Opinión

La juventud y Les Fernández

La generación que creció con la recuperación económica post 2001 pone sus esperanzas en un nuevo ciclo de gobiernos populares. El rol de la juventud en el Frente de Todes.

El 21 de diciembre del 2001 yo tenía 6 años. Los fuegos, como vómitos cortitos del asfalto, el humo de las llantas negras, las corridas de gente con la cara tapada por remeras rotas -humedecidas de sudor gas y sangre- y los palazos de policías -montados o a pie- aparecían difusos a través de la pantalla cóncava de la televisión. Desde el living de un departamento en Caballito no entendía mucho la situación, los cuerpos se distinguían a medias a través las imágenes temblequeantes sujetas al humor de una antena de metal esquelético.

De lo poco que pude descifrar entendí que, el día de mi cumpleaños de seis, un señor pelado con cara de enojo había anunciado algo que enfureció a mi papá e hizo que -por primera vez- saliéramos a la calle a reclamar. Esa noche todos los vecinos del barrio llevaban cacerolas. No recordaba haber escuchado tanto golpeteo metálico impactando a la vez en mi corta vida, no recordaba haber visto tanta gente enfurecida. No supe asimilarlo del todo, pero sospechaba que algo se estaba rompiendo. Años después sabría que lo que ocurrió aquel 3 de diciembre del 2001 fue la restricción de la libre disposición de dinero en efectivo de plazos fijos, cuentas corrientes y cajas de ahorros, más popularmente conocido como “Corralito”, una medida económica que significó el comienzo de un ciclo de pérdidas materiales y simbólicas para el pueblo argentino. En el 2002 fue la primera vez que escuché a mi papá averiguar cómo hacer para irse del país. Algunos de sus amigos ya lo habían hecho y yo lloraba pensando que no podría trepar más a la higuera de atrás del colegio.

Fotos Abril Pérez Torres

 

Los siguientes cuatro años mi plan de verano consistió en recorrer la Capital Federal tirando curriculums con mamá. La idea me parecía entretenida -aunque cansadora- porque suponía caminar trechos de más de 30 cuadras con sobres de papel madera en la mano. El primer año vino con nosotras la prima de mi mamá. El segundo ya no. Aunque la habíamos acompañado varias veces al supermercado para ayudarla a comprar la comida, resultó insuficiente. Como muches a mi alrededor, ella también se fue a vivir afuera y con su partida huyó la única posibilidad de tener cerca primos de mi edad.  Envidiaba que mis compañeras tuvieran primos para ir después de la escuela a jugar, pero también a mis seis años entendía que era privilegiada. Haber ido a la escuela pública desde tan chica me había permitido dimensionar las heterogeneidad de realidades sociales. Durante toda la primaria fui a cada cumpleaños que me invitaron: en canchas de fútbol, peloteros en Palermo o en casas ajustadas donde convivían familias extendidas. Siempre llevaba regalos en bolsas plásticas de Pluto y el flequillo espeso por las cejas.

Fotos Abril Pérez Torres

Mi historia no es trágica, pero es real. Para les que sufrimos algún tipo de desarraigo, material o simbólico, para quienes fuimos criados por la generación mermada del ‘mejor no te metas’, para quienes vimos en la tele las imágenes del 2001, que perdimos amigos en Cromañón, para quienes supimos porque nos contaron que alguna vez existió el toque de queda y los Falcon verdes, el kirchnerismo fue un refugio. Para mí, descendiente de exiliados y migrantes, fue el momento en que cobró sentido la palabra Patria más allá de la imagen de la escarapela con flecos peludos de papel crepé de los actos escolares.

La politización de la juventud, validada a través del voto a los 16 años aprobado durante el kirchnerismo, significó un antes y un después en una generación que obtuvo la posibilidad de alzar la voz. No es casual que este año el oficialismo haya tratado de obturar el voto joven a través de las ausencias en los padrones. Además, me animo a postular que la ebullición del feminismo en les secundaries no puede disociarse de la posibilidad de expresión que dio la extensión del derecho cívico al sufragio.

Fotos Abril Pérez Torres

Al día de hoy, y frente a un nuevo round electoral, la juventud cobra una importancia política fundamental, no sólo a través de las figuras sub-30 que se destacan en las listas, sino por la cantidad de jóvenes involucrades en la militancia. Según la encuesta “Gen Z, hacia una política de la sensibilidad”, de la consultora Ipsos Argentina, CFK tiene la mayor imagen positiva en la juventud, en el polo opuesto a Mauricio Macri.  El apoyo de la juventud a la fórmula Fernández-Fernández no es irracional. Con un desempleo que afecta en mayor medida a quienes son menores de 29 años -y se agudiza en mujeres y feminidades-, y ante las respuestas punitivas del gobierno actual -que oscilan entre la baja de edad de imputabilidad y el servicio cívico voluntario-, la juventud proyecta en un nuevo ciclo de gobiernos populares la posibilidad de independencia económica, progreso y nuevas herramientas laborales.

La juventud esperanzada -pero también hambreada, castigada con empleos informales y obligada nuevamente a barajar la idea de la migración- se hizo presente en el acto de cierre del Frente de Todes en Rosario. Miles de jóvenes santafesinos tocaron bombos, repartieron volantes, ataron pañuelos verdes, cebaron mate para confundir el estómago y la espera.

Fotos Abril Pérez Torres

Entre remeras celestes, banderines y selfies aparecieron imágenes tatuadas en la piel: la cara de Cristina, su abrazo con Néstor, la frase ‘la patria es el otro’. Siempre me pareció particular el fenómeno de tatuarse a una referencia política actual, algo que no he visto en ningún militante de otra corriente. Apenas unos días antes Alberto Férnandez habia dicho en un encuentro con jóvenes de Capital Federal “Lo último que quiero es una juventud domesticada, no dejen que los domestiquen”.

El fenómeno de la juventud no es arbitrario. Creo que la diferencia entre nuestra generación –  que dio sus primeros pasos en el amor por MSN- y la de nuestros padres -quienes fueron jóvenes y adolescentes durante la última dictadura militar- no es más que el hiato renovador del kirchnerismo. La ESI, la AUH, las computadoras Conectar Igualdad, la posibilidad de volver a soñar, a convivir con la ciencia y el arte. Que la juventud esté del lado de Les Fernández no es porque le hayan lavado el cerebro, sino al contrario, porque le permitieron soñar. Porque fueron, fuimos y somos testigos del disfrute y no nos resignamos a creer que era derroche la posibilidad de vivir bien. Porque en un país donde une de cada dos niñes de menos de 14 años son pobres, que todos coman es un acto revolucionario y, como dijo el gran líder chileno Salvador Allende, “ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica“.