María Del Mar Ramón

Hacer halago el estigma: coger y comer sin culpa

Con el testimonio como columna vertebral, María Del Mar Ramón se adentra en el placer y el dolor rompiendo para adentro y para fuera del movimiento el estereotipo feminista.

Migrante colombiana, activista del goce, fundadora del colectivo “Viejas Verdes” en su tierra natal y “Red de mujeres” en la nuestra, María del Mar Ramón agudiza un gesto troncal del feminismo: apropiarse del estigma para convertirlo en halago. Con su experiencia personal como médula y punta de lanza en “Comer y Coger sin culpa. El placer es feminista”, su libro editado por Planeta de Libros, indaga en zonas de dolor pero también de placer. Los espacios vedados y las grietas por donde puede entrar el disfrute y la exploración propia forman un paisaje que se navega fácilmente, un libro que si es proceso personal también es la amplificación de una voz colectiva, una voz que se convierte en tinta sana. Bajo el paraguas de las amistades feministas y nunca lo suficientemente lejos del salitre de las playas colombianas que envuelven su nombre, María Del Mar se anima a romper estereotipos fuera y dentro del movimiento y nos empuja para permitirnos algo: comer y coger sin culpa.

Escribiste sobre temas que para muchas y muches aún siguen siendo tabú. ¿Cómo fue el proceso de animarse a exponer tu historia personal? 

Primero fue un privilegio tener un espacio para escribir sobre temas relativamente libres y poder registrar mi voz. Después surge un poco el hartazgo de tener que caretear. Nunca me imaginé que las cosas que escribí tuvieran tanto impacto porque para mi era un descargo, algo muy personal. Cuando me llegan mensajes diciendo “me sentí identificada con lo que escribiste”, me siento un poco desolada. Yo hubiera querido que la gente no se encontrara en esos relatos un poco crueles de cómo ha sido mi adolescencia y cómo es la socialización bajo los mandatos patriarcales y violentos. Entonces el proceso fue un poco cultivar esa honestidad y lograr que la escritura esté lo más desprovista de poses. Fue muy interesante poder decir algunas cosas que al fin de cuentas me daba miedo que me dijeran a mi. Fue como liberarse de una carga en la espalda apropiándose de la palabra que nos lastima para poder ponerlo en otros términos. Todo lo que hacemos como feministas tiene la potencia de lo colectivo. Lo que decimos incluso cuando es personal es un logro conjunto y es importante reconocer la trayectoria de mujeres, lesbianas, travestis y trans que nos precedieron.

Hablás del consentimiento y sus límites. ¿Cómo se hace para determinar esas zonas grises sin ser punitivista ni exponerse? ¿Se puede construir un sexo placentero en un sistema que sigue siendo patriarcal? 

Yo creo que para determinar esas zonas grises sin ser punitivista hay que hablarlo. Es un error determinar que ya conocemos las reglas del juego y que son estáticas, porque justamente lo que hace complejo el consentimiento es que es un concepto súper dinámico y que está lleno de matices. Poder hablarlo, poder problematizarlo, darle importancia, identificar agresiones, las violencias en el marco de las relaciones sexuales, cuáles son consentidas, cuáles fueron de alguna manera consentidas porque las mujeres no pudieron decir que no y pasó a ser algo tácito, es fundamental para transmitir lo que nos gusta y lo que no. Creo que empezamos a hacer este ejercicio a través de diferentes prácticas, por ejemplo el sexting que yo lo menciono un montón o las nudes. Nos enseñaron que se cogía mediante un libreto de penetración-eyaculación, completamente heteronormado y absolutamente silencioso que nunca nos permitía el diálogo en medio de las relaciones sexuales. No consienten igual los varones que las identidades feminizadas porque no tenemos la misma capacidad ni las mismas cosas que perder. Nosotras no sólo tenemos que perder sino que temer y eso no es necesariamente culpa de los hombres, sino que es un problema estructural que se traslada al ámbito íntimo. Yo sí creo que a través de la verbalización podemos hacer un sexo más placentero sin dejar de recordar que, aún estando, la pregunta se puede caer en zonas grises.

Fuente: Telam

Hablando de placer, la reivindicación a la paja es uno de los temas principales del texto. ¿Qué herramientas sirven para sacar a la paja del closet?

