el binarismo perfecto de buenos y malos”, expresó Patrizia Violi. La teórica italiana reforzó: “No pienso que las víctimas sean menos víctimas si empezamos a pensar eso. Yo me pregunto: ¿Qué pasó con los hombres cuando las mujeres sobrevivientes volvieron a casa? ¿Qué pasó con los compañeros tan revolucionarios frente a esta tragedia familiar que es de género?”.

La historia no es lineal. Es una escritura problemática a la que siempre se regresa. Una superposición de borraduras y reinscripciones. “La historia es siempre contemporánea cuando se la visitamos”, dirá durante la charla Violi y en sus palabras dejará entrever que, al calor de la ola verde -que se lleva puesta todo tipo de jerarquías-, la historia con mayúsculas ya no nos satisface.