Consentimiento

No es no ¿Pero qué es no?

El término consentimiento es un intento de catalogar, encuadrar y mensurar los tonos de grises -conflictivos, porosos, molestos- en el pantone que va desde el negro del estereotipo de violación intrusiva y violenta y el blanco de la relación sexual gozosa y recíproca. ¿Cómo construimos el consentimiento? Sabemos que ‘no es no’, pero: ¿qué es no?

“La violación y el coito no están separados claramente por ninguna diferencia de los actos físicos, ni por la cantidad fuerza involucrada, sino sólo legalmente en una norma que se basa en cómo interpreta el hombre el encuentro”

Catherine Mackinnon.

 

Fernando Burlando, abogado de traje y corbata, egresado de la Universidad de La Plata, padre de familia, defensor de Giselle Rímolo, ex-participante de “Bailando por un Sueño”; habla en el programa “Pamela a la tarde” el 24 de mayo del 2019. En diálogo con Pamela David, el letrado explica cómo seguirá el caso Fardín-Darthes en el cual él ejerce la defensa del acusado: “En este caso puntual nos vamos a basar en los propios dichos de Thelma Fardín. (…) Por los dichos de la denunciante, entendemos que no estaría configurado el delito de violación”, dice Burlando. “Lo que esgrime Fardín es que existió algo, una relación, un vínculo que a ella le llama su sorpresa, pero que por su propio relato no vemos una categórica y clara negativa”.

Posteriormente, en el programa radial conducido por Romina Manguel, aclarará: “la víctima sostiene que la situación de intimidad existió. Nosotros entendemos que en esa situación no hubo un rechazo. Ella hablaba por teléfono y -según sus dichos- Darthés la besa en el cuello, la empuja a la cama, ella dice ‘No, Juan’, pero no es un ‘no’ categórico”.

“Hay ‘no’ que son ‘sí’ y ‘no’ que son ‘no’. Ella le abre la puerta”, sentencia.

¿Cómo construimos el consentimiento? Sabemos que ‘no es no’, pero: ¿qué es no?

Aunque el derecho legal lo intente, el consentimiento sexual no es definible, estático, medible o cuantificable, sino más bien una cuestión laxa que, muchas veces, se da de manera implícita y depende de factores externos: el momento, el lugar, el consumo de sustancias y el vínculo preexistente entre las personas. El término consentimiento es un intento de catalogar, encuadrar y mensurar los tonos de grises -conflictivos, porosos, molestos- en el pantone que va desde el negro del estereotipo de violación intrusiva y violenta y el blanco de la relación sexual gozosa y recíproca. Este escrito es un intento por discutir algunas nociones sobre el consentimiento en parejas cis heterosexuales siendo conscientes de que por extensión quedan por fuera los vínculos LGTBIQ, tema que será retomado en un artículo posterior.

Dos desconocidxs se encuentran por segunda vez en sus vidas. Entre ellxs hay un pacto de confianza extraño, pero habitual entre la gente que se conoce a través de aplicaciones de citas. La primera salida incluyó terraza y mimos, besos y porro, anécdotas, risas, vino amargo. Las conversaciones por whatsapp se prolongaron fluyendo por temas que van desde la escuela secundaria hasta las aspiraciones a futuro. Todo indica que no hay motivos para que ella no lo invite a su casa, aunque internamente lo dude. Casi no hay conversación antes de terminar en la cama. Sin mucha estimulación previa, él quiere apurar la penetración. Lo que podían ser besos y caricias -prolongar una tensión espesa para que las pieles se aclimaten – se vuelve casi un trámite relegado. Aunque no está totalmente convencida de querer continuar el encuentro sexual, ella cede. Los motivos son inconscientes pero existen: están en su casa, vino hasta ahí, tal vez después la pasa bien, no quiere ser aguafiestas y además el fantasma a la frigidez es sin duda un aleccionamiento social para las mujeres. Sin claras negativas pero sin señales de deseo por parte de ella, comienza la penetración. Lo que sucede no es un acto conjunto, no hay coordinación de sabores y saberes ni transpiraciones mezcladas, la situación es más bien un mandato parsimonioso, fastidioso, alienado. La incomodidad acrecienta y ella intenta dar señales físicas de eso. Se tensa, deja de sonreír, se mueve más lentamente, susurra un ‘ay’ muy bajito que se pierde entre las sábanas. Pero en ningún momento dice no, él lo sabe. Sin ejercer reparo alguno él continúa hasta que, luego de algunos movimientos raros y posiciones que ejecuta sin consultar, eyacula. Recién después de eso, como si una meta se hubiera alcanzado, pregunta sin demasiado interés si ella también había acabado. Con tal de no continuar, ella dice un sí nada convencido. Re-pregunta:  “¿Estás bien? en un momento sentí que estabas incomoda”, “¿Si sentiste que estaba incómoda por qué no paraste?”, dice.