Para sacar la palabra del closet hay que hablar de la paja y antes de eso hay que hacerse la paja. Esta es una práctica súper invisibilizada para las identidades feminizadas y que en nuestras vidas recién ahora estamos empezando a reivindicar. También hay algo polémico en decir “la paja” porque es una disputa apropiarnos de una terminología relegada a los varones. Todos sabemos que los varones se han hecho la paja desde hace mucho tiempo y eso está aceptado y representado, pero cuando hablamos de nuestra paja hay una necesidad de usar eufemismos. A mi me parece muy valioso tomar la palabra cotidiana para nombrarlo y socializar los métodos para hacernos esas pajas. Esto está pasando y se ve no sólo en las plataformas sino en los juguetes sexuales que tuercen un poco esta idea falocéntrica de vergas enormes. Que podamos dar la conversación pública sobre esta práctica es algo muy importante buscando darle la misma legitimidad que a la paja masculina. Conocer lo que nos genera placer es adueñarnos de nuestro cuerpo y dejar de pretender que el otro lo encuentre, algo común en las relaciones heterosexuales.

«Hay que romper la concepción de que el silencio es hot»

Otro de los temas es el cuerpo y los trastornos alimentarios. Esto es tomado desde el feminismo como una cuestión superficial. Vos lo ponés sobre la mesa y demostrás que a pesar de las convicciones puede seguir siendo un problema. ¿Qué creés al respecto? 

No creo que el feminismo lo entienda como algo superficial, sino que a veces creemos que sabiendo la teoría ya está superado, es como decir ‘esto es el patriarcado’ entonces ya lo resolvimos. Yo creo que es necesario reconocernos como sujetas en la terrible contradicción de entender los fundamentos de un problema y sin embargo no poder cambiarlo. No poder porque el sistema no cambió, si bien de a poco hay representaciones de cuerpos diversos el tema no está saldado y sigue habiendo discriminación y mandatos muy fuertes sobre la delgadez. Hay una dimensión íntima en reconocer que muchas de nosotras tenemos atrofiada la perspectiva propia sobre nuestros cuerpos, tenemos una dimorfia corporal muy difícil de resolver, especialmente las que sufrimos trastornos alimentarios. Creo que es un buen paso exponerlo como un mandato militante para saldarlo porque sino entramos en la contradicción que sintiendo una especie de culpa de ser feministas y no haber podido resolver la incomodidad con nuestro propio cuerpo. Es necesario rodearse de compañeras feministas y dejar la fiscalización de los cuerpos en todos los ámbitos de nuestra vida, pero yo no creo en las soluciones por mantra o creer que algo se resuelve porque lo sabemos o por la lógica del amor propio. No es una solución individual o una frase en Instagram, es un sistema que sigue dando privilegios a los cuerpos flacos. El amor propio es una cuestión colectiva y no el mandato de amate a ti como una imposición durísima por no saber, es fácil crear un estigma de “mala feminista”. El debate no está saldado y aún si cambiamos el sistema después tenemos que trabajar mucho sobre nuestras subjetividades, nuestros ideales de belleza y nuestras propias versiones de nosotras mismas. Es necesario hablar al respecto y esquivar los mandatos porque no podemos desde el feminismo generar nuevas imposiciones de cómo tenemos que ser.

El testimonio es una de las mayores armas del feminismo y tu libro ya está teniendo alta repercusión en parte por eso. ¿Cómo te sentís al respecto?

Yo creo que con el testimonio pasan dos cosas: es difícil que no sea un ejercicio egocéntrico pero era la mejor arma que tenía. Yo no soy una académica del feminismo ni generé teoría. No me interesa a mi tirar postas, porque no las sé y porque creo que es mucho más interesante el ejercicio de generar -y generarnos- preguntas. El testimonio tiene algo potente que es la posibilidad de identificación. Era lo que yo podía hacer y lo que me interesaba para hablar de manera totalmente desprejuiciada y sin vergüenza. Por otro lado, hay una cosa que dijo Judith Butler cuando vino que fue “nuestras historias personales importan en tanto y en cuanto logremos identificar qué es lo que nos conecta con las demás historias”. Creo que ahí hay una búsqueda importante. A la gente no le interesan mis momentos felices, esto no es una autobiografía, esto tiene una clara línea conductora de cómo el placer me fue censurado, castigado y aleccionado y como yo creo -a través de una interpretación del patriarcado- que esto es algo que le pasa a muchas mujeres e identidades feminizadas. Yo quise escribir algo que me guste y que me gustaría haber leído antes y eso fue muy reconfortante, fue como un abrazo que me hizo sentir menos sola. La búsqueda es eso, que la gente que lo lea se sienta menos sola en lo que la lastima. Es muy valioso que las mujeres seamos las que tomemos la palabra pública en este momento, que tomemos la palabra editorial e intentemos ser cada vez más interseccionales y diversas. Creo que hay que aprovechar este momento donde nuestras historias y nuestra forma de ver el mundo cobra valor.