Encuesta Nacional de Uso del Tiempo

El tiempo es dinero, ¿para nosotres también?

En el año 2020, la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo será parte de la Encuesta Permanente de Hogares. Otra batalla ganada por el feminismo para cuantificar el trabajo de cuidados no remunerados que realizan mujeres y feminidades dentro (y fuera) de los hogares.

A partir del año entrante, la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo se integrará a la Encuesta Permanente de Hogares. Esto permitirá medir la cantidad de horas que destina cada persona al trabajo de cuidados, teniendo en cuenta género y edad. Por ahora el trabajo realizado en los hogares no sólo no es remunerado, sino que no forma parte de los indicadores económicos nacionales como el PBI y el gasto público. ¿Por qué es importante medir el tiempo? ¿Cuánto de nuestro trabajo cotidiano queda invisibilizado en los mandatos patriarcales? ¿Para nosotres también ‘el tiempo es dinero’?

El tiempo es, para la esfera económica, una variable importante en los análisis. Casi todo puede medirse y pensarse en función del tiempo: sabemos, por ejemplo, cuánto nos pagan por hora en el mercado laboral formal o cuánto es el interés de un plazo fijo a determinada cantidad de días. Actualmente, incluso se mide hasta los segundos en el que une usuarie navega por una página de internet. El tiempo, entonces, también puede medir las desigualdades de género.

La Encuesta Nacional del Uso del Tiempo pretende e intenta valorizar a través de datos y estadísticas el uso del tiempo, especialmente en las mal llamadas “tareas domésticas”. Por ahora solo se llevó a cabo en el 2013 en urbes, lo cual deja grandes interrogantes sobre cómo actúan las desigualdades de género en el campo.

Ilustración: Montse Galbany

En Argentina, las mujeres le dedicamos el doble de horas al desarrollo de tareas del cuidado (del hogar y/o personas adultas/niñes): 6,4 horas diarias nosotras, 3,4 horas ellos. Además, casi el 90% de las mujeres “participamos” de las tareas del cuidado, mientras que el porcentual de varones es de menos del 60%. A su vez, la brecha entre hombres y mujeres se acentúa o reduce según la localidad: en Salta, por ejemplo, de 100 varones, menos de 50 realizan trabajos del cuidado mientras que ese número aumenta a más de 85 en las mujeres (de 100 mujeres, más de 85 trabajan en el hogar). El tiempo que se dedica tampoco es uniforme: Tierra del Fuego, Tucumán y Mendoza son las provincias con mayor cantidad de horas diarias que le dedican las mujeres a las tareas del cuidado (8,1 hs; 7,3 hs y 7,4 hs diarias respectivamente), mientras que en provincias como Río Negro o CABA la cantidad de horas diarias disminuye a 4,4 y 4,9. Además, es interesante contrastar el uso del tiempo en tareas del hogar cuando en la casa vive un menor: cuando la “familia” convive con un menor de 6 años, el 96% de las mujeres dedican tiempo diario a las tareas del cuidado con 10 horas diarias promedio a las mismas.

Como informó Economia Femini(s)ta según datos de la CEPAL (2017), en América Latina la proporción de tiempo dedicado a quehaceres domésticos y cuidados no remunerados de las mujeres más que duplica a la de los varones en la mayor parte de los países. Si sumamos el trabajo pago y el no pago, a nivel global, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) estima que las mujeres trabajan 2,6 horas diarias más que los hombres en promedio. Pero además, si se considerara el valor económico de estos trabajos no remunerados en relación al Producto Bruto Interno (PBI), encontraríamos que en México equivale al 24,2%, en Colombia al 20,4% y en Uruguay al 22,9%. En muchos casos, sería un sector con más participación en la economía general que la industria.

Ilustración: Montse Galbany

La carga excesiva de trabajos “domésticos” en los cuerpos feminizados (mujeres, pero también niñas) quita la posibilidad de otras actividades del goce, del estudio, del trabajo, de la militancia. La limitación que genera el tiempo dedicado al trabajo doméstico es económica, pero también es psicológica/emocional. En relación a esto es importante mencionar un patrón común: sucede bastante seguido que, si bien se llevan a cabo las tareas del cuidado por otros miembros de la familia, la gestión de las mismas queda derivada en las mujeres. “Yo te ayudo, pero vos decime cómo” el mensajito de WhatsApp preguntando cómo cocinar tal cosa, dónde está el jabón de la ropa, a qué hora hay que buscar a lxs chicxs al colegio, etc.

Como explicó la filosofa italiana Silvia Federicci:“El trabajo doméstico es un trabajo de producción. La diferencia es que lo que produce no son mercancías, son seres humanos. Es la capacidad de trabajar. Entonces es un trabajo más importante que el trabajo de la fábrica, de la producción de petróleo, porque es el trabajo que produce a los productores mismos”.

Ilustración: Montse Galbany

Pensar cómo reducir las desigualdades

Después de la Primera Guerra Mundial, especialmente, el mercado laboral femenino encuentra un punto de auge y su crecimiento es exponencial. Es importante no menospreciar la independencia económica que encuentran las mujeres en la modernidad, pero sí entender que las mujeres no dejamos la casa para dedicarnos al trabajo formal y remunerado: ahora hacemos las dos cosas.

La Encuesta del Uso del Tiempo es una herramienta clave para integrarse a otros censos y encuestas y la decisión de realizarla es política. No es indiferente la conjunción de datos: quienes más horas diarias dedicamos a las tareas no remuneradas y muchas veces no reconocidas somos las mujeres y también somos nosotras a quienes más afecta el desempleo y quienes más sufrimos la informalidad laboral. Entender que el trabajo de cuidados sustenta la economía capitalista y libera al Estado de responsabilidades que debería tomar, contribuye a entender la importancia de su remuneración.

Por eso cuantificar la diferencia en el tiempo que destinan las mujeres y los hombres a las tareas dentro de los hogares permite cuestionar la distribución de las mismas y pensar nuevas políticas públicas destinadas a generar estructuras municipales/provinciales/nacionales que se integren a las redes de cuidado: centros de salud y educativos acordes a las demandas del territorio, licencia de paternidad compartida, guarderías en los lugares de trabajo, apoyo escolar institucional, entre otras.