Masculinidades, militancia y feminismo

La pregunta por une misme

Con la masividad del feminismo, el rol de los varones de organizaciones populares se convirtió en un tema coyuntural y conflictivo. ¿Cómo personas que desean crear una sociedad más igualitaria son capaces de no ser empáticos con quienes los rodean? ¿Es la convicción política o la necesidad de poder y reconocimiento lo que los impulsa a acercarse a la política?

En un bar de Chacarita, que de no prestar especial atención pasaría desapercibido, Tamara Tenenbaum come una tostada francesa. Las frutas están precisamente ubicadas en el contorno del cuadrado de masa gomosa, la miel barnizada de brillo pardo. Con el tenedor la escritora feminista pincha un pedazo que no opone resistencia, se lo lleva a la boca y lo mastica. Cuando termina dirá: “Las situaciones de violencias en ámbitos políticos no sólo son malas porque nos hacen sufrir, son malas porque las chicas se van, lo que produce que muchas menos mujeres se dediquen a la política. Encima de que la militancia es algo que vos tenés que sacarle a tu tiempo libre, a tu tiempo laboral, si la pasás mal te vas. No es que nos echan, nos vamos nosotras. Es lo que hicieron las mujeres históricamente cuando fueron acosadas en los trabajos. Por lo general las mujeres no denuncian, pero tampoco se quedan, porque no son masoquistas, solo se van”.

Me empezó a interesar la política alrededor de los 17 años y entré a ella como a otros ámbitos en mi vida a través de un varón hetero cis. Él fue el primero de muchos que se encargó de hacerme entender -siempre implícitamente- que no podía discutir en paridad sobre política por desconocer sobre armados electorales, pujas de poder e historiografía marxista. Su postura de sutil desdén era clara, había cosas que yo jamás llegaría a entender. Durante mucho tiempo pensé que esto tenía que ver con el tiempo que dedicase a militar y la capacidad de formarme, después entendí que -más allá de todo el esfuerzo que hiciera- siempre iba a estar un paso por detrás, aprendiendo de él en el mejor de los casos. Cómo decía Tamara y -cual profecía autocumplida- me cansé y me fui, aunque posteriormente volvería a la política.

Fotos: Abril Pérez Torres

Militar es un acto de altruismo muy grande. No me refiero a figuras políticas como Lavagna o Pichetto, a quienes nos cuesta pensar que les conmueva demasiado un pueblo cada vez más hambreado, me refiero a jóvenes y no tanto que dan su tiempo y su esfuerzo en pos de construir algo mejor en las universidades, los barrios y los sindicatos. Muchos de ellos, al calor del kirchnerismo, se sacudieron los últimos ecos del ‘algo habrán hecho’ para resignificar la política. “Militamos por algo que no vamos a ver”, me dijo hace poco alguien que admiro mucho y, sin duda, algo de ese horizonte que avanza constantemente está presente en la lógica de la militancia popular.

En reiteradas ocasiones me he preguntado por qué personas que son capaces de ceder su tiempo, donar su dinero, resignar su ocio, postergar sus salidas e incluso perder amistades no eran capaces de aplicar una ética del cuidado con sus compañeros. La seguidilla de escraches en organizaciones políticas evidenció un poco esto: ‘lo progre no te quita lo macho’, repitieron muchxs y se cristalizó la consigna. Otro síntoma fue el revuelo que generó el planteo sobre si en las marchas de los movimientos feministas debía o no haber varones cis heterosexuales. Más allá de si los motivos eran válidos o discutibles, la terquedad en participar -teniendo en cuenta todas las otras posibilidades de manifestarse que hay en nuestro país-, sembró la duda de si realmente era la causa o la necesidad de protagonismo en ella lo que generaba tanta indignación. Especialmente teniendo en cuenta que históricamente las y les que fueron corrides tanto del espacio público como de las representaciones políticas fueron mujeres, lesbianas travestis y trans.

En su libro “Masculinidades y Feminismo”, Jokin Azpiazu Carballo dedica un capítulo a hablar sobre las organizaciones populares. Como explica el sociólogo español, a los varones hetero cis que forman parte de los movimientos sociales les cuesta imaginarse como opresores, ya que los aleja del sujeto oprimido que ponen en pie. A los varones hetero cis militantes, siempre identificados con “ lxs de abajo”, les arde el ego al verse en el espejo del sistema opresor. Esto se pone en escena cuando surge una denuncia de violencia: muchos reaccionan repudiando el hecho, desmarcándose así de la responsabilidad colectiva y al mismo tiempo volviéndose a situar en el rol de salvadores y guardianes en vez de revisar y asumir los puntos en común entre sus propias conductas con las del denunciado. “No necesitamos otro héroe”, dice Carballo al respecto. Y agrega: “Necesitamos responsabilizarnos de la parte que nos toca, no condenar como si nosotros no fuéramos capaces jamás de hacer algo así”.

