Los feminismos se preparan

Todo lo que es encontrarnos

¿Cuántos años tienen nuestros Encuentros? ¿Qué significó para quienes militaban el primer Encuentro en 1986? ¿Cuánto de eso se transformó? Una lectura feminista y genealógica del espacio de lucha que supimos construir.

Los feminismos vinieron a cambiarlo todo y muchas veces esto implica transformarse a sí mismos. Cuando en 1986 se realizó el primer Encuentro Nacional de Mujeres el llamado era distinto al de hoy: un país con una democracia puérpera, previo a muchos de los consensos internacionales que hoy definen nuestros derechos (por ejemplo: la Convención Belém do Pará de 1994) y con un movimiento disidente muchísimo menos visible y aún más discriminado socialmente. No había Ley de Matrimonio Igualitario ni de Identidad de Género en casi ningún país del mundo, los debates por el aborto estaban muchísimo más inmaduros (y los países que habían promovido sus leyes lo habían hecho sobre una base eugenésica, no con una perspectiva de derechos).

El mundo era distinto.

En ese contexto se realizó el primer Encuentro en el Teatro San Martín de la Ciudad de Buenos Aires y concurrieron unas mil participantes. A partir de la convocatoria se decidió continuar y que fuera cambiando de ciudad todos los años: vino Córdoba, Mendoza, luego Rosario; y fue viajando por todo el país haciendo de diferentes latitudes de la Argentina sedes de confluencia de las demandas de las mujeres una vez por año.

Según explican Amanda Alma y Paula Lorenzo en “Mujeres que se encuentran”, los Encuentros Nacionales de Mujeres tuvieron su emergencia en un contexto feminista de reconocimiento mutuo: “La metodología grupal que utilizaron fue la autoconciencia o proceso de significación de la conciencia femenina. Allí comenzaron a hablar, a descubrir sus cuerpos, en el compartir de las experiencias vividas se dieron cuenta del valor político de estas experiencias”.

Fotos: Abril Pérez Torres

Los primeros pasos

Adriana Carrasco es periodista y militante lesbiana. Tenía 23 años cuando participó de la Comisión Organizadora del primer Encuentro. “Era una pichona”, recuerda. Además cuenta: “Yo participaba de la Multisectorial de la Mujer como miembra de ATEM. El sentido del Encuentro era profundizar en el trabajo que ya se venía haciendo desde muchos sectores”. Los primeros debates en aquel encuentro eran -en algunos aspectos- muy distintos a los de hoy. Para empezar, como explica Carrasco, no había movimientos de liberación trans: el futuro era biologicista y binario. Por lo tanto, la discusión era si los maridos y compañeros de las mujeres debían participar o no. “Había una línea de grupos que venían del exilio y el comunismo que tenían la idea de que los varones luchaban a la par de las mujeres. Fue una batalla ganada que los varones cis no vinieran”, y ahí hace un comentario: “usar el adjetivo cis es un anacronismo”.

Es que en aquel momento no se nombraba como hoy a una lucha de mujeres, sí, pero también de no-binaries, lesbianas, travestis y trans; y un montón de identidades que se asocian con los movimientos feministas. En aquel entonces era, concretamente, un encuentro de mujeres.

Fotos: Abril Pérez Torres

Las emergencias

Gracias a la organización feminista se aceleraron procesos sociales y políticos que avanzaron con la inclusión de las múltiples identidades que conforman nuestro movimiento. Sin embargo, esto no fue sino a fuerza de luchas y reivindicaciones: en “Mujeres que se encuentran”, Lohana Berkins mencionó que fue recién en el Encuentro de 2003 en Rosario cuando se dejó de cuestionar su participación y la de sus compañeras. Ese año Marlene Wayar fue la primera activista trans en leer las conclusiones de un taller. Se trataba del taller de “Sexualidades”. Lohana explicó que “no sólo que se levantaron ‘en armas’  sobre todo chicas jóvenes y dijeron que Marlene podía participar y que si [quienes se opusieran] se querían ir, que se vayan, pero que ellas no se iban a ir: se iban a quedar con Marlene y a la hora de leer las conclusiones la eligieron a ella para leerlas”.

Pero aquel Rosario fue disruptivo por otro motivo más: fue el año en el que, en consenso alrededor del derecho a decidir, se enunció desde el Encuentro como una reivindicación común a los feminismos. Gracias a la lucha que ya llevaban adelante quienes participaban en la incipiente Asamblea por el Derecho al Aborto. Fue allí que las Católicas por el Derecho a Decidir repartieron los pañuelos, llenando de verde una marcha en Argentina por primera vez. “Pegamos carteles anunciando la asamblea. Y en el momento naturalmente nos subimos al escenario la compañera María Chaves al lado mío y abrimos la asamblea, ya entonces había más o menos 200 o 300 mujeres. Fue muy importante porque fue un gran impulso al Encuentro y a la lucha contra la Iglesia que como siempre había mandado su gente”, recuerda Dora Coldesky en el libro de Alma y Lorenzo.

Fotos: Abril Pérez Torres

Las consignas que continúan sumándose

Si algo caracteriza a los feminismos es su ambición: bajo la premisa de que los derechos no se negocian, las luchas se diversifican y los colectivos esgrimen nuevas estrategias para garantizar la victoria de todxs. A la lucha por la inclusión de identidades diversas y del derecho por el aborto legal, seguro y gratuito se sumaron muchas otras: la consigna #NiUnaMenos, que colmó las calles contra la violencia machista en 2015 y generó una masificación que incrementó la participación de los feminismos en la agenda mediática, la política, la vida universitaria, el sindicalismo y tantos otros espacios sociales. Poco tiempo después, a principios de 2016, re-surgieron los métodos de “escrache” para la denuncia de aquellas violencias bajo la consigna #YaNoNosCallamosMás. Múltiples identidades se unieron bajo estas premisas en una versión actualizada de la demanda contra las violencias: una comprensión compleja de lo que implican y cómo prevenirlas, denunciarlas y erradicarlas.

Luego de la experiencia de Trelew en 2018 y con las complejidades que acarrea un año electoral se realizaron demandas particulares para el encuentro de 2019 que enfatizaron, sobre todo, en la demanda por la inclusión de compañeras de todas las naciones que habitan nuestro territorio: #SomosPlurinacional se volvió una definición de hecho, a pesar de que la organización oficial insista en resistirse.

Fieles a su naturaleza, los feminismos pasaron de reunirse bajo una convocatoria para mujeres (discutiendo, incluso, si los varones debían participar) a incluir las voces y participación -nunca sin lucha- de múltiples identidades que continúan creciendo y diversificándose. La confluencia de todos estos espacios en un Encuentro implica mucho más que un espacio de toma de decisiones sobre el movimiento, sino la imagen de un movimiento social latinoamericano que asume su diversidad y hace frente a las resistencias internas. La concepción de encuentro también se dinamiza: lo que antes era el diálogo sobre la experiencia de lo privado se transforma ahora en el desborde de lo público.

 

Con todas las demandas en el cuerpo.

Fotos: Abril Pérez Torres