Presentación de "Sinceramente" en la Feria del Libro

Si siempre estoy volviendo

La presentación del libro de CFK convirtió a la Feria del Libro en un patio de la militancia. La ex presidenta se cuidó de no dejar alguna huella de lo que hará en el futuro, y se limitó a algunas pocas definiciones que hicieron de todo menos calmar la ansiedad por su posible candidatura.

Finalmente llegó el 9 de mayo, fecha resaltada en las agendas de la militancia kirchnerista y de toda la dirigencia política del país. Cuatro meses dejó pasar la ex presidenta, en pleno año electoral, para hablar en un acto público frente a los suyos. La presentación de Sinceramente funcionó como un reencuentro –las primeras filas del salón Jorge Luis Borges parecieron un dejá vú del primer Frente Para la Victoria– y como la primera foto, a 45 días del cierre de listas, de una campaña que acaba de empezar. O quizás no. Nadie lo sabe y Cristina Kirchner se encargó de que las especulaciones en torno a su probable candidatura, en lugar de apaciguarse, sigan creciendo.

Semejante expectativa generó un desborde en el predio de La Rural, reconvertido por un par de horas en casi un patio de la militancia, e hizo estallar el rating de los canales de noticias. Un efecto similar al cisma desatado en la previa de las elecciones de 2017, cuando decidió dar las primeras entrevistas después de un largo silencio. Pero dejó aún más ansiosos a quienes esperaban que el de anoche, bajo la lluvia, fuera un acto épico cargado de definiciones y certezas, a la altura de todo lo que en ella se deposita. CFK, otra vez, demostró que ese juego lo maneja con la frialdad necesaria en semanas decisivas para la rosca. Lo que explica además un discurso medido, que le huyó a la grieta y en el que evitó nombrar a Mauricio Macri.

Hubo apenas algunos indicios programáticos –una reivindicación al ministro de Economía del tercer peronismo, José Ber Gelbard, como “el modelo de empresario que necesita la Argentina”–, la reconfirmación (por si hacía falta) de Alberto Fernández, otrora enemigo, como un dirigente de su círculo íntimo y un guiño, tímido pero certero, a Roberto Lavagna, a quien recordó nada menos que como compañero de Néstor Kirchner en la reconstrucción del país post-crisis de 2001.

También hubo sorpresas, como el extraño elogio al presidente norteamericano Donald Trump –tan cercano como lo es a Cambiemos– por haber supuestamente reducido de forma significativa el desempleo en aquel país (omitiendo, quizás, cómo eso impacta en el resto del mundo). La sorpresa llegó con una chicana: CFK utilizó la alabanza permanente de Cambiemos al primer mundo para recordarles que a ninguna de las dirigencias de esos países se le ocurriría abrir la economía de la forma que lo hizo el macrismo. “Ya que tanto les gusta, les diría que aprendan un poco de ellos”, ironizó.

En el mismo tramo, se ocupó de despejar algunos fantasmas agitados por el Gobierno, en la que aparece como la garantía de un inevitable default. Recordó entonces su adhesión al capitalismo, aunque reivindicó que «para que un país crezca es necesario fortalecer el mercado interno», toda una declaración de principios cuando el posible adversario cree (y hace) todo lo contrario.

En las primeras filas del salón Jorge Luis Borges se los vio juntos a dirigentes que habían sido acérrimamente opositores de los dos mandatos de CFK y que incluso era impensado verlos aplaudiéndola apenas pocos meses atrás. Desde Pino Solanas, Felipe Solá y Victoria Donda hasta el dueño del Grupo América, Daniel Vila. Se mezclaron con los que están siempre: la intendenta de La Matanza, Verónica Magario, y otra docena de intendentes fieles del conurbano; el presidente del PJ bonaerense, Fernando Gray; la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, Estela de Carlotto; el actor Pablo Echarri y la actriz Cecilia Roth; el premio Nobel de la Paz, Adolfo Pérez Esquivel; los músicos León Gieco, Javier Malosetti y Lisandro Aristimuño; los sindicalistas Víctor Santa María, Roberto Baradel y Hugo Yasky; el ex director de la biblioteca nacional, Horacio González y el ex ministro de la Corte, Eugenio Zaffaroni; los diputados nacionales Roberto Salvarezza –ex presidente del Conicet–, Leonardo Grosso y Agustín Rossi; y el ex candidato a gobernador bonaerense, Aníbal Fernández. Todo un panegírico K versión 2019.

Hubo al menos dos ausencias importantes: el precandidato a presidente Daniel Scioli y el ex ministro de Economía y precandidato a gobernador Axel Kicilof. El primero, sin aviso (todavía resuena su foto de esta semana junto al ministro de Interior, Rogelio Frigerio, en el marco de la convocatoria oficial al diálogo); el segundo, de gira por México y EE.UU.

El discurso de la ex mandataria empezó con un tono íntimo, por la “sensación única” que le generó la escritura de un libro. Se tiró flores con sus presentadores, la presidenta de la Fundación El Libro, María Teresa Carbano –a la que felicitó por ser la “primera mujer presidenta de la Feria del Libro, en una época en la que las mujeres ocupamos cargos antes reservados sólo para varones”- y el director en Argentina de Penguin Ramdom House, Jorge Ignacio Boido, quien confirmó que ya se imprimieron más de 300 mil ejemplares, todo un récord para la industria editorial, “que está viviendo un muy mal momento”, dijo.

Si bien evitó confrontar contra Mauricio Macri, Cristina hizo fuerte hincapié en la mala situación económica, e incluso la comparó con otras crisis memorables de la historia argentina, como el Rodrigazo durante la presidencia de Isabelita, la hiperinflación sobre el final del alfonsinismo y el estallido social del 2001. Para salir de esta situación, se necesita “un acuerdo social entre todos los actores, políticos, empresarios, sindicalistas, dirigentes sociales y culturales”, afirmó.

En comparación con el libro, hubo en el discurso pocos pasajes de autorreferencia a sus dos períodos de gobierno. Admitió “algunos errores” de manera general y reivindicó haber generado “millones de puestos de trabajo”. En contraste, tuvo más peso lo que calló que lo que efectivamente dijo.

El gran ausente en el discurso, por el peso que tuvo en las páginas de Sinceramente, fue lo que muchos analistas políticos señalan que será uno de los ejes más fuertes de una posible campaña de retorno al poder: la descripción del macrismo como el “caos” y de su figura como la depositaria de las expectativas de “reestablecer el orden” perdido desde la llegada políticas de Cambiemos.

Sobre el final, Cristina apeló a los corazones. «Hoy, hace 44 años que en La Plata, en el registro civil de la calle 41, Néstor y yo nos casamos. Fue tipo 6 y media de la tarde. Cuando decidí que quería dedicarle este libro a Néstor pensé en él no como político, ni como presidente, ni como estadista; no lo necesita, ya está en la historia. Sino a él como compañero, como hombre, como padre de nuestros hijos. Porque él se lo merecía», dijo. Las mil personas presentes dentro del predio, y los otros tantos que la vieron bajo la lluvia, respondieron con los dedos en V y cantaron «vamos a volver». «Son incorregibles», bromeó CFK.