Pero no hay -ni habrá- respuesta.

La falta de consentimiento no siempre implica de manera clara y tajante un “no” y tampoco conlleva -aunque esto resulta más complejo de entender- que la persona vulnerada sea consciente durante el acto mismo por qué motivos está accediendo a pesar de la falta de deseo. Hay entramados finísimos, sutiles, psicológicos y a veces casi imperceptibles que nos llevan a ceder terreno en el campo sexual. Éstos siguen funcionando, aunque en otros áreas seamos feministas decididas, militantes políticas, trabajadoras empoderadas, emprendedoras autogestivas y económicamente independientes.  Es difícil distinguir en qué momento comenzamos a subejecutar el deseo propio, ya que las mujeres e identidades feminizadas fuimos socializadas para conformar al otro y nuestras subjetividades están atravesadas por cientos de fenómenos microsociales que modelan nuestra conducta como la gota mínima que con insistencia corroe el metal.

En su artículo “Consentimiento sexual: un análisis con perspectiva de género”,  Yolinliztli Pérez Hernández, Maestra en Estudios Políticos y Sociales por la Universidad Nacional Autónoma de México, explica que este término “funciona como una ‘fórmula mágica’ para zanjar dilemas éticos, limitando la discusión a un problema de elecciones individuales, ajeno a las estructuras socioculturales dentro de las cuales se inscribe”.

La autora continúa desarrollando: “Consentir aparece como un verbo ‘femenino’, inscrito en una lógica social en la cual las mujeres se exigen y son exigidas socialmente para resistir o conceder; los hombres, para buscar activamente el consentimiento femenino”. Al recaer el consentimiento en la figura femenina -naturalizando que el varón cis hetero siempre está dispuesto y al mismo tiempo ansioso de llevar a cabo el acto sexual-, la posibilidad de respuesta sincera se torna condicionada. Al mismo tiempo, esta idea sostiene que si la mujer posteriormente expresa que el acto no fue consensuado, en todo caso es su responsabilidad por no haber expresado una clara y contundente negativa.

Es decir que hay momentos en los cuales se puede consentir “formalmente”, no oponer resistencia categórica ni explícita a llevar a cabo el acto sexual, pero no tener deseo. Los motivos son muchos y no son menores, desde el temor a la violencia física hasta la creencia de que una negativa puede deteriorar o finalizar el vínculo, aparte de una presión social que construye estereotipos acerca de las conductas sexuales relacionadas a la “sanidad” y la “necesidad natural”. Por lo tanto, hay muchas relaciones donde se puede hablar judicialmente de “consentimiento”, pero el deseo sexual no es bilateral.

No son pocos los encuentros heterosexuales en los cuales los varones no responden o no atinan a frenar cuando las señales son menos claras, más sutiles o difíciles de percibir: ¿qué tan difícil es percibir la incomodidad o la tensión en un cuerpo que está desnudo sobre el nuestro? Esto es en parte porque se confía en que, si no hay un no taxativo, no se está sobrepasando el consentimiento, como argumenta Fernando Burlando respecto a Thelma Fardín.

En la encuesta “¿Qué relación tenés?”, realizada por la Defensoría de la Provincia de Buenos Aires en 2019, se recogieron datos sobre violencia física, sexual y simbólica de 10.990 personas encuestadas. Los resultados publicados indican que 2 de cada 10 mujeres se encontró en una situación de violencia sexual alguna vez, 31% cedió frente a los deseos sexuales de sus parejas por temor o presión y el 16% se han visto obligadas a tener prácticas sexuales no deseadas.

Por otro lado, el término consentimiento en su plano jurídico se basa en dos partes con los mismo derechos y libertades, cosa que no sucede en el caso de los varones y las mujeres cis heterosexuales en el mundo contemporáneo. La hipótesis de que el amor son dos libertades que se encuentran elaboradas por el filósofo francés Jean Paul Sartre fue cuestionada por su propia pareja Simone de Beauvoir en el siglo XX. De Beauvoir le contesta a su compañero de vida que cuando plantea que los hombres son libres es porque las relaciones amorosas tradicionalmente están basadas en su libertad, mientras que transgreden las de las mujeres. Esta postura es retomada por Marcela Lagarde en “Claves feministas para la negociación en el amor”, donde explica que las mujeres y los hombres cis no llegamos a las relaciones amorosas heterosexuales con las misma competencias ni expectativas. “Para las mujeres el amor no sólo es una experiencia posible, es la experiencia que nos define. (…) Las mujeres hemos sido configuradas socialmente para el amor, hemos sido construidas por una cultura que coloca al amor en el centro de nuestra identidad. Las mujeres vivimos el amor como un mandato. En una teoría de género y esto significa que lo hacemos no por voluntad, sino por deber”.

