Golpe de Estado en Bolivia

El Golpe de Estado contra Evo Morales, minuto a minuto

Violencia interna, levantamiento policial y persecución a dirigentes de MAS se unifican con una operación internacional burda a cargo de la Organización de Estados Americanos (OEA). Toda la actualización de lo que sucede en el país vecino.

«Estoy renunciando para que mis hermanas y hermanos del MAS no sean más hostigados, perseguidos ni amenazados. Lamento mucho este golpe cívico con algunos sectores de la policía por plegarse para atentar contra la democracia, la paz social, con amedrentamiento de intimidad al pueblo boliviano», declaró en conferencia de prensa Evo Morales y las palabras sonaron a portazo final: el golpe estaba consumado. «La lucha sigue», concluyó el presidente boliviano, primero en renunciar antes de que continuaran su ejemplo el vice, Álvaro García Linera, y la presidenta del Senado, Adriana Salvatierra, siguientes en una hipotética línea de sucesión.

El golpe tuvo una escalada atroz de violencia: comenzó con el levantamiento de nueve direcciones de policía en distintos municipios del país, pero fue fogueada principalmente por dos hechos concretos. De un lado, el violento liderazgo de calle impulsado por Luis Fernando Camacho, presidente del Comité pro Santa Cruz quien, en complicidad con el candidato presidencial Carlos Mesa, agitó la violencia escalando en persecuciones a militantes del MAS, saqueos a organizaciones ligadas a Evo, linchamiento a dirigentes políticos oficialistas y un andamiaje atroz de violencia urbana, blanca y antiindigenista. El otro factor fue la intervención de la OEA: tras recibir críticas al proceso electoral (en el que oficialmente se impuso por más de 10 puntos), Evo Morales permitió la auditoría de la principal organización afín a los intereses de Estados Unidos en la región. Dejar al lobo cuidando las ovejas. La OEA declaró irregularidades en el escrutinio y prendió la mecha en ese caldo de cultivo.

Acorralado por la presión externa y con la policía y los militares sublevados, Evo convocó a nuevas elecciones. Pero, del otro lado, no encontró interlocutores válidos: Mesa, que perdió por más de 10 puntos, y Camacho, quien ni siquiera fuera candidato presidencial, no quieren nuevos comicios, quieren a Evo fuera del poder. En tanto, la Coordinadora Obrera Boliviana (COB) le soltó la mano al Presidente y los grupos que resistían en La Paz y El Alto fueron repelidos por policías. Las autoridades del Tribunal Supremo Electoral (TSE) fueron detenidas y los golpistas entraron al palacio presidencial con la cruz en alto y la bandera de Bolivia.

Bolivia vive horas de tensión. Durante gran tiempo se temió por la integridad física de Evo Morales y Álvaro García Linera. Incluso, Argentina, Perú y Chile negaron el espacio aéreo para que saliera del país el Presidente y la cancillería de México debió extender su solidaridad para ofrecer refugio a quien fuera durante 13 años mandatario del país con mayor crecimiento y redistribución del ingreso de América Latina. Las últimas informaciones hablaban de gestiones cerradas con México y de un Evo instalado en el Chapare, la región cocalera que lo viera nacer como dirigente sindical.

La ONU, Rusia y el Grupo de Puebla condenaron el golpe, pero el grueso de la comunidad internacional mira hacia otro lado. La tibia respuesta de la Unión Europea fue el llamado a nuevas elecciones. Demasiada moderación 24 horas después de que el comandante general de la Fuerza Armada de Bolivia, Willimas Kaliman, le sugiriese al presidente Evo Morales que renunciara a su cargo.

Mientras tanto, algunas escenas marcan el carácter del golpe: las poblaciones más humildes de El Alto resistían en la calle, en la media luna petrolera del Oriente todo era euforia. Al tiempo que pequeños grupos sostenían piquetes en defensa de la democracia, oficiales de policía recortaban las Wiphalas de su uniforme al grito de «Ahora somos república». Militares, golpes de Estado y violencia supremacista. Se repite una historia que llegamos a pensar que había terminado en América Latina.