El Grito del Sur en Chile

23 muertos y tres mil heridos en un Chile encendido

Multitudes con banderas mapuches, barricadas, lucha de calle, 23 muertos y más de 3 mil heridos. Una nueva jornada de masivas movilizaciones en un país que despertó y parece no querer volver a calmarse.

«Esto no había pasado nunca en Chile. Nunca», grita la profesora de unos 60 años colgada sobre la estatua de Baquedano. Abajo, una multitud invade la Plaza Italia por todos sus costados y se pierde hasta donde da la vista. Banderas patrias y mapuches se confunden entre la muchedumbre: ya son dos semanas de protestas en Chile y la cosa no pareciera calmarse. A pesar de que Sebastián Piñera levantara el Estado de Sitio, reemplazara a parte de su gabinete y anunciara un paquete de medidas sociales, la calle sigue caliente y este viernes feriado llegaron hasta el centro de Santiago miles de personas para exigir la renuncia del actual presidente.

Sin convocatoria unificada ni grandes estructuras partidarias por detrás, esta tarde confluyeron una serie de protestas: por un lado, la caravana de Valparaiso, que llegó caminando casi 130 kilómetros hasta el centro político del país. Por el otro, una marcha en honor a los caídos, enteramente de negro y en silencio. La multitud que llega hasta el centro de Santiago es heterogénea, pero la mayoría de los asistentes tienen menos de 50 años y uno de cada tres lleva una botellita de agua con bicarbonato en pulverizadores con los que rocían a los que son afectados por las lacrimógenas.

Fotos: Ariel Olivares

No hay grandes columnas, ni banderas, ni partidos. La multitud es amorfa, dispersa, avanza y se repliega. Los pocos grupos con identificaciones colectivas son los hinchas de fútbol: la banda de Colo Colo por un lado, los hinchas de la U por el otro y hasta cinco tipos con tres banderas del Cobreloa. El fútbol y la política en Chile tienen una profunda simbiosis: si bien Colo Colo es el equipo más popular y lleva como identificación a un cacique, durante la dictadura militar Pinochet se montó sobre la estructura del club para ganar popularidad. Las barras bravas proliferaron en los ´80 como uno de los pocos espacios colectivos que no fueron perseguidos y Universidad de Chile ganó fama como hinchada antipinochetista y antifascista.

Fotos: Ariel Olivares

El combate de calle está a otro nivel. Los pibes, profesionalizados a base de años de represión, manejan bien la calle y avanzan en focos. Máscaras anti gas, dobles remeras y capucha, gomeras, canicas, piedras y bombitas con pintura. Limón, guantes y un protocolo implícito para replegar ordenados y sin correr, devolver las lacrimógenas por arriba y evacuar a los heridos. Hoy, del otro lado, sólo hay gases y balas de goma. La semana pasada hubo plomo puro y duro durante más de cinco días y los fallecidos se cuentan por decenas.

Los muertos llevan sus nombres en cruces blancas, en fotos pegadas en las paredes, en intervenciones artísticas, en graffitis. A los 23 asesinatos confirmados que registra la Fiscalía, se le suman más de tres mil heridos y denuncias por violaciones y abuso sexual.

Foto: Ariel Olivares

La calle parece no creer en políticos o que no existiera (aún) una representación institucional que pueda darle cauce a esta emergencia. En los barrios comienzan a surgir cabildos y asambleas de pobladores. El diálogo entre sectores continúa y se fortalece: los pensionados, los sindicatos, los estudiantes y los docentes se unifican en las calles. No hay un programa muy claro, pero el murmullo de la Asamblea Constituyente comienza a sonar con más fuerza.

Se pone el sol y el regreso a casa es tenso. Toda la Alameda esta militarizada y en cada esquina hay una fogata. De los edificios suenan cacerolas. Absolutamente todas las superficies graffiteables están graffiteadas.  Algunos permanecen en la calle gritando o prendiendo cartones. Chile despertó y parece que, por ahora, no descansa.