Un intento de disciplinamiento a las mujeres

Los machitrolls contra Ofelia Fernández

La confirmación de la candidatura de la joven referenta Ofelia Fernández desencadenó un violento y burdo ataque contra su figura, pero principalmente contra lo que representa y a quienes representa. A continuación nos proponemos analizar los factores que motivan el ensañamiento contra uno de los principales emergentes de la juventud política argentina.

“¿O sea que a esta chica que sufre de sequedad vaginal le untaron el bolsillo? Hasta la forma de hablar pausada y sosegada dio paso a la histeria”.

“En aquellos días parece que se bañaba, al menos, una vez por semana, no?”

“esta es la conchaseca que no tiene bija????????”

“Soy Ofelia y lo único importado que me permito comprar es una cremita lubricante para la “colita de adelante” porque se me seca a veces”.


Estos son sólo algunos de los dichos variopintos que se despliegan como una razzia encarnizada en un hilo de Twitter con más de 70 comentarios y 1000 me gusta. Debajo del video de Ofelia Fernandez opinando sobre las elecciones del centro de estudiantes del colegio Carlos Pellegrini -filmado hace algunos años-, cientos de personas liberan su odio.

El ataque virtual y mediático hacia la candidata a legisladora porteña recrudeció en las últimas semanas, casualmente cuanto más se acercan las elecciones.

Los destratos televisivos se fueron sumando al ya viralizado “no me digas chiquita” y a un Eduardo Feinmann particularmente encendido dedicando largos minutos de aire a denostarla. En esta línea, Yamil Santoro expresó vía Twitter: “La verdad que más allá de mis intentos por educar a @OferFernandez_ se trata de un producto absolutamente replicable. Así que voy a arrancar el proyecto de sponsorear 10 jóvenes para convertirlos en influencers y dirigentes de centroderecha”.

Con sus dichos despectivos el militante del Pro no sólo infantiliza a quien se encamina a ser la legisladora más joven de América Latina, sino que también la objetiviza, como si se tratara de un producto. Estos comentarios alimentan un discurso de odio hacia todo aquello que no sea un sujeto varón blanco cis heterosexual, pero también generan cosificación, algo que sabemos es un mecanismo de entrada a la violencia física.

La violencia simbólica hacia las mujeres y feminidades que intentan destacarse en la política no es un fenómeno novedoso. Un ejemplo del último tiempo es la tapa de la Revista Noticias, donde Cristina Fernández de Kirchner está personificada como una Madonna dando de mamar a Alberto Fernández y a Sergio Massa.

Como demostró el informe del Equipo Latinoamericano de Justicia y Género (ELA) en su estudio “Violencia política contra las mujeres en Argentina”, la violencia hacia las mujeres que ejercen cargos políticos busca restringir su participación y, al mismo tiempo que afecta a la víctima individual, le comunica a las mujeres y a la sociedad que las mujeres como grupo no deberían participar en política.

Según este estudio, de una base de 45 casos de legisladoras argentinas de diferentes provincias y partidos políticos, un 50% dijo haber sufrido violencia psicológica y el 28% violencia simbólica. Asímismo, el 89% dijo que uno de los obstáculos para la participación de las mujeres en la política era la cultura dominante y su concepción del rol de las mujeres en la sociedad y un 76% la falta de apoyo de los hombres. En cuanto a la violencia simbólica, un 53% de las encuestadas dijo que durante su trayectoria han divulgado información basada en su género y no en su actividad política con el objeto de menoscabar su imagen pública.

En el caso de Ofelia, una de las críticas que se le hace es el cambio de su posición política: anteriormente crítica del kirchnerismo y hoy parte importante de la lista de legisladores y legisladoras del Frente de Todos, Todas y Todes. Para esto hay varias aclaraciones: por un lado, la joven argumentó su postura en diferentes entrevistas en base a una lectura histórica y un cambio de coyuntura, y además, sostuvo sus diferencias con el gobierno anterior. Sin embargo, no está de más decir que la propia Cristina Kirchner hizo una lectura crítica de sus mandatos, aceptando los puntos débiles para intentar revertirlos, lo cual se vio reflejado por ejemplo en sus estrategias comunicativas posteriores.

