Daniel Jadue

«La única salida real es que se invite al pueblo a discutir una nueva Constitución»

Arquitecto, sociólogo, alcalde de Recoleta, militante del Partido Comunista y uno de los pocos dirigentes políticos que puede pisar las manifestaciones sin ser repudiado. "¿Cuántos muertos más necesitamos para acusar constitucionalmente a Piñera?", se pregunta.

Daniel Jadue nos recibe en su despacho de la alcaldía de Recoleta, comuna ubicada al norte de la ciudad de Santiago. Detrás suyo cuelgan fotografías en familia, retratos del Che e imágenes de Palestina. Sobre la mesa, una maqueta de las viviendas sociales que la comuna impulsa por medio del proyecto de inmobiliarias populares. Con farmacias y bibliotecas populares, fuerte trabajo en las poblaciones más vulnerables y un discurso claro y contestatario, este dirigente del Partido Comunista se ha convertido en una de las referencias de la izquierda chilena en momentos donde la calle exige cambios de fondo.

¿Cómo le explicarías la crisis chilena a alguien de Argentina?

Los dos países tenemos una historia común en los últimos 40 años: ambos salimos de una dictadura impuesta por EE.UU. con la derecha más extrema, pero las salidas fueron distintas. Argentina defenestró el modelo y generó una Constitución que, para bien o para mal, le permitió elegir la dirección política que el país quería tomar. En Chile esto no pasó: tras la derrota formal de la dictadura, se arreglaron para dejar el sistema instalado y amarrado constitucionalmente. Tenemos una Constitución neoliberal, impuesta en dictadura y que nunca fue discutida. Cada vez que asumía un gobierno que no era neoliberal se encontraba con esta Constitución y todas las veces que trataron (no muchas) de hacer cambios, el candado constitucional se los prohibió y terminaron acomodándose y profundizando el modelo. Esto, en un contexto de mejoramiento de un conjunto de indicadores, hizo sentir que el país iba mejorando. El tema es que, en este proceso, el neoliberalismo empieza a agotarse a nivel mundial, bajan las tasas de ganancia y ellos deciden aplicar el programa neoliberal a ultranza. En Argentina, cada vez que se trató de aplicar, salieron a la calle y dieron vuelta el país, pero acá en Chile el programa ya estaba instalado: había una «normalidad neoliberal» en democracia. Entonces, esto se fue deteriorando en el largo plazo: incluso, los gobiernos de la Concertación, que hablaban de crecer con equidad, terminaron renunciando a sus principios. Y es en este contexto que para mantener las tasas de ganancia empezaron a subir todo y encarecer el costo de la vida.

Fotos: Ariel Olivares

¿A qué te referís cuando hablás de subir todo?

En Argentina, la universidad es gratuita: acá la universidad más barata es más cara que el sueldo mínimo; por lo tanto, ninguna familia del 70% más pobre puede mandar a sus hijos a la universidad. Acá los medicamentos cuestan 4 o 5 veces más que en Argentina, donde no son baratos, pero incluso hay gente que va desde acá a Argentina a hacer turismo médico porque prefiere pagar el pasaje y traer remedios para un año que comprarlos acá. En términos de transporte público, a diferencia de Argentina, acá no está subsidiado: el precio flota todos los años, el Estado le asegura a los empresarios del transporte las utilidades y esto nos lleva a que hoy el pasaje cueste unos 1,3 dólares (NdR: 80 pesos argentinos). La electricidad en una casa promedio no baja de los 30 dólares (NdR: 1800 pesos argentinos). Uno va sumando, incubando rabia y frustación, a las que se le añaden que los salarios crecen por debajo de las utilidades de las empresas, incluso menos que el índice de precios. Algunos dicen que no la vieron venir, pero nosotros venimos denunciando esto hace 20 años.

En Argentina el neoliberalismo fue derrotado en las urnas, con la experiencia de unidad del Frente de Todos y con el regreso de un gobierno peronista. Acá, cuando se recorren las marchas, se siente una fuerte desconfianza en la política. Lo insurreccional y lo institucional están muy escindidos. ¿Cómo lo ves desde tu lugar de alcalde y como militante que también está en las calles?

Confianza en el diccionario se define como «tener la certeza de que algo va a pasar». Las instituciones políticas están bastante bajas en confianza ciudadana porque, no importa por quien votes, la mayoría dice que no tiene certeza de que lo que dicen vaya a pasar. Acá dejaron avanzar el programa neoliberal y mira en lo que terminamos: hay desconfianza porque todavía prevalece el mito del pensamiento único, producto de la caída de la experiencia soviética y aún no sabemos cómo construir una alternativa. Hay una deuda gigante de la izquierda latinoamericana en dejar que la derecha tomara banderas que son nuestras y se las apropiara: la eficiencia, la eficacia, la participación, la innovación o la transparencia. Claramente hay un problema de la centro-izquierda que se dejó permear por los valores del neoliberalismo; incluso tenemos fracciones a las que les resulta mucho más fácil encontrar un enemigo dentro de la izquierda que fuera de ella.

