Encuesta sobre violencia de género en FSOC

¿Cómo es la violencia en la Facultad?

Del trabajo se desprende que el 47% de les encuestades sufrió situaciones de violencia en el ámbito de la Facultad. El 64,2% de éstas fueron cometidas por profesores. Tensiones entre poder y machismo en el ámbito universitario.

El pasado miércoles se presentó en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA la “Encuesta sobre situaciones de violencia de género en la Facultad”. El índice fue elaborado y procesado por el Grupo Interdisciplinario No a la Violencia de la Facultad de Ciencias Sociales, un espacio creado para la implementación del «Protocolo para la prevención e intervención ante situaciones de violencia o discriminación de género u orientación sexual» que rige en todas las facultades de la UBA.

Del estudio se desprende que el 47% de las personas que respondió la encuesta dice haber sufrido una o más situaciones de violencia, acoso y/o discriminación por su condición de género, sexo u orientación sexual en el ámbito de la Facultad. Del total de les afectades, un 55,30% fueron mujeres y más de la mitad tienen menos de 23 años.

En cuanto a las personas que ejercieron las violencias, un 87% era varón, una alarma que se enciende cuando se percibe que 64,2% de quienes cometieron las violencias fueron docentes y que en 62,7% de las respuestas el vínculo era de docente/estudiante. Por su parte, el 52,1% de les encuestades declararon haber sido vulnerados por otrx estudiante.

La encuesta fue realizada sobre una muestra de 2922 estudiantes de las cinco carreras y profesorados de la Facultad, una muestra que representa el 12,4% del alumnado de la casa de estudios. Entre quienes accedieron a responder, un 69% fue mujer, un 30% varón y apenas un 1% otra identidad, lo que refleja la dificultad que tienen los géneros no binarios para ingresar a la vida académica.

Foto: Catalina Distefano

En un artículo sobre las relaciones entre profesores y alumnas adultas la antropóloga colombiana María del Mar Ramón se plantea

«¿A partir de qué se constituye el deseo sexual con una persona de un rango social y simbólico tan inferior?  ¿Cómo se genera el consentimiento en esos vínculos? ¿Cuáles son las pautas para negarse a experiencias que una persona desconoce y la otra no ? ¿Cómo se formula un «NO» frente al chantaje emocional de saberse inferior?» 

El texto, atravesado por la experiencia personal de la autora, problematiza una situación que, si bien en términos legales y sociales no es reprobable,  transita recovecos del deseo que a veces rozan lo áspero.

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Foto: Catalina Distefano

Alejandra Oberti es socióloga, profesora en la Universidad de Buenos Aires y directora de la encuesta en cuestión junto a las docentes Gabriela Gómez Rojas, Silvina Ramos Margarido y Marcela Grinszpun. Sobre las violencias ejercidas por docentes a alumnes, Oberti explica: “Siempre que hay una superposición de relaciones de poder las jerarquías hacen que las personas con mayor poder se sientan habilitadas a cometer abusos. Eso es algo que está instalado, por lo cual no nos parece raro que hayan aparecido bastantes casos que tienen que ver con acoso respecto a los profesores. Lo que nos sorprende es que tiene mucha presencia el acoso y el maltrato entre pares estudiantes, lo que marca algo que también sabemos: las jerarquías de género operan de manera transversal”.

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«No es un delito, ni es ilegal, pero ¿es ético? ¿Cuál es la gracia si no hay igualdad de condiciones? ¿Cuál es el gusto de los hombres por la vulnerabilidad de las mujeres jóvenes?», continúa del Mar Ramón.

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La encuesta contempló 15 situaciones diferentes que pueden suceder en los claustros. Según el estudio, la violencia más recurrente a la que estuvieron expuestes les estudiantes fue ser testigo o haber padecido el uso de lenguaje sexista, discriminatorio o peyorativo, lo que sucedió en el 27,2% de los casos. Le siguen los saludos incómodos, “piropos”, burlas o miradas insistentes e intimidatorias, ejercidos en su mayoría por docentes, y que un 18% dijo haber recibido. La cuarta violencia más recurrente fueron los comentarios o acciones que descalifiquen, subestimen o pongan en cuestión la capacidad por el sexo. En quinto lugar quedó enviar imágenes, videos o mensajes ofensivos por redes sociales, caso en el que la mayoría declaró que había sido por parte de otros estudiantes.

El 3,7% del alumnado entrevistado declaró haber recibido propuestas o pedidos de citas en un aula, oficina, laboratorio u otro sitio de la Facultad y, sobre este total, el 49,5% provino de parte de docentes. Estas situaciones no sólo sucedieron en la Facultad (65,9%), sino que también tuvieron lugar en las redes sociales (44%), en el ámbito privado (17,6%) y en la vía pública (13,2%).

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«La cultura occidental nos ha enseñado a naturalizar las relaciones entre mujeres menores y varones mayores desde la colonia, con los años se han adaptado los márgenes de la legalidad, pero el esquema de hombre mayor se sostiene ¿No es eso terriblemente patriarcal?» inquiere Ramón y nosotres repetimos sus palabras

«Es posible construir relaciones que no sean violentas? ¿No hay en ese inherente ejercicio de sometimiento un necesario ejercicio de violencia?»

De todes les afectades, apenas un 13,8% señaló haber recurrido a alguna persona o dependencia de la Facultad para solicitar ayuda. De quienes no lo hicieron, un 27,2% entendió que no era necesario y a un 11% le dio vergüenza.

Estos números demuestran que todavía hay un hiato entre recibir una violencia y animarse a contarla. Este silencio se puede desprender de varias cuestiones: la idea de que la violencia es legítima -ya que fue buscada o provocada-, la noción de que no se trata de un acto violento si no llega al plano físico o el temor a las consecuencias académicas que pudiera acarrear el hecho de alzar la voz.

Si bien la respuesta no es el punitivismo expulsivo, el señalamiento encarnizado, el aislamiento o el abordaje de todas las violencias por igual, les estudiantes encuestades expresaron la necesidad de que se multipliquen las instancias de formación en temas de género, la promoción de derechos y la difusión de estos instrumentos.

“El protocolo no es punitivista, a menos que el caso amerite una denuncia penal. Lo que indica el protocolo es cómo se debe actuar en estas situaciones que atraviesan una zona más laxa y difusa. Lo que el protocolo genera es una forma de funcionamiento para que las personas puedan denunciar, que se las pueda acompañar, escuchar y que se puedan ejercer sanciones que tienen diferentes grados. Para poder expulsar, lo que tienen que operar son otros mecanismos que tienen que ver con la reglamentación interna de la Universidad”, explica Oberti.

Además agrega que el protocolo contempla campañas de comunicación, formación en perspectiva de género para docentes, no docentes y estudiantes. “A pesar de que la gente conoce el protocolo, recurre a mecanismos más informales. Esto tiene que ver con la poca confianza, con que no saben qué hacer o con el miedo a que exista  una sanción punitivista. Hacer la encuesta resultó fundamental para conocer los datos de algo que se sabe que existe pero no tiene números concretos: cómo es la violencia dentro de la Facultad. Lo que vamos a hacer con los resultados es trabajar en las áreas más frecuentes para cambiarlas”, finaliza la docente.