Corina Rodríguez Enríquez

«Como en toda crisis, las mujeres estamos sobrerrepresentadas en los espacios de vulnerabilidad»

La cuarentena aumentó considerablemente las tareas de cuidados dentro y fuera de las casas. La economista Corina Rodríguez Enríquez se atreve a pensar con El Grito del Sur el impacto que dejará esta crisis sobre los cuerpos de las mujeres y femineidades.

Nadie, ni el más negativo de los argentinos y las argentinas, hubiera pensado el 1 de enero del 2020 -mientras realizaba su planificación del año- que un par de meses después el mundo nos encontraría paralizados como estatuas de sal, obligados a replegarnos en nuestras casas. La cuarentena, fruto del COVID-19, subvirtió el orden de lo normal y modificó las rutinas de miles de millones de personas alrededor del mundo.

El encierro enfatizó las desigualdades, reforzó los prejuicios y sumó más violencia, ya que para muchos su casa -lejos de ser calor de hogar- es un territorio hostil. La cuarentena también aumentó considerablemente las tareas de cuidados dentro y fuera de las casas, dejando en claro que, si nadie se salva solo, tampoco nadie se salva sin alguien que lo cuide. Este tipo de trabajo, tanto a nivel material como simbólico, ha sido asignado históricamente a las mujeres y así se mantiene hasta el día de hoy: una mujer se está haciendo cargo de otros mientras lees esto. En esta línea venía trabajando el Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad antes de la pandemia y deberá continuar más adelante a fines de capitalizar en forma de nuevos derechos la pregnancia que tomó el tema en la agenda pública.

Corina Rodríguez Enríquez es economista, magíster en Políticas Públicas, doctora en Ciencias Sociales e investigadora en el CONICET. Hace varios años estudia la economía del cuidado, dejando en claro que estos trabajos sostienen al mundo, casi como si fueran la tortuga que los antiguos filósofos hindúes imaginaban.

A la distancia y en un diálogo telefónico, la economista se atreve a pensar con El Grito del Sur el impacto que esta crisis tendrá sobre los cuerpos de las mujeres y femineidades.

El coronavirus generó un aumento del trabajo de cuidados no remunerado para las mujeres. ¿Cómo impacta esto en su cuerpo?

Lo importante es tener en cuenta el punto de partida. La cuarentena opera en un panorama donde las desigualdades son notorias, donde hay desigualdades de género que se entrecruzan con desigualdades socioeconómicas. Si bien se dice que esta crisis sanitaria no discrimina ni por clase ni por género, lo cierto es que las consecuencias van a tener un impacto diferente en las personas según las dimensiones de la desigualdad. En ese sentido, respecto a las diferencias entre varones y mujeres podemos señalar varias cosas. Una es que la crisis ha impactado fuertemente en el tiempo dedicado a los cuidados, que en su mayoría seguimos realizando las mujeres. Las medidas que se han tomado, por ejemplo las suspensiones de las clases, implican que aquellas tareas que antes podían derivarse a otros lugares, ahora se atienden en las casas. Esto se potencia cuando se combina con el home office. Las que tenemos la posibilidad de hacer teletrabajo -que no somos todas-, por un lado, tenemos el beneficio de seguir generando ingresos, pero por otro, combinado con las responsabilidades de cuidado que no podemos delegar, nos genera mucha más presión. En algunos casos -y acá creo que también tiene que ver con una cuestión socioeconómica- que los varones estén en la casa refuerza esto. En esos sectores sociales donde los roles culturales respecto al cuidado todavía son muy arraigados, los hombres no aprovechan el tiempo libre para ayudar sino que generan más demanda.

¿Y en lo económico?

Ahí hay cuestiones específicas. Por ejemplo, en el caso de las trabajadoras de la salud. El trabajo en la salud es una trabajo feminizado, especialmente en aquellos roles menos jerárquicos que tienen más cercanía con los pacientes. Las enfermeras, el personal de limpieza -al que en muchos casos no se le provee del instrumental de protección- son las que quedan más expuestas. Luego está el caso de las trabajadoras del servicio doméstico. Por un lado, quienes en efecto están cumpliendo la cuarentena y no pueden trabajar, es probable que no estén cobrando al tratarse de una actividad tan informal. Por el otro, las trabajadoras que viven en las casas de sus empleadores tienen que seguir haciendo sus tareas, muchas veces sometidas a condiciones más propensas al contagio porque son las que salen a hacer las compras, las que manipulan las cosas que vienen de la calle, etc. Además están las trabajadoras de la economía informal, que  probablemente en este momento hayan visto reducida o directamente detenida la generación de ingresos. Ese es uno de los aspectos donde se puede ver que el impacto económico de la cuarentena afecta más intensamente a las mujeres. Creo que es un conjunto de singularidades que abarcan a muchas personas. Como toda crisis tiene su sesgo de género, como en toda crisis las mujeres estamos sobrerrepresentadas en los espacios de vulnerabilidad. Es todavía muy incierto cuándo y cómo vamos a salir de esto.

