Políticas de comunicación para la infancia

Zamba contra el conejo Buggs y el pato Donald

A sólo cinco días de ganar en primera vuelta, Alberto Fernández puso el foco en el rol de la cultura y los consumos mediáticos en la infancia. “Los dibujos animados son una forma de control social y Bugs Bunny es un gran estafador”, sentenció y reabre la discusión por las políticas de comunicación para niñes.

A tan sólo 5 días de haber resultado ganador en primera vuelta y siendo consagrado como el próximo presidente de las y los argentinos, Alberto Fernández decidió poner el foco en el rol de la cultura y los consumos mediáticos en la niñez y la adolescencia. En el marco de una charla abierta con el ex presidente uruguayo José “Pepe” Mujica, el presidente electo arrojó: “Los dibujos animados son una forma de control social y Bugs Bunny es un gran estafador”.

En este corto tiempo Alberto Fernández ha logrado dar señales claras sobre las posiciones respecto a la política exterior, la legalización del aborto, la estigmatización de la pobreza y finalmente en función a la centralidad que deberá tener el debate cultural y las políticas de comunicación para la infancia en la próxima etapa. Estos debates, relegados y ninguneados por la gestión de Cambiemos, tienen un fuerte hilo conductor con la disputa hegemónica que arrancó CFK en el año 2008 luego del conflicto del campo.

A partir del año 2008 y con el conflicto con el sector agrícola como parteaguas, comenzaron a surgir de manera deliberada y planificada políticas culturales tales como los festejos del Bicentenario, Tecnópolis, la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, el desarrollo de medios públicos como canal Encuentro y Paka Paka, del que nace Zamba, un niño morocho, formoseño y de guardapolvo blanco que viaja en el tiempo hacia distintos acontecimientos históricos de nuestro país y de América Latina. Zamba no fue un hecho aislado, sino que fue hijo de su época y de una serie de políticas públicas pensadas para disputar el sentido común y la hegemonía cultural.

Sin ir más lejos, apenas una semana antes de finalizar su segundo mandato como Presidenta de la Nación, Cristina Fernández de Kirchner encabezó un acto en la Ex-Escuela de Mecánica de la Armada y aseguró: “Ahora no nos meten más al Pato Donald, ahora tenemos a Zamba, San Martín, Belgrano, la Juana Azurduy. Ahora tenemos a nuestros propios héroes, hechos realidad y cultura para todos los argentinos. Libertad, cultura, memoria, verdad y justicia, para siempre y para todos”. Cristina concluyó su discurso, mientras los asistentes al acto se despedían entonando al unísono “Zamba sí, Donald no”.

La historia de Zamba y su triste final destrozado en algún lugar de Tecnópolis es ya conocida, pero luego de 4 años y bajo un cambio de modelo político, económico y cultural, la discusión sobre las políticas de comunicación para la infancia vuelve a tomar color y sentido.

Al momento de pensar la comunicación para la infancia en Latinoamérica y los paradigmas políticos y culturales que operan en esa construcción, resulta ineludible referirse a uno de los más célebres trabajos en este campo: “Para leer al Pato Donald”, de Ariel Dorfman y Armand Mattelart. El trabajo se proponía analizar la manera en que las categorías políticas construidas por el imperialismo operaban en las historietas para la infancia producidas por Disney. Si bien sus autores lo definieron como un “manual de descolonización”, rápidamente el libro se convirtió en una referencia ineludible de lo que comenzaría a ser la escuela crítica latinoamericana en comunicación y una iniciativa pionera a la hora de rediscutir la infancia y su politización.

La hipótesis que intentaremos refrendar sostiene que existen dos paradigmas opuestos en la comunicación para la infancia que, respondiendo a intereses políticos antagónicos, buscan abonar a un proyecto de construcción de hegemonías con su respectiva concepción sobre la infancia y, por ende, sobre los valores que merecen ser transmitidos a los niños. Por un lado el Pato Donald, como representante incuestionable de la industria norteamericana de comunicación para la infancia y del otro Zamba, expresión de las tensiones entre un gobierno de corte popular en lucha por la hegemonía cultural y el entramado de monopolios mediáticos en la Argentina de principios del siglo XXI.

Donald es un pato (la animalización de una infancia «apolítica, carente de conflicto e inocente») que vive en función de la búsqueda de oro, que no trabaja y se sostiene en la dependencia económica de su tío rico. Se presenta como un ciudadano universal, pero construye un «otro» mexicano, negro o chino, siempre estereotipado y que merece ser estafado. Además, las protagonistas mujeres siempre son brujas inteligentes o jóvenes atractivas, inocentes y bellas. Del otro lado Zamba, morocho, emplazado en su tiempo y su lugar, travieso, crítico y empático. Zamba no traiciona el contrato de lectura con el espectador, no es el transmisor del conocimiento enciclopédico, sino que ese rol lo ocupa «El Niño que lo sabe todo» y Zamba es tan sólo un chico común y corriente, que viaja en el tiempo.

La historia de las caricaturas argentinas tiene otro antecedente nefasto: Hijitus, un civil al servicio de las fuerzas policiales, amigo del comisario y de Oaki, el hijo delincuente del burgués inglés. Hijitus cumple una función adoctrinadora y moralizante, es la voz de la ley y las buenas prácticas de una sociedad de control, y un profundo enemigo de la contradicción y la duda, expresadas en el personaje de Larguirucho. Al igual que en Donald, en Hijitus las mujeres son brujas inteligentes y malvadas, como Cachavacha, o objetos sexuales y de deseo, como la vecinita de enfrente.

La afirmación de Alberto Fernández abre definitivamente la reflexión sobre una comunicación para la infancia y la adolescencia con matices propios y con valores que no abonen al proyecto capitalista per se. Un paradigma que deberá contener discusiones distintas a las que tuvo Zamba en su momento. Seguramente la cuestión de género y la educación sexual ocupen un rol central en la construcción de un nuevo paradigma. Pero además, se deberán repensar las estrategias para esos pibes y pibas que no sólo ven Bugs Bunny sino una serie infinita de producciones estadounidenses, puedan/ decidan elegir consumir contenidos Nac&Pop.