En la presentación de su libro 6a Mostra del Libre Anarquista de Castelló, que se puede encontrar en Youtube, Jokin explica que la masculinidad hegemónica quedó tan cristalizada que es fácil desidentificarse de ella. Si pensamos que el machismo es solamente la violencia física o comentarios totalmente deplorables hacia mujeres y disidencias, resulta más no hacerse cargo de las violencias que aún dentro de los ámbitos militantes progresistas reproducimos.

Luciano Fabbri es licenciado en Ciencias Políticas e investigador del Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Además fue uno de los iniciadores de la organización “Varones Antipatriarcales”, luego de varios años de impulsar grupos de masculinidades en organizaciones populares. Fabbri entiende que la resistencia de los varones a cuestionar sus prácticas de poder tiene que ver con que, si bien en perspectiva ésta puede llevar a mejores vínculos y nuevas masculinidades a mediano y corto plazo, tiene que ver con perder privilegios e impunidad.

Consultado por El Grito del Sur sobre por qué quienes forman parte de las organizaciones populares perpetúan prácticas machistas, el politólogo rosarino explica: “Lo popular en sí mismo es contradictorio, es un campo donde coexisten conflictivamente elementos conservadores y elementos transformadores. En ese sentido no debería sorprendernos que los reproduzcamos, tanto los que estamos en ventaja como quienes están en desventaja. Lo que no deberíamos permitirnos es reproducirlas de manera consciente, porque eso va en contra del horizonte de transformación para el cual nos organizamos”.

En sus charlas Fabbri habla sobre la masculinidad hegemónica como un proyecto de política extractivista: La masculinidad es un dispositivo de poder que socializa a los sujetos asignados como varones para pensar y sentir que los cuerpos, tiempos, sexualidades y capacidades de las mujeres y feminidades les pertenecen. Eso, en el marco de las organizaciones populares, se sostiene a partir de la naturalización de una división sexual del trabajo militante, es decir que las feminidades son asignadas a ciertas tareas de la vida orgánica y los hombres a otros puestos que generalmente tienen una mayor jerarquía y visibilidad. En ese sentido, la carrera política de los hombres está sustentada en extraer de las mujeres sus tiempos y capacidades para tomar las tareas que ellos delegan”.

Fotos: Abril Pérez Torres

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¿Cómo personas que desean crear una sociedad más igualitaria son capaces de no ser empáticos con quienes los rodean? ¿Es la convicción política o la necesidad de poder y reconocimiento lo que los impulsa a acercarse a la política?

Luis Bonino es psicoterapeuta y director del Centro de Estudios de la Condición Masculina de Madrid. En su artículo “Masculinidad hegemónica e identidad masculina”, Bonino define la masculinidad hegemónica no como algo que viene dado en la genitalidad, sino como una configuración de la subjetividad que funciona como normativa. Es ésta y el proceso de especialización -es decir de actuaciones vitales diferentes entre varones y mujeres- lo que forma sujetos “desconectados de la individualidad ajena, herméticos, con dificultades para el reconocimiento, tendientes a la indiferencia, encausados hacia afectividad superficial, y con rápidas vivencias de provocación y humillación ante las acciones de las demás personas”.

Bonino plantea que hay cuatro creencias matrices que sostienen la masculinidad hegemónica: la autosuficiencia prestigiosa, el respeto al valor de jerarquía, la superioridad sobre las mujeres y otredades y la belicosidad heroica. Esta última, también conocida como “el camino del héroe” en los mitos griegos, promueve la validación masculina basada en hazañas y proezas, entendiendo la vida como un desafío. El héroe es aquel que triunfa a pesar de los obstáculos, demuestra su valentía y logra perpetuarse transgeneracionalmente. Entonces: ¿podemos pensar que algunos varones inconscientemente elijan la militancia guiada más por su búsqueda de construir su propio personaje heroico que por el ideal político y social? ¿Es la militancia el camino con el que algunos eligen para validarse y sostener sus propios parámetros de masculinidad hegemónica?

Fotos: Abril Pérez Torres

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El informe “No son reglas, es violencia”, del Observatorio Juliana Lanteri publicado por este medio, demuestra que 9 de cada 10 mujeres percibe o han percibido una distribución desigual del trabajo político, el 88% refirió haber sido víctima directa o indirecta de “bromas” sobre “las mujeres”, un 70% denunció haber sufrido trato misógino, bromas hirientes, invisibilización de sus propuestas y acoso u hostigamiento sexual y 8 de cada 10 señaló que sus compañeros varones le retuvieron información o despreciaron sus opiniones. Estas cifras tienen su claro correlato en el acceso restringido de mujeres a cargos políticos. Según el Femiindex de Economía Femini(s)ta, hubo sólo 10 mujeres presidentas en toda Latinoamérica, 2 en nuestro país, una sola por el voto popular. En Argentina hubo apenas 8 gobernadoras en la historia, y en las intendencias 1 de cada 10 ciudades y municipios está a cargo de una mujer. A nivel nacional, las mujeres ocupan solamente el 19% de los cargos ministeriales.

Fotos: Abril Pérez Torres