Los límites del debate

En la tiranía de la forma gana el más dúctil

Tabicado, restrictivo, poco representativo y limitante. ¿Cuáles fueron las falencias del formato del debate adoptado por el Consejo Nacional Electoral? Opinan Ricardo Rouvier y Daniel Rosso.

Que limita el debate por las exposiciones prefabricadas y estáticas. Que no permite el intercambio y cercena en sus límites la emergencia de lo político. Que niega el contrapunto, la discusión de ideas y la exposición de propuestas para centrarse en la chicana fácil, la respuesta amarillista o la evasión.

Muchas voces críticas se levantaron contra el formato establecido para el debate presidencial. Nacido por medio de la ley 27.337 de 2016, que establece que aquellos candidatos que no participen de esta instancia perderán los minutos disponibles en televisión, la organización está a cargo del Consejo Nacional Electoral y la modalidad en el centro de la polémica: exposiciones ordenadas de 2 minutos, una breve instancia de interpelación aislada y 30 segundos finales para la réplica del tema.

Más allá del análisis de ganadores y perdedores o la pregunta por la influencia real en la decisión electoral que pueda tener el debate, resulta interesante detenerse en el formato propuesto y sus limitaciones. «Más que un debate es una exposición individual de los candidatos, debido a que el formato tiene muchas limitaciones que evitan el intercambio de ideas, sobre todo al impedir el diálogo», explica Ricardo Rouvier. «Más que un debate es un soliloquio de los candidatos a presidente», explica el consultor u analista político.

La puesta en escena de los debates suele tener implicancias mayúsculas: la elección de los temas, los moderadores, la disposición de los protagonistas y el canal por el que se emite suelen ser decisiones consensuadas que impactan de lleno en la preparación de los candidatos. Si bien suelen ser más eficaces para consolidar el voto propio más que para traccionar voluntades indecisas, los debates funcionan como instancias de relativa importancia en lo que refiere a la presentación pública de los candidatos y la exposición de sus propuestas.

Daniel Rosso es sociólogo y periodista y una de las principales voces críticas contra esta modalidad de debate: «Cada vez que un discurso tomaba velocidad se encontraba con el cronómetro que lo interrumpía. La lógica general de estos espacios es el fraccionamiento», explica. «El desafío parece ser que los discursos empiecen en el segundo inicial, que finalicen en el segundo final y que en el medio no haya ningún silencio. El discurso político demuestra su aptitud, entonces, en el modo cómo se lo distribuye. Importa lo que se dice pero más importa que lo que se dice sea repartido de modo exacto en ese tiempo de fragmentos y de una forma, además, sostenida y regular», agrega Rosso.

La reglamentación estricta de los discursos y la ponderación de la forma sobre el contenido hace que los candidatos más virtuosos e histriónicos destaquen por sobre las propuestas políticas. Asimismo, emerge otro interrogante interesante que tiene que ver con los tiempos de representación y la democracia liberal: ¿es correcto que Espert o Centurión, que pasaron arañando las primarias, cuenten con el mismo tiempo de exposición que Alberto Fernández o Mauricio Macri? La puja entre «igualdad de palabra» y representatividad, generó que dos expresiones marginales de la ultra derecha argentina acapararan el doble de tiempo que el candidato votado por la mitad de los ciudadanos.

En la tiranía de la forma gana el más dúctil. En la igualdad formal cobran valor los discursos marginales. Ningún formato es perfecto, pero el anhelo por encuadrar lo político en los límites del ceremonial y el protocolo, atenta contra el pensamiento crítico, el debate y el disenso.