Primer debate presidencial

Debatiendo por un sueño

Un campeón que defiende su título, un alumno que estudió de memoria, un joven idealista de pañuelo verde, un anciano casi senil y dos fascistas de distinta estirpe se juntaron en un estudio de TV. Terminó el primer round de debate y dejó algunas impresiones cruzadas. El uno por uno y el análisis del partido.

Un campeón que defiende su título, un alumno que estudió de memoria, un joven idealista de pañuelo verde, un anciano casi senil y dos fascistas de distinta estirpe se juntan en un estudio de TV. Reparten misoprostol como caramelos, imparten cursos de narcocapacitación, invocan a Baradel, Moyano y Maduro, pecan de locuaces y se quedan en silencio. Podría ser un chiste fácil, pero es la representación gráfica del primer debate presidencial 2019 que se realizó ayer en la Universidad del Litoral.

Mauricio Macri:

El alumno temeroso que estudió de memoria. ¿La propuesta? Estrategia defensiva y repliegue ordenado: todos atrás, sosteniendo los términos de la derrota. Comenzó correcto, hipercoacheado y atado al guión, pero fue perdiendo nivel a medida que recibía los golpes. La idea de hablar en la cueva y para los propios tuvo su expresión en el uso de las redes: mientras desde el oficialismo utilizaron el hashtag #MacriPresidente, Alberto Fernández se paró sobre la etiqueta general #DebateAR. A tono con la campaña #SiSePuede, Macri intentó derechizar su discurso para ocupar el espacio de Espert y Centurión, finalizando con la invocación a los cursos de narcomenudeo que, se supone, dictará el futuro gobernador de la Provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof. Venezuela, Cristina Kirchner y corrupción no faltaron en su abanico de recursos de utilización universal. Salió golpeado pero terminó de pie. Un 4.

Alberto Fernández:

Aplomo y convicción. Salió a la cancha como el campeón del torneo, todavía con 5 fechas por jugar, que tiene que enfrentar a su clásico rival y otros cuatro equipos menores. No evitó la confrontación y eso le sumó: trajo a Scioli al piso, desestimó los datos de Macri, construyó una adversidad entre dos modelos, respondió suelto con el tema de los celulares y los abuelos. Un peronista que se mostró menos moderado de lo que algunos (no este cronista) hubiesen deseado: Malvinas como derecho soberano innegociable, Venezuela resuelta por los venezolanos, aborto legal en el hospital, trabajo, industria y producción nacional. Coronó con cross de derecha a Macri sobre el destino de los dólares de la deuda: “Se los llevaron sus amigos. Y algún día le va a tener que explicar a la Argentina dónde se fueron esos dólares”. Sólido, confrontativo y suelto. Un 9.

Roberto Lavagna: 

El peor de todos: aburrido, monocorde, fuera de tono. Sus intervenciones no destacaron en ningún momento. Intentó hablar del hambre, citó medidas del primer gobierno de Néstor Kirchner y buscó contrastar a izquierda y derecha. Terminó totalmente desdibujado cuando Alberto Férnandez lo aplaudió en su intervención sobre la situación social: un gesto con que el peronista busca abrazar potenciales votantes, polarizar aún más con Macri y anular el espacio de representación del longevo economista, la siempre inexistente y cada vez más famélica «ancha avenida del medio». Un 2. A marzo.

Nicolás del Caño:

Por momentos cómodo y en otros muy contenido. No es Solano, pero tuvo una actuación correcta. Ecuador, Arcioni y un hermoso «lamebotas» en la cara de Macri. En su racconto de períodos nefastos de la historia evitó mencionar al kirchnerismo (gran avance para un trosko), aunque corrió a Alberto Fernández con el tema del aborto, el rol de Massa y su vínculo con la embajada y el apoyo de legisladores del Frente de Todos a la reforma previsional. Se recibió de crack feministo cuando, en un ensayadísimo e impostado gesto, sacó un pañuelo verde de debajo de su manga izquierda al grito de «Será Ley». Como buen trosko intentó rosquear los términos del debate: los 15 segundos míticos de silencio en honor a los caídos en Ecuador, había querido hacerlos pasar previamente como un minuto de silencio conjunto. Salió bien. Un 6.

Juan José Gómez Centurión

La personificación misma del villano de la película optó por radicalizar aún más (¿es posible?) su discurso. Las «dos vidas» como estandarte, Malvinas como eje de política exterior, desarrollo militar y de defensa, el «curro de los Derechos Humanos». Errático, corrido de tiempo y mal coacheado: la expresión nacionalista y militarista de la derecha argentina tuvo un papel nefasto, pero fue a dejar la imagen que quería. Un tipo duro, incapaz de dialogar, religioso, milico y conservador. Un dulce de leche sin capacidad de oratoria ni respeto por los tiempos institucionales. Un 2. A marzo con Lavagna.

José Luis Espert

La promesa fallida. Sus asesores le dijeron que tenía equipo para campeonar, pero pelea por no irse al descenso. Con buena oratoria, impronta correcta y suelto en el debate, el «liberal» se intentó derechizar (aún más) para sostener un nicho de apoyo que lo diferencia de Macri tras su apoyo a la candidatura de Larreta en Ciudad. Bajar impuestos, arancelar la universidad pública, ceder en la discusión por las Malvinas y destruir a la «mafia sindical». Venezuela, Baradel y Moyano como archienemigos. En favor de la educación sexual integral diferenciándose de los ultraconservadores, diciendo que no está de acuerdo en «que degenere en ideología de género». La expresión liberal de la derecha en Argentina muestra, una vez más, que en nuestro país los liberales son conservadores. Correcto y afinado, un 7.