Por otro lado, cabe destacar que el Frente de Todos, Todas y Todes engloba varios y muy diversos espacios, incluso aquellos que fueron críticos al kirchnerismo o que rompieron con ese espacio años atrás. Basta con ver la participación de Sergio Massa o el propio Alberto Fernández, que en más de una oportunidad habló públicamente de los desencuentros que tuvo con Cristina.

Foto: Nicolás Cardello

El tercer punto tiene que ver con una única manera de entender la coherencia política. La sobrevaloración de la persistencia en una única posición política, fija, monolítica y casi doctrinaria, que no es capaz de adaptarse a los cambios históricos y leer las coyunturas, es un arma de doble filo. Como demostró la historia política argentina reciente, quienes persistieron anquilosados en un mismo programa político hace años -más anclado en dogmatismos que en lecturas contemporáneas- fueron justamente quienes no lograron generar un consenso que le diera implicación real en la política partidaria (trosko alert). Al mismo tiempo, muches de quienes exigen coherencia son votantes del PRO que se olvidan que dentro de sus propias líneas cobijan candidatos que no sólo cambiaron de partido y de postura política, sino que algunos giraron radicalmente su eje como Miguel Ángel Pichetto.

La misoginia, que sin duda es transversal, aprovecha los discursos de odio de los sectores conservadores y reaccionarios para expandirse. Como explica Jorge Halperin en su artículo en Página/12, en vez de asumir que la realidad es compleja y tiene matices, los medios de comunicacion buscan “desviar los antagonismos reales a un problema imaginario de culpables, que siempre son señalados hacia un mismo lugar: los políticos y gobiernos populares, los que intentan que la torta se reparta de un modo más equitativo, que para el discurso hegemónico son los sospechosos de siempre”.

Me parece interesante plantear -como deriva- si esta idea de coherencia autoimpuesta y la obligación de conservar una única postura durante años no tiene un rasgo adolescente, marcado por la necesidad de un estereotipo que forme identidades fijas y lineales, como sucede por ejemplo en las tribus urbanas.

Foto: Nicolás Cardello

Por último, el fenómeno del linchamiento a Ofelia Fernández no podría ser tal sin el acceso a redes sociales. Plataformas como Instagram, Twitter o Facebook, si bien dan la sensación de cercanía, son espacios en los cuales mucha gente desconocida puede estar atacando constantemente. Si bien no dudaríamos en plantear la misoginia de estos comentarios en el plano físico, y sería claramente calificado como violencia de género, en el plano virtual son minimizados y se los considera simplemente trolls o spam. Al no darles la implicancia suficiente no somos capaces de entender el grado de daño psicológico que puede generar a una persona que cientos de otres usuaries la defenestren incluso por cosas que ni siquiera tienen que ver con su rol político y exceden su control, como es su aspecto o su manera de hablar.

Como explican las integrantes de Activismo Feminista Digital, el acoso virtual no sólo aumentó en cantidad sino en violencia en los últimos años. “De 2017 a 2018 se incrementaron en un 300% y, dentro de este aumento, se dio un cambio en las conductas dañinas. En 2017 más del 70% de las consultas eran sobre difusión no consentida de material íntimo y el resto de acoso digital. Hoy es al revés; hay sólo un 25% de casos de difusión de material y un 75% de consultas por acoso digital”, explicó Belén La Froscia, abogada a cargo del Departamento de Investigaciones y Consultoría de la Fundación Activismo Feminista Digital, al Diario Popular.

El linchamiento mediático a Ofelia Fernández tiene un fin claro y es adoctrinar al colectivo, fumigando la política de machos a los actores y actrices emergentes. El castigo público no sólo genera un daño en el que lo recibe sino que modela a la sociedad, nos empuja a no salirnos del camino estructurado. No es dejarlo pasar la manera de solucionarlo, sino volver a resaltar que las violencias simbólicas y públicas existen y se proyectan sobre los cuerpos insurrectos. No es callarse la solución, sino dejar en claro que éstos son los colectivos que desagradan al poder porque lo hackean y jaquean y por eso los queremos en el poder, al menos desde diciembre.