Madre del dolor

“Diego es un buen pibe y le robaron todo”

Diego Chávez tiene 26 años y está preso desde el 12 de noviembre de 2015 por un crimen que no cometió. A pocos días del inicio del juicio, su madre Fabiola Aguirre dialogó con El Grito del Sur sobre la causa, las maniobras de las fuerzas de seguridad y la lucha que llevan adelante sus familiares para exigir su liberación. El relato desgarrador de una madre llena de dolor que busca que la Justicia le devuelva a su hijo.

Diego Chávez es un joven de 26 años que vivía en el barrio de Moreno hasta el jueves 12 de noviembre del año 2015, cuando la policía lo detuvo acusado de haber asesinado a un efectivo de la fuerza local. Al momento de la detención el joven se encontraba durmiendo en la casa de su novia, a unas pocas cuadras de la fábrica de velas donde trabajaba con su cuñado. Chávez fue procesado por ser el presunto autor intelectual y material del crimen que terminó con la vida de José Manuel Fernández, acontecido el 6 de noviembre, es decir, seis días antes de su detención. Con testimonios incongruentes, paseos por distintos penales, dilataciones judiciales y falta de pruebas, el próximo lunes 24 de junio comenzará el juicio oral por el asesinato del uniformado.

A pocos días del inicio del juicio, Fabiola Aguirre, madre de Diego, se acercó a la redacción de El Grito del Sur junto a su hija, Giselle Chávez, para hablar acerca del caso que mantiene a su hijo tras las rejas desde hace casi cuatro años. La policía llegó a Diego aquel jueves de noviembre debido a que había sido demorado tiempo atrás por estar tomando y fumando con sus amigos en una esquina, pero sin ninguna prueba que lo implicara en el homicidio del oficial Fernández. De hecho, al momento del arresto los policías presentes en el lugar llevaban dos fotos, una de Walter Gamarra y otra de un menor. Nada sobre el hombre al que se llevaban detenido.

De izquierda a derecha: Fabiola Aguirre y Giselle Chávez. Foto: Catalina Distefano

Pero Diego cargaba también en su expediente con otra causa en la que se lo había implicado por ser cómplice del robo de un auto. Según cuenta su madre, una tarde tocó la puerta una amiga del joven diciéndole que iban a ir en el auto del hermano a enfrentarse con un grupo de un barrio vecino que habría estado involucrado en el asesinato de su mejor amigo, a quien quería como su propio hermano. Una vez en el vehículo, la adolescente le terminó de confesar que el automóvil era robado y unas cuadras más adelante, un patrullero que venía siguiéndolos finalmente los detuvo. Si bien las investigaciones policiales realizadas en las horas siguientes determinaron que Diego no había estado involucrado en el robo, los cargos quedaron en sus antecedentes. Frente a la evidente falta de pruebas que lo incriminen en la causa por la que permanece detenido, la familia asegura que su detención responde a los dos casos anteriormente mencionados.

En la Justicia, las mentiras también tienen patas cortas

Cuando la familia de Diego se enteró de su detención, inmediatamente se dirigió a la Comisaría 1ª de Moreno, donde se encontraba, para iniciar las averiguaciones correspondientes y exigir explicaciones por el encarcelamiento injustificado. Allí los secretarios admitieron que quien estaba tras las rejas no era el culpable, pero que hasta tanto no dieran con el paradero del verdadero autor del crimen, no podían liberarlo.

Cinco días después, el 17 de noviembre, se realizó la rueda de reconocimiento para empezar a atar cabos y determinar la culpabilidad o la inocencia de Chávez. La misma duró menos de diez minutos y, mientras Fabiola aguardaba en la puerta de la comisaría, la viuda del policía asesinado identificó al joven. Sin embargo, los rasgos del asesino que proporcionó esta misma persona no coinciden en absoluto con los del acusado: la mujer aseguró que se trató de un hombre de entre 28 y 30 años de edad que medía 1,75 mts., era morocho y usaba barba candado, pero Diego es de tez blanca, mide 1,65 mts., casi no tiene barba y al momento de los hechos no tenía más que 22 años.

Meses más tarde, dieron de pura casualidad con el responsable del crimen, a quien detuvieron en un primer momento por otra causa. Una vez capturado, fue procesado por el asesinato de José Manuel Fernández y, no solo admitió su culpabilidad, sino que también limpió de culpas a Diego. Si bien aceptó que se conocían, dejó en claro desde un primer momento que Diego no había tenido participación ni responsabilidad alguna en los hechos “porque él no andaba en esas cosas, era un buen pibe, laburador”.