¿Hay posibilidad de que la crisis sirva para visibilizar la importancia que tienen en la sociedad los trabajos de cuidados o sólo va a ser más peso para las que siempre lo sostuvieron?

Creo que venimos socialmente en un proceso lento pero sostenido de visibilización de los trabajos de cuidado y en este caso la coyuntura suma. En el contexto de pandemia se ponen en evidencia dos cosas: la importancia de las tareas de cuidados y que somos las mujeres las que seguimos haciendo la mayor parte de este trabajo. También ha quedado expuesta la relevancia de las redes comunitarias de cuidado donde las mujeres son actoras principales. Esto empezó a tomarse en cuenta incluso fuera de los sectores populares, donde estas redes sostienen la vida. Mucho va a depender de cómo podamos recrear el activismo respecto a estas demandas, cómo podamos consolidar esta idea de construir demandas sociales respecto a esto. Ojalá podamos aprovecharla para canalizar hacia transformaciones que hagan que la normalidad a la que volvamos después de la pandemia sea diferente a la normalidad que teníamos antes.

Foto Unsam

En Europa se está discutiendo la idea de una Renta Básica Universal o un salario de emergencia. ¿Qué posición tenés al respecto? ¿Esto se podría sostener, por ejemplo, con el impuesto a los ricos del que se está hablando en nuestro país?

Esta es una discusión que tiene muchos años e incluso se ha dado en Argentina. Yo considero que una red de seguridad básica es algo imprescindible en el marco de sociedades donde las personas cada vez accedemos a menores ingresos, sobre todo quienes vendemos nuestra fuerza de trabajo. Para que esa red tenga un impacto distributivo, yo creo que es imprescindible financiarla con mecanismos que calificaríamos de progresivos. Hay que pensar cómo queremos construir una renta básica al mismo tiempo que vamos transformando la estructura tributaria para que se puedan simultáneamente recolectar más recursos y que esos recursos vengan de los que más tienen. Mi único reparo al respecto es que esto se tome como una situación de emergencia. Que tanto el ingreso básico como el impuesto a las riquezas se consideren algo temporal. Estratégicamente puede servir la coyuntura para discutir estas propuestas, pero tienen que ser cambios estructurales.

Tanto el salario social complementario como el IFE (Ingreso Familiar de Emergencia) recientemente implementado por el Gobierno dependen de que las personas no tengan ningún otro ingreso. ¿Eso no significa, en cierto punto, enquistar a quienes lo reciben en la clase más baja de la sociedad? 

Este es un problema que podemos generalizar respecto a las transferencias de ingresos que son condicionadas. Cuando vos le ponés una condición a una transferencia -ya sea no tener empleo o no tener ingreso- inmediatamente creás una trampa, que es la del desempleo, la del empleo precario, la de la pobreza. Entonces, el beneficiario de esta prestación social se ve enfrentado a la disyuntiva de buscar un empleo o permanecer en el beneficio, porque las dos cosas no las puede tener. Ahí, sobre todo en contextos de mercados laborales que ofrecen muy pocas y malas oportunidades de empleo, vos podés estar creando desincentivos para que la gente busque empleo y genere otras fuentes de ingresos. Eso es parte de la argumentación que se utiliza para promover la idea de una renta básica universal, es decir, que un monto de dinero que sea para todas las personas sin ningun condición más que ser ciudadano del país que la implementa.

Cuando la teórica italiana Silvia Federici discute la manera en que los varones contaron la historia del trabajo a lo largo de los siglos, habla de “reescribir la historia desde la cocina”. ¿La cuarentena puede ser un hito para que esto suceda?

Muchas feministas esperamos que así sea. Estamos pensando cómo podemos aprovechar esta situación, que a los feminismos latinoamericanos nos encuentra en un momento donde las resistencias estaban avanzando y las dificultades para ocupar el espacio público son muchas. Tenemos que pensar muy creativamente estrategias para recrear esas resistencias y esas luchas para seguir fortaleciendo nuestra agenda que ya venía ganando terreno y reconocimiento.

 

Foto de portada: La tinta