Las mujeres resisten en la Villa 31

Ellas bancan la parada

Con 280 casos de COVID confirmados y tras estar 11 días sin agua, la Villa 31 resiste con el protagonismo de cientos de mujeres que paran la olla y cuidan hijos propios y ajenos. Voces de las que ponen el cuerpo en tiempos de pandemia.

Las casas crecen a lo alto como esquejes encajados entre sí. Los diferentes materiales forman un collage de texturas entre superficies planas y rugosas. Las ventanas son cuadrados recortados que dejan asomar las cabezas. El paisaje de la Villa 31 antes de la pandemia era un rompecabezas ruidoso de calles estrechas sin asfaltar, verdulerías abiertas, sopa paraguaya en cualquier esquina y ferias coloridas. Ahora, según cuentan las vecinas, la cuarentena se volvió cada vez más acuciante y, a pesar del aislamiento, cuando abren los comedores la gente se acumula por un plato de comida. “Los comedores están desbordados, si salís al mediodía las calles están estalladas de gente que hace fila”, explica Janet, integrante de la Asamblea Feminista de la Villa 31 y 31 bis. Tanto ella como sus compañeras exigen que se aplique un protocolo específico para el barrio, ya que en las condiciones actuales se vuelve imposible respetar las medidas impuestas por el Gobierno. “Acá hay pisos donde pueden vivir hasta 5 o 6 familias compartiendo baños y con menores de edad”, agrega.

Según el informe “Desigualdad social y desigualdad de género. Radiografía de los barrios populares en la Argentina actual”, realizado por el Observatorio de Género y Políticas Públicas, en la Argentina hay 4 millones de personas viviendo en 4.416 barrios populares. De éstos, el 88,7% no cuenta con acceso formal al agua corriente, el 97,85% no tiene una red cloacal formal, el 63,8% carece de acceso formal a la red eléctrica y el 98,9% no tiene una red formal de gas natural.

Si bien en promedio el 51% de las personas que residen en barrios populares tiene un trabajo con ingreso económico regular, sólo el 31% son mujeres, mientras que la cifra de varones llega al 73%. En comparación con los datos de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH), la brecha de ocupación entre varones y mujeres se duplica en los barrios populares.

Nilda vive hace varias décadas en la 31. Ella coordina el Centro de la Mujer, un espacio de contención y acompañamiento para mujeres, muchas de ellas víctimas de violencia de género. “A veces la gente no tiene para comprarse lavandina. Muchas mujeres trabajan en quehaceres domésticos que están suspendidos, por eso viven del día a día con los ahorritos que tienen. El Gobierno de la Ciudad desinfecta algunas partes y otras no, especialmente en la 31 bis, donde hay más alquileres y la gente está más amontonada. Los vecinos y las vecinas toman como preferencia comer que conseguir elementos de higiene”, explica a El Grito del Sur. De las mujeres que concurren al centro, ya hay infectadas.

El virus de la COVID-19 se expandió en los barrios aún más por el hacinamiento, la falta de agua y la dificultad para conseguir elementos de sanidad. Sin embargo, esta trinidad siempre conduce a lo mismo: los sectores más vulnerables de la sociedad continúan abandonados por el Estado. Al cierre de esta edición, La Garganta Poderosa había confirmado 280 casos positivos de COVID en la Villa 31 y 410 entre todos los barrios populares de CABA. El pasado 2 de abril se conoció la primera muerte acaecida en la Villa 31. Se trató de Torobia Balbuena, de 84 años. Su hija había dado positivo pocos días antes, y ambas vivían en una casa donde el baño se compartía entre 11 personas.

Recién después de haber estado 11 días sin agua, Malena Galmarini (presidenta de AySA) se reunió con el equipo de obras públicas del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires con vistas a generar un plan que solucione esta situación.

Lesly vive en Bajo Autopista. Ella explica que a la rápida expansión del virus se le sumó el dengue, que ya lleva 25 mil casos confirmados en todo el país. Pero ni siquiera en estas condiciones la Secretaría de Integración Social y Urbana frenó las relocalizaciones para la urbanización de la villa. “Las demoliciones siguen sin ningún tipo de resguardo para quienes aún viven en Bajo Autopista. No se están tomando los recaudos adecuados, hay acumulación de gente, arquitectos, ingenieros. Al demoler las casas se están produciendo filtraciones y rajaduras, pero tampoco se hacen cargo de eso», cuenta a este medio.

En ese sentido, agrega: “Nosotros desde el Bajo Autopista presentamos un amparo porque la Secretaría no hacía ninguna limpieza de escombros ni una fumigación hace 10 meses. Hace 15 días salió el amparo y finalmente se hicieron fumigaciones y desinfecciones, aunque no se está haciendo descacharreo que es lo importante. La fumigación mata al mosquito pero no a la larva, que se sigue propagando”.

Ni siquiera la pandemia logró superar los prejuicios de clase en la villa. Según Lesly, mientras se hacían los testeos de COVID, se le preguntaba a los residentes cuánto cobraban. “Es un dato que la Secretaría siempre quiso tener y nunca pudo. Ahora pusieron como excusa que era para saber si nos daban las cajas de alimentos o no, pero hay familias que las pidieron hace un mes y no se las dan”.

La tasa de desocupación de las mujeres residentes en barrios populares es del 22%. Sólo el 10% de ellas declara tener trabajo registrado, mientras que la cifra asciende al 24% en el caso de los varones. Para el 34% de las mujeres que viven en barrios populares, la ocupación más relevante corresponde a las tareas fijas en el hogar y sin sueldo.

No es necesario repetir el rol fundamental que tienen las mujeres e identidades feminizadas en los territorios. Si fueron ellas las que durante cuatro años de macrismo tomaron el rol de tejedoras de la red de contención que evitó el estallido social, ahora su trabajo (no pago) se vuelve imprescindible para sostener la cuarentena. Son las que están en los comedores, las que cuidan a los pibes y las que hacen comida para intercambiar por otras cosas porque el trueque volvió- o nunca se fue- de las villas. “Las mujeres son las que salen a los comedores, pero hay algunas que tienen barbijos para protegerse bien y otras que los improvisan. Muchas de las que están internadas tuvieron que dejar a sus hijos con los maridos o tuvieron que llevarlos con ellas. Las personas que estuvieron en contacto directo con los contagiados exigen que les hagan el test, pero los doctores nos dicen que si no tenés síntomas, no es necesario”, cuenta Nilda.

Luz Muriel Burgos, que forma parte de la Casa Popular Las Mirabal y de la Asamblea Feminista, agrega sobre su situación: “Me duele mucho que en su momento no se hizo nada. Mi hija tiene una enfermedad crónica pulmonar, me da rabia e impotencia. Ver que cada día sube la curva de contagiados es realmente desesperante. Pareciera que quieren que se mueran todos los de la villa. Eso es lo que te da por pensar”.

Fotos: Asamblea Feminista Villa 31 y 31 bis