Decir en primera persona

La importancia de nombrar: una historia sobre el trastorno bipolar

Un testimonio en primera persona acerca de la experiencia de vivir con bipolaridad, una enfermedad mental poco frecuente cuyos síntomas y diagnóstico son complejos y difíciles de entender.

A pesar de la ausencia de estadísticas oficiales sobre bipolaridad en Argentina, se estima que el 5% de la población padece las formas más atenuadas del trastorno. A nivel mundial, el porcentaje de personas con trastorno de bipolaridad es del 4%. Y según la Organización Mundial de la Salud (OMS), es la sexta causa de discapacidad entre las enfermedades mentales.

El trastorno bipolar es una falla en los mecanismos mediante los cuales el cerebro fluctúa entre cuestiones como el ánimo y el humor para adaptarse a factores estresantes. Hay una predisposición genética, pero los genes que predisponen se activan en situaciones graves de estrés.

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Nadie me dijo mi diagnóstico hasta los veinte años. Ni mi psicóloga, ni mi psiquiatra. Yo lo sabía, obvio, por leer prospectos. Risperidona para la psicosis, sertralina para la depresión, clonazepam y lamotrigina para amortiguar los efectos de la sertralina. Si había que amortiguar efectos era porque lo mío no era solo depresión. Mi transitar por la psiquiatría fue un poco tipo juego de detectives, fui sumando las pistas y encontrando respuestas. Para el combo de psicosis, inestabilidad anímica, depresión sólo había una respuesta: bipolaridad.

Que nadie me lo haya dicho me hizo un daño difícil de mensurar: nació un miedo paralizante a estar perseguida, a que nada de lo que creía de mí misma fuera verdad, a no estar tan enferma, a actuar o tratar de hacer ver como más grave algo que era poco importante. Miedo a que mis síntomas fueran en realidad mi personalidad. Porque sin diagnóstico no hay enfermedad.

Mi tratamiento empezó a los 14 años porque se manifestaba primero en ataques de pánico. Así llegué a la psiquiatra, aunque yo recuerdo episodios desde mis siete años.

Recién hace dos años mi psiquiatra dijo: “la forma más precisa de llamarlo sería trastorno maníaco depresivo, a lo que le llamamos comúnmente trastorno bipolar”. Con esa explicación yo sentí que me sacó del pecho un ladrillo de una tonelada y me largué a llorar del alivio, porque yo ya no estaba mintiendo cuando le trataba de explicar a la gente por qué me siento así, ahora sí, oficialmente tenía el título de bipolar.

Y fui sacando diplomaturas y posgrados: estrés postraumático, ansiedad generalizada, episodios de disociación. Cuantas más palabras limpias y específicas me diagnostican, más segura me siento. Pasé de decir “estoy eufórica” a decir “estoy en un episodio maníaco”. A veces nombrar a las cosas es la clave para poder detonar el llanto necesario. Cuando me irrito demasiado de la nada ya no es que soy malhumorada -no siempre, al menos-, sino que es un síntoma. A veces puedo pedir que me abracen o que caminen más lento o me esperen un poquito, porque sé que mi hipomanía no dura más de una hora o dos.

Hace poco mi novia entiende y sabe cómo manejar ciertos momentos, que no se tiene que tomar personal algunas cosas, que a veces no puede cargar con algunos síntomas y está bien, porque sabemos nombrarlos. Todos tienen un nombre y ya no soy yo actuando como una loca. Nombrar las cosas nos libera. A mí y a la gente que me quiere porque ahora todos sabemos hasta dónde podemos: que si me esperan un poquito la hipomanía pasa y que cuando pasa mi cerebro abrumado me pide parar y me deprimo un ratito. Que está bien, que necesito estar sola.

La bipolaridad no tiene cura. Sólo hay formas de manejarla e ingeniarse mientras se vive con ella. El mayor riesgo para los pacientes bipolares es el suicidio. Mi cura es también decirlo: darle nombre a las cosas da visibilidad.

Sólo me encontré una vez con otras personas con el trastorno, y fue esencial para entenderme. Hubo una chispa que se encendió al -atolondradas- contarnos sobre nuestra experiencia, síntomas, recursos y reírnos de todo al mismo tiempo. Ambas vivimos lo mismo: cuando al principio nos dieron antidepresivos, vivimos un flash místico en el que éramos las reinas del mundo y no necesitábamos dormir, hiperproductividad, hiper autoestima, hiperirritabilidad e hiper-capacidad-de-gastar-plata (que no tenemos). Ahí fue cuando se dieron cuenta que no era una sencilla depresión.

Poder reírme de esto es sanador y recibir validación de que no está todo en mi cabeza, que hay más gente que vivió exactamente lo mismo, que hay gente que ve el mundo con lentes bipolares y confusos; me sacó muchos miedos.

Cuando veo cómo pibxs feministas con ansiedad generalizada y depresión comparten lo que sienten y arman redes y vínculos de cuidado me siento bastante desolada, he llegado a tomarle bronca a eso e inclusive a refugiarme en la burla, hacer que todo eso me parece tonto. La envidia no es sana, pero yo sé que eso no lo voy a tener al menos por un tiempo más porque no es una enfermedad que tengan tantas personas, ya que no viene de un mal social sino algo más anatómico, que no tiene tratamiento, que la red que puedo formar es más íntima.

A veces me pone triste no leer nunca artículos sobre mí en las revistas y medios que me gustan. Leer ansiedad ansiedad ansiedad ¿Y nosotrxs? ¿Dónde estamos? ¿Hay otras personas que necesitan gritar lo que nos pasa?

La bipolaridad tiene un doble peligro. Una se vuelve peligrosa para sí misma en estado depresivo pero especialmente en estado maníaco. ¿Quién diría que estar eufórica es un riesgo? Por eso es difícil de explicar, cuando me dicen que me ven excelentemente bien y por ahí yo me siento super poderosa y pienso que nada me puede hacer daño, ahí en ese momento es cuando peor estoy. Porque cruzar en verde la avenida no me parece peligroso, porque no dormir por días se vuelve normal, porque mi mente empieza a cruzar las cosas para cualquier lado, me surgen violencias poco propias de mi personalidad y alejo a la gente, asusto. Ahí es dónde cuesta, la parte que no te cuentan. Y donde necesitamos la palabra.

Quiero que me nombren, quiero juntarme con gente y que sepa de qué estoy hablando. Quiero que me vean, que sepan, que decir “bipolar” deje de ser otra salida del closet. A mi no me molesta que si sos medio histérico te digas bipolar o que te llames bipolar por cosas que te dijo Google, la palabra no es sólo mía, pero hace un tiempo cuando me digo bipolar me entra un poco más de aire a los pulmones.

Soy amable, creativa, un poco malhumorada, leal, me gusta cocinar, pintar, hacer cerámica, lo que más me hace feliz es ver a mis amigos, soy un poco soberbia, nerviosa, medio bruja. También tengo bipolaridad. No soy hipomanía, depresión, disociación, psicosis, paranoia, ansiedad. Por suerte. Ahora tienen nombre y son algo que tengo, no son yo.