Foto: Catalina Distefano

“También tenemos el testimonio del padre del policía muerto, que no lo dijo frente a ninguna cámara, pero Diego tuvo la posibilidad de dar una nota en Telefe -que después no la pasaron- donde el hombre termina reconociendo que sabe que la persona que está detenida es inocente y tiene el dato de que quien asesina a su hijo es un vecino”, cuenta Fabiola. A pesar de todo lo enumerado, el joven continua privado de su libertad y de hecho, desde que Walter Gamarra, cómplice del asesinato del policía, confesó, nunca más fue llamado a declarar y cada vez que su abogada busca reunirse con él no hay móviles disponibles o se descomponen minutos antes. “Más allá de la culpabilidad o no del pibe, le están negando sus derechos”, denuncia Aguirre.

Pero luego de todo lo atravesado, lo último que se pierde es la esperanza. Diego Chávez espera ahora con ansias el comienzo del juicio oral en el que sueña con alcanzar definitivamente su excarcelación.

Otra víctima de la (in)Justicia

La defensa de Diego Chávez solicitó en reiteradas oportunidades la concesión del derecho a cumplir su condena con arresto domiciliario, pero en todos los casos fue denegada por la gravedad de la causa, caratulada como “homicidio agravado por el uso de arma de fuego”. El camino recorrido para llegar al estrado la próxima semana fue muy difícil: la familia de Diego debió cambiar a su defensa en más de una oportunidad para sortear los distintos obstáculos que le puso el sistema judicial.

La primera abogada jamás mantuvo contacto directo con el acusado, prefirió manejarse siempre a través de los secretarios -cuenta Fabiola-, pero lo que terminó coronando el disgusto de la familia fue que, seis días después de la detención de Diego, cuando éste fue trasladado al penal de Magdalena, no se enteraron de la noticia sino hasta que su hermana, Giselle, fue a llevarle comida y se encontró con que él ya no estaba en el lugar. Luego de eso, por recomendación de terceros, el Dr. Greco comenzó a asumir las responsabilidades de la causa, aunque también sin mucho éxito al final. “Todo era muy lento, quería esperar ‘los tiempos de la Justicia’ y lo que nosotros no queríamos era dejar pasar el tiempo”, dice la madre del detenido.

Por último, Aguirre se puso en contacto con Carina Leguizamón, referenta de la Red de Mujeres de Morón, quien le recomendó a Alejandro Bois, un reconocido abogado de derechos humanos que había participado en distintas causas defendiendo a las víctimas de violencia institucional y violencia de género. Desde entonces, Bois sigue de cerca la causa y trabaja con la familia para lograr la liberación de Diego. “Tenemos todas las expectativas porque él (el responsable del crimen) siempre dijo que va a decir la verdad sobre lo que pasó ese día”, dice confiada. “Ellos llegaron con mentiras: a Ornella (la novia de Diego) le dijeron que había huellas suyas por toda la casa y eso es mentira”, denuncia y agrega: “Hay testigos, la kiosquera, los chicos con los que se cruzó, están todos para que declaren el día del juicio”.

Foto: Catalina Distefano

“Él tiene que chapear con que entró con la muerte de un policía para asegurar su bienestar”, le recomendó un secretario de la policía a Fabiola cuando Diego fue trasladado al Penal de Magdalena. Pero el consejo no sirvió de mucho ya que “es un pibe tranquilo, cero violento”, que al rehusarse a participar de las típicas peleas entre las distintas ‘banditas’ de la cárcel, el ambiente se tornó algo tenso. Mediante una presentación de su abogado, se solicitó el resguardo físico y el urgente traslado, que se efectuó días después al Penal de Mercedes, donde permaneció durante casi un año.

El 2 de abril del año pasado, en una situación similar a la del Penal de Magdalena, los uniformados ingresaron a frenar el enfrentamiento tirando balas de goma. Es así como Diego recibió un impacto en la pierna. Producto de esa situación, todos los reclusos fueron trasladados y el grupo se dispersó por distintos penales. Diego terminó en la Unidad 13 de Junín. Allí, mientras esperaba que le asignen un pabellón,  le permitieron salir al patio, dondefue golpeado y robado, quedándose solo con las cosas que llevaba puestas. “Hasta que nosotras no fuimos a verlo no tenía los remedios, porque ningún penal de los que yo visité tiene la Unidad Sanitaria funcionando como debería”, denuncia su madre. “De hecho, a Diego, en Junín lo llevaron al pabellón de hermanitos evangélicos, lo curó un enfermero que tuvo que salir corriendo a buscar una pinza de depilar para sacarle los restos del pantalón que tenía en los orificios de los perdigones”, sigue.