Fotos: Ariel Olivares

En ese contexto, ¿es posible pensar un frente de unidad contra el neoliberalismo?

Yo creo que es posible, sobre todo después de lo que está pasando hoy. Si me lo hubieras preguntado hace dos semanas yo no lo veía igual porque hay gente que está con la tesis de construir su identidad personal, otros que se quieren fortalecer en el centro, pero no se muestran como alternativa efectiva para cambiar. Pero hoy creo que es posible.

¿Cómo ves la salida de la Asamblea Constituyente?

El Partido Comunista se definió hace 30 años por la Asamblea Constituyente. Acá tenemos un problema muy serio: todos los partidos de la centro-izquierda, en sus congresos ideológicos, se han definido por una Constituyente pero sus diputados, cuando están en el Parlamento, actúan completamente en contra de lo que piensan sus partidos. Nosotros, en el gobierno anterior, partimos de un proceso constituyente que comenzó con cabildos que debían sistematizar sus propuestas y enviarlas al Congreso para que fuera plebiscitada allí, porque no existía otra institucionalidad en Chile. Hoy día, lo más sensato es que -con lo sistematizado de los cabildos que se están dando sumado a los que ya se hicieron- se convoque al pueblo a que defina el camino constitucional que quiere: si es el Congreso, una Asamblea Constituyente o una convención mixta de todas las autoridades electas democráticamente. Nosotros somos partidarios de la Asamblea Constituyente, sin ninguna duda ni medias tintas, y no le tenemos miedo a que los chilenos se junten y digan qué pacto social quieren, por primera vez en su historia.

¿Piñera tiene que renunciar?

Uno de los dolores que tiene Chile en su alma es que vivió más de 25 masacres de trabajadores y de población civil e indefensa a manos de agentes del Estado. Los perpetradores de esas masacres tienen calles, monumentos, estatuas a su nombre y las víctimas y los familiares de las víctimas han tenido que vivir doscientos años viendo esta impunidad en las calles. Uno de los sentimientos que recorre Chile es que esto también tiene que cambiar y que a ningún presidente más, que ose cometer una masacre contra su pueblo, debiera salirle gratis. Por lo tanto, el tema no es que renuncie Piñera sino hacer una acusación constitucional y destituirlo para darle cauce al proceso democrático. Hay gente que dice «lo elegimos por cuatro años» pero cuidado: en EE.UU. , la «gloria» de la democracia para algunos, también se le está haciendo un juicio político al presidente. La Constitución de Pinochet, que tanto defiende la derecha, dice que en situaciones de crisis hay una salida constitucional: existe la posibilidad de juzgar políticamente al presidente por crímenes de lesa humanidad, por violaciones a los DD.HH. durante su mandato. Entonces, uno se formula la pregunta al revés: ¿Qué más tiene que pasar para que uno piense en acusar constitucionalmente al presidente? ¿Cuántos muertos más necesitamos? ¿Cuántos centros de torturas, cuántas niñas y mujeres abusadas sexualmente?

¿Cómo ves la emergencia de la ultraderecha en Chile en la figura de José Antonio Kast?

Algunos colegas cercanos están muy preocupados, pero yo hace mucho tiempo que no: Brasil y Macri ayudan mucho, ahí está la demostración de lo que son capaces de hacer. Brasil entró en recesión, el hijo de Bolsonaro renuncia porque dice que los cambios que quiere hacer no pueden realizarse en democracia y está acusado por el crimen de una dirigente social. Mientas tanto, en Colombia la derecha ha matado a más de 300 dirigentes sociales. Éstas son modas pasajeras que se dan cuando la izquierda está en los gobiernos, pero que no tienen larga vida. Tienen ciclos muy cortos. No sé si en Brasil, quienes votaron por Bolsonaro están felices.

¿Cuál es el desenlace de este conflicto? ¿Hacia dónde va?

Chile quiere un contrato social por primera vez en su historia. Quiere cambios de modelo, un Estado que no sea subsidiario sino que asegure derechos sociales, que no haya nadie que se jubile con una pensión que le impida vivir dignamente. Que suban los salarios y que haya cambios estructurales en salud y educación, que haya un enfoque de derechos totalmente distinto al que existe hoy. Esto no se puede lograr sin un cambio constitucional, porque la Constitución de hoy es neoliberal. Pueden venir dos posibilidades: que el conflicto vaya decreciendo porque el movimiento se agote, que es la apuesta del gobierno. Eso va a conducir a que el movimiento decrezca temporalmente pero se siga acumulando la indignación. Y la otra posibilidad, la única salida real a esta crisis es que, en vista de la agenda social de mejoras en las condiciones de vida de los mas vulnerables y la necesidad de cambios estructurales, se invite al pueblo a discutir una nueva Constitución. La única salida es que esto parta de un plebiscito, pero la derecha le tiene miedo a la democracia, a los referéndum, a todos los elementos de democracia directa.