Dilucidar por qué o cómo una persona no es capaz de registrar la incomodidad, la falta de reciprocidad o que el consentimiento no está siendo claro y explícito, -o aún peor registrarlo y excitarse igualmente- exceden la amplitud de este artículo. Sin embargo, resulta pertinente traer algunas las reflexiones al respecto.

Catherine Mackinnon, feminista radical norteamericana, considera que la sexualidad es forjada en base a la pornografía que normaliza e institucionaliza la violación como matriz de toda práctica sexual. En su escrito “Hacia una teoría de estado feminista”, explica ampliamente cómo la pornografía sexualiza la violación, la posesión y el uso de los sujetos más débiles. Si tenemos en cuenta que nuestra cultura normaliza las situaciones de violencia sexual, resulta más fácil entender por qué los límites del placer ajeno son sobrepasados tan asiduamente. “En este sistema la víctima, normalmente una mujer, siempre feminizada, nunca es forzada, sólo se la representa”.

Débora Tajer, profesora en la cátedra Introducción a los Estudios de Género en la Facultad de Psicología de la UBA, analiza en su artículo “¿Que quiere un hombre? Hacia una clínica de varones con perspectiva de género” la falta de registro de los varones heterosexuales hacia las mujeres a través de la psicología feminista. Según Tajer, los varones hetero cis desde su nacimiento les han transmitido que forman parte de un colectivo con mayores prerrogativas sociales, sexuales y económicas, lo que genera una inscripción del campo del semejante acotado o de baja intensidad. Es decir que, para los varones hetero-cis, “las mujeres no están incluidas en el campo del semejante, por lo cual no tienen los mismos recaudos éticos hacia ellas que sí tienen con quienes consideran semejantes, en este caso, los otros varones. Lo cual también obtura que tengan las mismas empatías y posibilidad de identificarse con su sufrimiento en tanto otra”.

Silvia Federici es más tajante al respecto. La socióloga italiana considera a las relaciones sexuales como otro de los trabajos afectivos no remunerados que realizamos las mujeres y feminidades en nuestro mundo contemporáneo. “Para nosotras el sexo es un trabajo, es un deber. El deber de complacer está tan imbuido en nuestra sexualidad que hemos aprendido a obtener placer de dar placer, del enardecer y excitar a los hombres”, dice en su libro “Revolución punto cero”. Además, entiende que en la relación sexual la mujer funciona como descarga de las frustraciones laborales, sociales y económicas de los hombres. Siguiendo esta línea de pensamiento, resulta más fácil entender por qué un territorio que debería estar embebido de placer limita de manera tan próxima con la violencia.  “Ya que se espera que proporcionemos descanso, inevitablemente nos convertimos en el objeto sobre el cual los hombres descargan su violencia reprimida”, dice.

*

Luego de la denuncia pública de Thelma Fardín, se vivió en nuestro país un pico de denuncias a través de redes sociales denominadas escraches. Si bien muchas de las situaciones implicaban violaciones tal y como lo tipifica la ley, hubo un espectro de experiencias inclasificables. La erupción de estas violencias, a veces acalladas durante años, trajeron aparejado no sólo la discusión sobre el consentimiento sino también la pregunta acerca del castigo posterior y la duda de si el aislamiento era la respuesta válida para el protagonista del suceso. El término punición se popularizó y las dudas afloraron en grupos de amigos, ámbitos militantes, instituciones académicas y mesas familiares. La estructura social sufrió un cimbronazo y fueron miles los desorientados y desorientadas que comenzaron a cuestionarse lo que había pasado y qué era lícito hacer de ahora en adelante en un encuentro sexual.

El espíritu de este escrito es incentivar el cruce de voces para volver urgente un debate inevitable. Muchas veces el gris destrato diluye las situaciones por la imposibilidad de definirlas, y así se acumulan como montañas de mugre. Sin válvulas de escape, los ánimos se colman. Nos dicen locas, nos nombramos hartas.  La idea del texto es subrayar la necesidad de hablar, de nombrar el consentimiento como una situación activa, bilateral que se construye y se conjuga porque es particular de cada situación y persona involucrada. Necesitamos entender qué términos tenemos y cuáles queremos formar para generar una teoría sexual feminista, como dice Mackinnon. Es necesario encontrar un punto entre el silenciamiento de los pibes y aleccionamiento de las pibas. Es necesario derribar tabúes, hacer girar la palabra, ejercitar el reconocimiento del deseo para que no quede sepultado debajo de mandatos y sea más fácil de recorrerlo e invitar a otrxs a que lo recorran, intentando así ahorrar en dolor. Como nos enseñó el feminismo, es necesario nombrar las violencias para combatirlas, reunir las experiencias individuales para generar denominadores colectivos y amigarse con el dolor para re-encauzar la lucha.