Una causa armada y una familia destruida

“No solamente él está encerrado, estamos encerrados todos”, dice con lágrimas en los ojos Fabiola para describir cómo se sienten ellos, su familia, desde hace tres años y siete meses. Diego no es hijo único, tiene tres hermanos por parte de la madre y cuatro por parte del padre, todos ellos son muy unidos y forman parte de una familia humilde, trabajadora, que se levanta temprano todos los días y se las rebusca como sea para seguir sosteniendo su hogar y llevando el plato de comida a la mesa. Fabiola trabaja como empleada doméstica en seis lugares distintos y en todos está en negro. Giselle, una de sus hermanas, continua estudiando y mientras tanto se las ingenia para conseguir changuitas que le sirvan para ayudar en su casa.

A Fabiola le cuesta continuar, tiene un nudo en la garganta, pero se esfuerza y sigue: “Nos desbarataron la familia”. Otro de sus hijos -cuenta- fue padre mientras Diego estaba en la cárcel, lo que lo deprimió muchísimo. Encima lo eligió a él como el padrino. “Se perdió al primer sobrino, primer nieto, primer todo. Diego no pudo vivirlo como le hubiese gustado”, se lamenta. El más chico de los hijos de Fabiola tiene 14 años y está angustiada porque siente que muchas veces no llega a dedicarle el tiempo suficiente o a darle las cosas materiales que necesita.

Foto: Catalina Distefano

“Desde que él (Diego) está detenido son dos casas para mantener: porque a vos te venden que de tus impuestos sale lo que, supuestamente, después le llega al detenido, cosa que sabemos es puro cuento”. Diego además sufre de asma nervioso: entre el cansancio, el frío del piso donde duerme, las sensaciones de soledad y abandono que lo invaden y el estrés del encierro, necesita atención médica constantemente. Su madre, desde hace mucho tiempo, no puede disfrutar de un cumpleaños, una reunión familiar o una comida con amigas. “No puedo disfrutarlo si él está ahí adentro, no puedo sentarme a comer un asado, como me han invitado, porque no sé qué está comiendo él”, comenta preocupada.

“Hay momentos en que está enojado con el mundo y se la agarra con todos. Y más vale que sí, es un pibe que vivía para sus amigos, iba y venía todo el tiempo”, explica. Hace poco la ex pareja del padre le recordó el último cumpleaños que pasó Diego en libertad, y remarcaba lo sorprendida que seguía hasta ese momento por la cantidad de personas que habían ido a saludarlo. “Y hoy por hoy no hay nadie, ver cómo se te van alejando es muy duro también”, expresa con un tono muy triste. Después de todo el tiempo que Diego pasó en prisión, su familia debió soportar que mucha gente lo llame hijo de puta, que le deseen la muerte y a otros tantos también que dicen ‘ahora cuando salga le hace un juicio al Estado y le rompe el orto’. “Y a mi qué me importa, ¿quién le devuelve esos años que estuvo ahí adentro? Las cosas que vio, las que no nos cuenta”, responde ella.

Fabiola lamenta escuchar cómo se critica a su hijo, la indiferencia y el destrato hacia él, lamenta incluso tener que pelearse con esa gente. Porque a los tres o cuatro días que Diego llegó al Penal de Magdalena la llamó para pedirle que le lleve la ropa clarita que había guardado en una bolsa en el placard de su habitación para dárselo a un hombre que estaba detenido al igual que él y no tenía pertenencias. Le duele porque a la semana siguiente le volvió a escribir para pedirle ropa de nena de dos años, de la que ella vende, para darle a un hombre que estaba preso en el mismo penal y que no podía ver a su hija porque su mujer no la llevaba porque no tenía ropa para ponerle. Esa misma persona que hace unos días le mandó una foto del pie de un pibe que estaba lleno de perdigones y le pidió por favor que le compre una tableta de antibióticos porque el herido no tenía remedios ni visitas que pudieran ayudarlo. “Ese es Diego, ese es el pibe al que le robaron todo”.